Hizo un agujero en el techo, necesitaba romper los límites
para ir lejos. Cuando vio el manto de estrellas se sintió ahogado: supo que la
frontera estaba en su mente.
miércoles, 20 de enero de 2016
domingo, 17 de enero de 2016
La máquina de caminar
Me gusta entrecerrar los ojos, evidentemente me permite otra perspectiva de las cosas y de los hechos. A diferencia de cerrarlos es una manera de aventurase en la provocación de otros sentidos.
Esa tarde debía desempolvar, ordenar y reacomodar un espacio ocioso de la casa. Un aparato para hacer ejercicio físico, arrinconado, me recordó que caminar es bueno para la salud. Claro que por alguna razón lo habría arrumbado, razones que la memoria se encarga de olvidar. También un viejo cuadro apareció ante mi vista, tenia polvo, y al entrecerrar los ojos, percibí dado su densidad de que era un polvo de antigua data. Me dieron ganas de estornudar antes de que ese polvillo volase por el aire. Sensaciones impresas en la memoria, pensé. Fui en busca del plumero y en el camino me encontré con mis óleos: impecables tal como los había comprado dos años atrás.´
El tiempo, el maldito tiempo que no alcanza para todo lo que uno desea hacer. Vi por el rabillo del ojo los tres bastidores listos para ser usados. Una gruesa lágrima quiso salir, entrecerré los ojos y de frente los miré por largo rato. Mis ojos querían huir, pero el alma, mi interior, pareció hacer un sol sostenido: la clave estaba ahí.
Comencé a flirtear con los colores, y el corazón se aceleró.
A veces, alienarse por un instante no es malo. Luego recordé lo de la cinta para caminar y entrecerré los ojos. Estaba ahí para romper con la rutina y reacomodar el cuarto ocioso. ¡De qué sirve un cuarto ordenado si no es para caminar!
Arrastré con cuidado el aparato de gimnasia hacia el jardín, era un buen sitio para dejarlo.
Retorné a mi lugar esencial y abrí de par en par mis ojos: el alma me había provocado. Y aunque no sé si venderé a gran costo mis obras o si ellas serán reconocidas o no, sí sé que caminar le hace bien a mi corazón. Me detuve frente al bastidor, esbocé lo soñado con pocas líneas, lo simple se complementa con el vacío, me dije, mientras los óleos eran danza ante mi vista.
Como por arte de magia la cinta de caminar que estaba en el jardín comenzó a moverse, pero esta vez me le había adelantado. Cerré la puerta del cuarto y abrí la ventana de mi corazón. Cosas que pasan cuando uno se pone a ordenar…
lunes, 11 de enero de 2016
Ni palabras ni gestos
El barrio se escondió tras una capa de silencio.
Uno hizo señas a otro y ese otro encerró las señas en un puño. Siempre me ha
gustado preguntar y escuchar los porqués de todo lo ausente. Claro que como
toda ausencia se nutre de lo apocalíptico o algo así, pero todo sucede a
espaldas de nuestra capacidad de ver más lejos. La palabra no dicha es de
dementes, pensé, mientras se agigantaban los gestos. Y en ese maremágnum de
gestos alguien supuso que ya eran demasiados, así que en medio de los gestos no
expresados descubro las mentes ateridas y los corazones huecos. Nunca había
visto una tienda de muñecos tan reales hasta que crucé el portón de mi barrio,
tomé distancia y me miré en el lago. Aún en el agua, las palabras flotan cuando
se guardan en una botella. Se me ocurrió que las capas de silencio no
justifican mi silencio. La lancé y mi mente se vació esperando un eslabón
nuevo, después de todo, la palabra vive en boca del tiempo.
jueves, 7 de enero de 2016
Un payaso en la pc
Joan de la Hoz siempre se había ganado
la vida como payaso. Era la quinta generación que desarrollaba el oficio de
hacer reír, pero últimamente se lo veía preocupado: los pibes del barrio ya no
reían con sus bromas, piruetas o trucos y a pesar de cambiar su maquillaje y
pelucas asiduamente, no lograba atraer la atención de ellos.
