viernes, 31 de marzo de 2017

El viejecito azulgrana



Si me preguntaran  algo sobre el equipo de fútbol de Boedo, San Lorenzo de Almagro, en la década del sesenta, asociaría los recuerdos de  mi niñez, con la pasión de mi viejo por su club  y la presencia de un antiguo cuadro de no más de veinte centímetros por veinticinco, que mostraba a un anciano de cabellera blanca con una bata rayada de colores rojo y azul, hasta  los tobillos. Estaba colgado sobre la pared donde mi padre tenía un antiguo aparato transmisor ya que su pasatiempo favorito, era ser radioaficionado. Y las pasiones siempre tienen un lugar en la casa.
Y juro que creí que ese cuadro era mágico; por un lado porque la fisonomía del hombrecito era similar a la de Papá Noel ,pero sin el gorro rojo, y por otra parte  porque cuando San Lorenzo goleaba a su adversario, mi papá nos compraba merengues de crema chantilly para festejar. Claro que la magia y los regalos se acababan cuando “ El ciclón” perdía y entonces mi viejo daba vuelta el cuadro, como dándole la espalda hasta el próximo partido. Él decía que era una cábala.  Yo no sabía muy bien de qué cosa se trataba hacer esos sortilegios, pero al domingo siguiente el equipo vencía o empataba. Hasta que volvíamos a perder y entonces era seña de que se había acabado el hechizo. Muchas veces me subí a una silla a escondidas para darle un beso al viejecito del cuadro, no me gustaba que estuviese en penitencia y era mi forma de acompañarlo. Alguna vez percibí que tenía intenciones de hablarme, no entiendo mucho de ensoñaciones, pero creo que fue él quien me enseñó algunas cosas interesantes. Así fue como aprendí a pronunciar Scotta en vez de bizcochos, Albrecht y Telch antes que los nombres de las calles que circundaban mi casa y supe discutirle a quien se me cruzase que el lobo de Caperucita se apellidaba Fischer. También aprendí  que había un jugador de apellido Sanfilippo al que le decían “el Nene”  y que llegó a ser el máximo goleador del equipo que mi papá amaba. Siempre fue mi duda cómo un nene jugaba con los grandes y mi viejo se reía a carcajadas en vez de explicarme.
Con el tiempo me enteré  acerca de las distintas formas en que habían apodado a San Lorenzo: “El Ciclón”  “Los cuervos” “Los Gauchos de Boedo”,  “ Los Santos”, “Azulgranas”,  “Carasucias” y otros. Pero el que más me gustó fue el de “Los cuervos” porque  aunque el apodo era por el cura salesiano Lorenzo Massa, yo imaginaba que los pájaros negros que sobrevolaban mi casa, los domingos,  tenían sus nidos en la cancha y que el aletear en bandada era el saludo al viejito del cuadro.

Aún conservo esa caricatura en forma de retrato, y aunque ya no soy niña, creo que la pasión por san Lorenzo está ahí, intacta. Como esas cosas que no hacen falta explicar porque vibran con solo contarlas.

