domingo, 25 de junio de 2017

Silenciosa campana



A menudo pienso en mi niñez y no escapo a los recuerdos del fútbol, de mis muñecas bailarinas, de los buñuelos de manzana de los domingos y de los partidos llenos de inquietud  que se jugaban en mi barrio. Y me acordé del farol, del único farol que estaba en la esquina de mi casa  para iluminar poco y nada, pero que a fin de cuentas era todo lo que necesitaban los pibes de la cuadra.
 Justo ahí , bajo el farol, en medio de la calle polvorienta, se armaban unos partidos memorables durante las noches, más precisamente después de cenar. Ese jueves de primavera que mi mente trae con regocijo, no había pelota para jugar y los chicos sentados en la vereda mascaban aburrimiento y rabia. Es que Fernandito tenía paperas y la única pelota de futbol era la de él y para colmo se la había olvidado en casa de su abuelo Lesá, y todos le temían a Lesá, por eso de que tenía mal carácter y que de tanto en vez los había sacado corriendo con la escoba, cuando la pelota caía sobre su huerta. Asi que a Pecos Bill, asi lo habían apodado al colorado por las pecas, se le ocurrió una idea, y me dijo: “ Marianita te necesito de campana” y yo no sabía bien que era ser campana, pero Pecos Bill era bueno y todos confiaban en él. Lo seguí embelesada, era la primera vez que los pibes del futbol necesitaban de mi, y si tenía que tocar campana o  hacer de campana o lo que fuese, lo haría. Pero no me llevó a la Iglesia, la pasamos de largo, y me hizo sentar en el umbral de su casa con la única consigna de tocar tres timbrazos si aparecía su mama Coca, que había ido a misa de ocho.
El colorado entró a su casa y tardó un rato, yo estaba un poco nerviosa porque a lo lejos me pareció ver venir a la Coca, pero fue solo mi imaginación.

Cuando salió,  me dijo: “gracias Marianita, te podés ir” y yo no me quería ir porque intuí que algo escondía. Corrió hacia donde estaban todos los pibes y yo corrí tras él con tanta mala suerte que me tropecé y caí. Se rasparon mis rodillas y me aguanté el dolor, y así medio renga me fui acercando a la rueda que habían hecho. No alcanzaba a ver mucho, pero si escuché que el colorado decía:”metéle , hacéle el torniquete, no no , asi no, para adentro, metéle diarios, dale tres vueltas” y me dio ganas de llorar porque yo había sido campana y ellos no quisieron que yo viese nada, pero el farol iluminó la sonrisa de Pecos justo cuando lanzó al aire una pelota brillante, pequeña. Me di cuenta que no picaba y no solo eso, en una de esas vino la luminosa a parar al lado mío por un pase mal hecho de Juan Cisneros y la toqué con mis manos, y sentí que era sedosa, y como quien no quiere la cosa corrí hasta abajo del farol para ver con más nitidez y me di cuenta que era una pelota hecha con media de nylon. Y se me subieron todos los colores a los cachetes, sobre todo porque la vi venir a Coca ,furiosa hacia donde estábamos. Cuando estuvo cerca de pecos Bill, lo agarró de una oreja, mientras le decía: “ dejaste las medias tiradas en el piso y falta una de mis medias que seguro usaste para hacer la pelota” y yo me sentí cómplice por primera vez , no obstante dejé la pelota en el suelo y salí corriendo. Los chicos empezaron a corear ”Coca, Coca, Coca” y se ve que nadie escapa al segundo de gloria chica y la madre del colorado se detuvo, y con un gesto de fastidio mal estudiado, agregó agitando su dedo índice. “ que sea la última vez “ y pateó la pelota hacia donde estaba Valentín, que a pesar de tirarse a lo largo de su cuerpo no pudo evitar el gol. Y todos aplaudieron, menos yo que me sentí descubierta cuando me dijo: “ Marianita te vi sentada en la puerta de casa hace un rato. ¿Necesitabas algo? Y negué con la cabeza,  dos o tres veces, y me puse a peinar mis muñecas como si nada hubiese sucedido, después de todo había sido elegida para ser una silenciosa campana.

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