Los niños preferían jugar con los juegos
que bajaban en sus teléfonos celulares o se divertían con los payasos
interactivos de la computadora.
Joan de la Hoz se sintió perdido en un
mundo cada vez más lejano, pero amaba los niños y su oficio.
Esa mañana memorable, ajustó su cinturón
de payaso y se dirigió a la facultad de ingeniería en sistemas. Ensayó mil
formas de convencer a los estudiantes de la necesidad de la risa humana y liberadora y los entusiasmó con la idea de generar un proyecto que contemplase
un"programas" y "juegos" con la propia imagen. Eligieron la
música y lograron un juego interactivo de alta calidad.
Joan se sintió satisfecho con el
producto logrado. Todos en el barrio hablaban del juego del payaso Joan, pero
solo algunos lograban verlo en persona cuando la luna destellaba infinita.
Después de todo los héroes se parecen a los humanos…lunes, 4 de enero de 2016
Bailando sobre la línea del tiempo
Decían en el barrio que Ulises era un ser extraño. Por las mañanas delineaba con tiza color azul, sobre la vereda, una línea recta. Luego preparaba su mate amargo y se sentaba a esperar el paso de los fortuitos transeúntes. Anotaba sobre un viejo cuaderno la estadística diaria: cuántos habían pisado la línea y cuántos la esquivaban. Tal vez son las supersticiones, se decía a sí mismo, pues en un noventa y nueve por ciento de los que por ahí pasaban se abstenían de pisar la famosa línea azul como si ella trajese infortunios.
Ese jueves soleado, Clara retornaba de la academia de baile con gesto de fastidio. En el examen final de tango había olvidado una parte de la coreografía. Nunca creyó posible tal cosa, sin embargo, una laguna mental fue protagonista y todo el esfuerzo se diluyó en la nada. Se sintió fracasada y tras un portazo dado con furia comenzó a caminar rumbo a su casa.
Caminó cabizbaja y rabiosa más de treinta cuadras hasta que un fuerte dolor de estómago la tomó por sorpresa justamente en la acera de la casa de Ulises. Se paró al filo del inicio de la línea azul y quebró en llanto. No siempre se lloran los fracasos, y tampoco los fracasos son causa de llanto, el caso es que Clara encorvó su cuerpo y abrazando su abdomen no cesaba de llorar.
Ulises atento a cada uno de los que por ahí pasaban creyó que la muchacha desmayaría. Se alzó de su silla para asistirla. Ella lo miró con cierto aire de desconfianza, pero a su vez necesitaba una mano que le ayudase. El hombre miro el rostro lívido de Clara y atinó a decir:
—¿En qué te puedo ayudar?
No le diría a su familia que había reprobado el examen por lo cual optó por desahogar su pena con un desconocido.
—No me puede ayudar, acabo de perder un año de estudios por un maldito olvido. Bailar es mi dicha. Un año es mucho tiempo…
—Ah-respondió Ulises—como mi línea azul que también es una sucesión de puntos en el tiempo.
Clara lo miró con curiosidad. Él continuó con la explicación.
—La que estás pisando con tu pie derecho, justamente comienza ahí donde estás parada.
Clara bajó la vista y vio la singular raya en la vereda.
—Parece una cuerda de equilibrista. Dan ganas de caminar por encima de ella—dijo la mujer por lo bajo.
—Podés hacerlo con confianza, es la línea del tiempo. El tiempo siempre deja alguna cosa buena en el alma.
La muchacha, con disimulo, caminó unos pasos sobre la recta azul. Ulises la observó detenidamente. Clara tenía porte de bailarina, brazos cadenciosos y piernas bien contorneadas. Fue entonces cuando comenzó a tararear “La cumparsita”. La muchacha no pudo escapar al deseo de bailarlo sobre la línea azul. Cuando llegó al extremo final de la raya, Ulises alcanzó a decirle:
—Convertí el tiempo en arte y nunca habrás reprobado.
