domingo, 16 de julio de 2017

Un poco de alter ego no viene nada mal


He leído acerca del Yo, el alter ego y esas cosas que de un modo u otro hacen de la vida un laberinto de enigmas. Y en literatura todo es posible, incluso cruzar barreras insospechadas. ¿Y qué es lo que interesa más allá de las grandes cosas y los grandes descubrimientos? Un segundo de gloria, un minuto de recuerdo para la eternidad, un pedacito de historia bien o mal contada, un engaño pequeño, pero a su vez colmado de sentimientos pasionales y hasta un cuento breve nacido de las ansias de estar donde millones han estado. ¿Y por qué no ser protagonista?
El caso es que aquel 22 de junio quise aliarme al mejor. Y me vestí de gala. Dicen que los sueños se construyen y luego se cumplen, y por qué o quiénes habrían de desestimar esa sublime capacidad que yo también poseo.
Eligieron vestirme de blanco y negro con algunos toques en rojo, tal vez porque el rojo es pasión y vende bien. El blanco es pureza y el negro tiene un toque de misterio sofisticado, sin contar que ya nada es natural y el artificio es, a modo sintético, hacer creer lo que no es.
No soy de padecer nervios, más allá de lo que sienten los que están a mi lado, quizá porque conozco las manos que se ciñen a mi cuerpo y hasta me besan con la dulzura los que creen que sin mí nada es posible. Y yo me dejo besar, y vuelo a la altura de los elegidos.
 Esa tarde me aferré al don del mejor y  en el minuto 55, empezando dentro del propio campo de juego, aliada  al más grande de todos los tiempos, sintiendo el vibrar de sus piernas poderosas, y el latir de su cuerpo sin piel, pura vena, pura sangre, eludimos  a cinco jugadores ingleses y sin titubear nos acercamos al área chica inglesa, y cuando todos creyeron que me iba a mandar al arco, Maradona se enfrentó al arquero Peter Shilton quien salió a cortar el avance, pero Diego supo que soy su ladero incondicional, y amagó (él pegado a mí), y con el arco a su disposición y casi cayéndose, me mandó  al fondo de la red. El estadio estalló de sorpresa y júbilo,  millones de televidentes en todo el planeta nos habían visto. Y quedamos inmortalizados en la voz del relator periodístico Víctor Hugo Morales, y le dijeron genio y por primera vez lo nombraron ¡Diegoooool!, y barrilete cósmico y le preguntaron de qué planeta había venido. Y yo de perfil bajo, dejé que el genio de todos los tiempos hablara, aunque sé muy bien que venimos del planeta de las pasiones y que sin mi presencia vestida de fiesta, diseñada de gala o de entrecasa, son solo humanos a la espera de que yo, con mi redondez, bese la cancha.




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