jueves, 8 de junio de 2017

¡Cuidado con Lesá!


No sé si se agiganta la memoria con el paso del tiempo, o si en verdad este recuerdo de la niñez generó en mí, algo imborrable. Como sea, por acá ando, ya no niña, reviviendo instantes para exorcizarlos o algo así.
Me apego a las imágenes de unas calles de tierra, un puñado de casas y el potrero donde jugaban al fútbol los pibes del barrio, entre ellos, mis hermanos. Los arcos delimitados por piedras, tierra suelta , ansias de ganar, la rabona, la pared entre el Negro y Juan, era lo que se necesitaba para ser feliz por un rato.
Justo al lado del potrero, había una casa tipo rancho, donde vivía  el abuelo italiano de Fernandito. Solía sentarse a ver los partidos en su mecedora y aunque lo saludábamos, él jamás nos devolvía el saludo. Debo decir en honor a la verdad que  le teníamos miedo por la cara que nos ponía al vernos: ojos entornados, rictus amargo, bigotes duros y manos crispadas.  Le decían Lesá, con el tiempo supimos que se llamaba Alessandro. Era un hombre de pocas palabras y aunque no sabía leer ni escribir , se las ingenió para la supervivencia en un país lejano , “troppo  lontano, demasiado , como para pensar en volver a la “isola”, como le decía él a Ischia, su lugar de nacimiento. Tenía el hábito de  masticar una pipa, digo masticar porque aunque lo espiábamos nunca vimos salir humo ni de su boca ni de la pipa.
Esa tarde de junio que fue memorable para todos los que ahí estábamos, había partido . El Juanchi  ( el dueño de la pelota de tiento) llegó con la redonda abajo del brazo. Después llegaron otros y empezó el juego de la pisada entre el Juanchi y el Colo, adelantando un paso cada uno, enfrentados ellos, hasta que el Juanchi pisó al Colo y entonces tuvo prioridad para armar el equipo y como era de esperar eligió al Chueco para que jugase de su lado, era el mejor,  y así, uno por uno, iban eligiendo hasta que llegó el gran problema: nadie quería ir a atajar y Juanchi dijo. “ Fernandito andá al arco” y ahí  se armó la gresca porque Fernandito no quería ir y no sé bien cómo fue porque yo estaba entretenida  vistiendo a mis muñecas porristas, hacía mucho frío y las estaba abrigando con  bufandas y polleras largas, pero sí alcancé a ver a Fernandito que se fue llorando para la casa de su abuelo Lesá.
 Y todo hubiese terminado ahí, pero en un momento del partido, la pelota picó mal y fue a parar a los pies de Lesá y lo vimos sacar una navaja de su bolsillo y herir de muerte a la redonda. Cuando estuvo desinflada la colocó debajo de sus pies, ante la mirada incrédula de todos nosotros.
No me acuerdo otros detalles, pero si sé que a partir de ese día, Fernandito nunca más fue al arco y aunque no era bueno en ningún puesto, todos hacían la vista gorda ante su torpeza, incluso mis muñecas que lo saludaban con nuevas coreografías al entrar a la cancha.


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