Clara se alejó caminando apurada y con aire esperanzador. Ulises sonriente ovilló el tiempo en la tiza y entró a su casa.
sábado, 2 de enero de 2016
Una viajera silenciosa
Sailen es una desconocida viajera intergaláctica. Lleva centurias de experiencia en vuelo solitario. Su nave de carga, cruza tiempos y distancias para alivianar el peso de las almas en duda y luego, invariablemente retorna al planeta Tierra. Algunos comparan a la mujer con Caronte el barquero de Hades, ese que cruzaba de una orilla a otra a los difuntos , pero ella dista de semejante comparación pues nadie ha podido corroborar que su nave estuviese tripulada por vivos, muertos o almas en pena.
Solitaria por naturaleza, solía pensar que nacía una y otra vez por espacio de cientos o miles de veces, tan solo para aprender el carácter emblemático de la concepción de libertad que llevaba impreso en sus células.
El silencio no le silbaba los oídos y tampoco la quietud la inquietaba. Acostumbrada al aire puro del Universo era una errante dichosa, las palabras tendidas entre luces no necesitaban de sonidos ni de acepciones desencontradas. Se embriagaba de mudez y en su faz más humana era una pudorosa incomprendida en cualquier siglo que descendiese a Tierra. Sin embargo, el destino que todo lo iguala, le confió la tarea de sociabilizar a otros silentes como ella. Estaba en tal menester cuando descubrió un valle de luces en plena algarabía. La risa es buena compañía, elucubró.
Nuevamente en Tierra, dijo Sailen, mientras la nave se desintegraba.
Una melodía celestial tomó fuerza y el ritmo del Universo se concentró en el corazón de Sailen que comenzó a sonar en doble percusión. Alguien más estaba allí.
Desde siempre los silencios tienden a encontrarse cuando portan alas.
sábado, 26 de diciembre de 2015
Cosas del hado
La puerta del taxi no cerró bien, me acomodé de la mejor manera posible para no caer en la primera curva que me encontrase desprevenida. Winston, así se llamaba el taxista, miró por el espejo retrovisor y a modo de advertencia me propuso sentarme al medio del asiento. Yo soy bastante testaruda, no estaba en un auto de carrera y a pesar del gesto del taxista me quedé aferrada a la manija de la puerta trasera y con los pies enganchados en el asiento delantero.
El automóvil arrancó lento, respiré profundo. Me preguntó a qué dirección me dirigía y le dije que iba al Aeropuerto pues en dos horas partía el avión que me llevaba de vuelta a mis pagos. Consulté mi reloj pulsera y eran las nueve de la mañana, el avión saldría a las once, había suficiente tiempo.
Winston canturréó un tango, me sentí como en casa. Volví a consultar mi reloj y para mi sorpresa aún marcaba las nueve en punto. Eso es el tiempo a veces, un espejismo, pensé. El taxista siguió cantando por espacio de tres kilómetros o más, miré mi reloj pulsera y con cierto nerviosismo comprobé que eran las nueve en punto. El tiempo detenido o mi reloj sin pilas, observé con detenimiento el rostro de Winston, me recordó a un antiguo taxista del barrio que ya hacía muchos años había fallecido. Extraje de mi cartera un espejo para poder verme, me sentí empalidecer cuando el automóvil tomó esa curva a alta velocidad y mi cerebro adelantó las circunstancias por venir. Esta vez me ceñí fuertemente al asiento delantero y cuando la puerta se abrió no salí despedida. La hora nueve estaba marcada en mi destino. Bajé del taxi y comencé a correr por la carretera. En tiempos de niebla es difícil ver bien y fue así como no vi el automóvil en sentido contrario a mí. Aún permanezco gélida. Esperando que el reloj se mueva pero parece inalterable. Odio los destinos marcados, me hacen sentir títere de un gran titiritero, así que cuando salí de la clínica decidí no usar más reloj pulsera: la hora nueve me da náuseas y no hay medicina que las calme…
Suscribirse a:
Entradas (Atom)