domingo, 9 de julio de 2017

Los guantes de lana


En pueblo chico todo se sabe, y en Darwin  se sabía muy bien que Abelardo Ríos era un hombre solidario, siempre dándole  una mano a quien la necesitase, y en la medida de lo posible , pasando desapercibido.
Los pibes del barrio en cuanto veían aparecer la  Rastrojero  color gris de Ríos, alzaban los brazos  en señal de saludo; es que Abelardo les había conseguido los seis postes ( cuatro cortos y dos largos)  para armar  los arcos del potrero, además de cargarlos en su vieja camioneta y trasladarlos.
Y así como así, en la madrugada del veinticinco de mayo, aprovechando la fecha patria, apenas clareó, Abelardo hizo los cuatro hoyos con la pala de punta para dejar bien plantados los postes. El travesaño de uno de los arcos quedó con una ligera panza, pero nadie reclamó nada, porque como reza un viejo dicho: “a caballo regalado no se le miran los dientes” y esa tarde, antes de la chocolateada con pasteles que servían en la escuela, se jugó el primero de los partidos con arco , aunque por esas cosas del destino nadie hizo el gol del estreno. Tal vez, porque la adrenalina de los arqueros fue superior al mismísimo gol.
Víctor, el padre de Fernandito, el hijo de Lesá, quiso ir más lejos y dijo: “ hay que marcar la cancha” y a las pocas horas, ya todos en el pueblo hablaban del tema y de que sería bueno hacerlo con cal como habían hecho en Trelew, y justo por esas casualidades que no vale la pena profundizar, Abelardo estaba haciendo una changa en lo de Irma Escarpelo, pintando un galpón de blanco.
Irma no había tenido hijos, y tenía especial cariño por mí, quizá porque era la única niña de la cuadra o porque le hacía vestiditos a mis muñecas y como ella era modista se sentía identificada.  Como sea, todos sabían de su predilección, por eso los pibes del potrero me esperaron a la salida de la escuela y fue el Chueco Ramos el que me dijo: “"Marianita tenés que ir a lo de Irma y pedirle un poco de cal para marcar la cancha”. Me quedé patitiesa por un instante, luego lo pensé bien y les respondí que a cambio de eso quería ser arquero por un ratito, y ellos asintieron.
A la tarde visité a Irma, cosimos juntas un par de vestidos para mis muñecas y cuando estaba por irme. largué el pedido, sin detenerme: “Irma los chicos quieren marcar la cancha, y si a usted le sobra un poco de pintura y si quiere y si le parece bien, lo que le sobre ¿lo podría regalar?  Y me miró asombrada, antes de decirme: “¿Marianita vos jugás al futbol?” y yo no le iba a responder que no me dejaban ni nada de eso , así que le hablé de mis muñecas bailarinas al costado de la cancha y de todas esas cosas que yo llevaba los domingos para amenizar el partido.  
Al día siguiente, apareció Irma con una bolsa con cal y la dejó al pie de uno de los postes. Y yo fui la primera en saltar de contenta. Hacía demasiado frío, así que fui por mis guantes de lana, y como tratos son tratos, me presenté en la cancha. Todos me miraron con sorpresa, y  fue el colorado Giménez quien avanzó tres pasos y ya frente a frente, me dijo: “ Marianita te olvidaste de pedirle la regadera a Irma”.  Y ahí me explicaron que Victor marcaría la cancha con una regadera de zinc, llenándola de pintura , pero sacándole la flor superior, porque de esa forma saldría un chorro justo y parejo. Y la verdad, me dio vergüenza volver a lo de Irma para seguir pidiéndole cosas, así que aproveché el momento en que Abelardo la llevó en el Rastrojero a Trelew para ir al médico, y robé la regadera por un rato. Fui corriendo a la casa de Víctor y le dije que Irma la necesitaba enseguida. Apresurado, preparó la cal y se dispuso a marcar la cancha. Y como decía mi abuela, la marcó a ojo de buen cubero, sin ningún objeto de medición.  Eso no hubiese sido nada, el problema fue que me olvidé de enjuagarla bien al momento de  devolverla a su sitio. 
Fue muy feo mi sentir, porque cuando apareció Irma en el potrero quejándose porque le habian estropeado su regadera con cal, todos querían saber quién había sido el que la había robado. Lloré con amargura tras una planta de piquillín, mientras espiaba los sucesos. Para mi sorpresa, me salvó el colorado Giménez haciéndose cargo del robo circunstancial y le dieron de penitencia lavar la regadera hasta dejarla lustrosa. Nunca se volvió a hablar del tema.

No debería confesarlo, pero hasta el día de hoy guardo mis guantes de lana , por si acaso en algún momento, en algún lugar del mundo, necesiten por un ratito,una vetusta mujer con ganas de ser arquero…

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