martes, 21 de marzo de 2017

Noventa y nueve años


No me gusta hablar en primera persona, después de todo, esta es una historia de muchos y yo solo fui testigo, pero bueno por esas cosas de que alguien tiene que relatar un trozo de historia, es que ando por aquí luchándole a la memoria.
Sucedió un día domingo, de esos domingos de pueblo chico, donde todo está por hacerse , pero hay pereza y es poco lo que se hace. Y entre esas cosas que sí se hacen, figura la visita a la estación de trenes , la vuelta al perro alrededor de la plaza principal y el fútbol.
“El fobal” como decía mi tío, “pasión de multitudes”.
Mi padre , riéndose, le respondía que de eso no hablara, porque él era un” pecho frío”. Y yo como era una niña no entendía demasiado de pasiones, ni de “fobal” y menos que menos de la jerga fubolera, pero parece que mi tío era famoso por eso de achicarse en las finales. En cambio mi viejo dejaba las piernas en la cancha y casi siempre nos volvíamos a casa con algún gol en la memoria, más que nada los de cabeza. Él era alto, altísimo. Y experto goleador en altura. Todos los chicos del barrio querían parecerse a mi viejo. A mí me gustaba hacer otras cosas: hamacarme hasta llegar a la Luna y también ir a la estación a esperar el tren. Era emocionante el pitido de llegada y el chucu chucu que empezaba a ser cada vez más lento y la gente que se alzaba de los bancos de madera esperando que el tren se detuviese.
Ese día de julio que recuerdo, hacía mucho frío y mi madre me puso los guantes de lana, el gorrito de piel, y el tapado de abrigo porque íbamos a ir a la estación a buscar al equipo de fútbol del pueblo vecino. Llegarían a las doce y mi padre siendo el capitán del equipo los iria a recibir para trasladarlos en la caja de la camioneta junto con dos o tres colaboradores que pondrían sus autos ,De la estación directo al club a prepararse para el clásico. Nosotros, los del pueblo chico, amábamos al Juventud Unida, y los del otro pueblito pertenecían al Atlético de no sé qué cosa. Los chicos del barrio me habían enseñado dos cantitos a escondidas para cantar en la cancha, pero como tenían malas palabras mi mamá me prohibió recordarlos, pero yo los recordaba igual. Uno decía ¡ Atleti compadre la c… de tu madre! Y el otro “ tenemos un arquero que es una maravilla ataja los penales sentado en una silla”.
Esa tarde de invierno, canté con fuerza el primero, sin que se notase demasiado la parte de las malas palabras. Si mal no recuerdo era partido revancha y en la próxima fecha seríamos visitantes, y de esos encuentros saldría el campeón regional. Había que ganar sí o sí. “ La camiseta se suda” decía mi viejo, “y el que se achica mejor que juegue a las bolitas”. Nadie quería jugar a las bolitas, ni yo . A mi me gustaba jugar a las muñecas y mientras le hacía peinados y vestiditos , oía todo lo que decían en casa:. “ Che patrona hacéte los buñuelos temprano” o “ Marta no dejés a la nena atrás del arco porque la pelota de cuero pesa, a ver si le dan un pelotazo y hay que rajar al hospital”. O “ Se juega por el honor: a todo o nada”.
Los primeros cuarenta y cinco minutos fueron parejos. En el entretiempo el técnico nuestro parece que les lavó la cabeza, así dijo mi tío, y salieron a comerse la cancha. Mi viejo gambeteó como los mejores, y todos repetían : “ qué jugador el tano” . Hizo "paredes" con el loco Matute, varios tiros libres de alto pero la pelota no entró. Al minuto cuarenta y cuatro del segundo tiempo se escapó el delantero Gómez del equipo contrario y antes de llegar al área chica se tira ,espectacularmente. El árbitro, desde mitad de cancha, hace sonar el silbato: penal. Y juro que hasta el viento se detuvo. Y se hizo un gran silencio cuando mi viejo en dos zancadas estuvo frente al pelado Iriarte, y le discutió en la cara y no solo eso, todo el equipo lo rodeó, protestando. No había sido penal. Pero el árbitro, haciendo gala de su autoridad, hizo un vals de tarjetas rojas y echó a medio equipo.
El pelado Iriarte medía un metro cincuenta como mucho y mi papá casi dos metros, y vi cuando mi papa lo alzó en el aire y se lo puso en la falda y frente a todos los presentes, le dio tres palmadas en el trasero. Y el público invadió la cancha y todo terminó mal.
A mi padre lo suspendieron por noventa y nueve años, claro que le dieron por ganado el partido al Atletico. Pero pasiones son pasiones y no sé cómo, ni sé quién habló con quién, pero en el término de quince días o un mes, le perdonaron los noventa y nueve años de suspensión a mi viejo y locos de contentos viajamos al pueblo vecino para la revancha.
Después de estos sucesos, el pelado Iriarte hizo carrera como árbitro de básquet.
A pesar del bochorno de haber perdido por penales, todo el pueblo se sonríe pero hace “mutis” con el tema de los noventa y nueve años, complicidades de aquella època, porque si hay algo que nos une es el silencio de lo que pasó aquella tarde.

domingo, 19 de marzo de 2017

Ideas y latidos



En esta hora
de nostalgia
sobre el dorso
de las ideas
afilo
la palabra
y afilo
el pensamiento
y dejo mi latido
suspendido
en el aire
con el eco
de otros ecos.
¿Será que se fractura
el otoño
y los pétalos perdidos
recuerdan
viejos cuervos
o será que mi alma
transita
errante
para no matar
los sueños?