domingo, 13 de noviembre de 2016

DOS MANZANAS VERDES


Cuando me preguntan sobre la mujer de la mirada perspicaz  que vive en el séptimo A, hago esfuerzos para responder. Apenas la conozco y aunque vive cerca,  intercambiamos pocas palabras.
 Diría que ella es un tanto hipnótica, tiene la costumbre de hablar con la mirada. Solemos coincidir en alguna tienda del barrio o en los lugares donde la curiosidad nos lleva, y es en esos momentos fugaces cuando nos enredamos en diálogos divertidos y profundos.
Recuerdo la tarde en que al comprar manzanas en la verdulería de la esquina, supuso que yo era buena cocinera, y lanzó su pregunta directa a mis ojos.
         — ¿Inés tenés alguna receta para recomendarme con manzanas verdes?
Yo venía de un desengaño amoroso y lo menos que quería era recordar mis aptitudes de cocinera. Él me había dejado por otra y la cocina me recordaba las múltiples recetas que inventábamos juntos.
       —  No Isabel, ya perdí la mano con el tema de la cocina. — dije tristemente.
         —De algún modo todos perdemos la mano con algunas cosas que hacíamos bien , pero también adquirimos otras aptitudes que antes no teníamos—me dijo con una sonrisa amplia en sus labios.
         —Es posible , pero no es mi caso.
         —Quería contarte que las manzanas verdes traen buenas nuevas. Son esperanzadoras y cualquier receta que hagas con esa fruta renovará tu día.
Sinceramente no soy supersticiosa, nada de lo que Isabel dijese me convencería, pero la curiosidad es hija de los corazones inquietos y mi corazón lo es. Así fue como me hice clienta asidua del lugar e invariablemente cada día José preparaba mis dos manzanas verdes que compraría. Al verme llegar me miraba intensamente y con un gesto afable me daba las dos frutas que había envuelto en papel de diario. Las reservadas para mí.
         —Te guardé las mejores Inés, como siempre.
Así transcurrieron los días y los meses, hasta que una tarde José me propuso intercambiarnos recetas de cocina. Por supuesto que las leí con detenimiento, sobre todo las recetas agridulces que son las que más me gustan, así se lo hice saber.
La vida porta el dulce aroma de las oportunidades y como quien no quiere la cosa me invitó a cenar. Acepté. Fuimos a un restaurante pequeño pero muy acogedor. Hablamos de la vida, las recetas y las manzanas verdes. A decir verdad ya no me importaba demasiado cocinar, prefería escuchar las anécdotas divertidas que él relataba. Estaba lleno de ocurrencias que me hacían a reír a carcajadas. Confieso que nunca me había reído tanto en mi vida . Luego llegó el primer beso y la desbordante pasión que se apoderó de nosotros.
Ya era habitual que por las tardes compartiésemos unos mates juntos y organizásemos nuestra salida de fin de semana. Estábamos en ello cuando llegó Inés de compras.
         —Buenas tardes, hola Isabel que alegría encontrarte aquí. Es por la receta de las manzanas verdes—me dijo risueña.
         —Uy Inés, ya no sé ni dónde las guardo, tengo la cabeza en cualquier lado—le dije, mirándolo con complicidad a José.
         —No te preocupes Isabel, las recetas las puedo encontrar buscando en internet. Lo que no sé si encontraré allí son los ingredientes justos.
         —Claro que los encontrarás,  siempre son manzanas verdes lo principal.
La mujer me miró y lanzó su risotada contagiosa.
         —Isabel, manzanas verdes hay en cualquier lugar. Lo difícil es que ellas se apoderen de vos. ¿Te miraste en el espejo? Tus ojos parecen dos inmensas manzanas esperanzadoras, color verde…
Dijo eso y se retiró haciéndole un guiño a José. Me hubiese puesto celosa, pero José con premura adelantó una respuesta.

         —Mi hermana es así, siempre ve más allá de la mirada…

domingo, 6 de noviembre de 2016

Ideas rasuradas


Me gusta rasurarme  a la mañana temprano antes de  tomar mi fugaz desayuno. Al mirarme en ese viejo y mugroso botiquín siento el sabor de estar vivo. Los tres espejos me muestran diferente. En uno soy estatua , en otro pareciese que me estoy yendo y el tercero no deja de inquietarme.
No logro descifrar si la mano que rasura le pertenece a otro o si en realidad mi mano derecha no se condice con la mano izquierda. Una es oscura y la otra parece refulgir entre la espuma de afeitar.
Tal vez es como un secreto mal parido: la mano oscura lleva una excitación que desconozco. Suele vibrar con un sentido autónomo. Por momentos pareciese que se apodera de mi cuello y en la más pura de las ficciones lo que desea es llevarse mi voz. Pero ya es tarde, en mi somnolienta perspectiva, el tercero de los espejos me muestra pensativo. Ya lo decidí antes de rasurarme las ideas de mis padres: soy un músico, esencialmente  y no habrá nada que me detenga, ni siquiera esa oscura mano que alguna vez me ha amedrentado. Solo sé que en días sucesivos deberé convertir la mano en claridad hasta que pierda el miedo a equivocarme.

domingo, 23 de octubre de 2016

Remoto tiempo


En dias
remotos
el alma
se fundirá
con el universo
como si el esplendor
de su entramado
iluminase
la oscuridad
más longeva.
Dime viajer@
¿Cómo sonarán
tus notas
cuando sean lluvia
las ideas?

miércoles, 19 de octubre de 2016

Rosas y fieras





Tantas lágrimas
entre fieras
y la muerte
de a retazos
condenada
a un dolor eterno.
Nos despierta
la tortura
en blanda carne
hasta la rigidez
de un mal sueño
y todo transcurre
y las voces
se alzan
y la justicia
soberana
de esos infiernos
camina lenta
y una menos
es tantisimas menos
en el implacable siglo
de sangre fácil
y rosas en peligro
frente a las fieras.

viernes, 14 de octubre de 2016

Rosas y fieras



Tantas lágrimas
entre fieras
y la muerte
de a retazos
condenada
a un dolor eterno.
Nos despierta
la tortura
en blanda carne
hasta la rigidez
de un mal sueño
y todo transcurre
y las voces
se alzan
y la justicia
soberana
de esos infiernos
camina lenta
y una menos
es tantisimas menos
en el implacable siglo
de sangre fácil
y rosas en peligro
frente a las fieras.



sábado, 8 de octubre de 2016

Cosas de la pluma


Me apasiona saber que todo se asemeja a una serie de imágenes que les doy vida. Claro que también las detengo, las oscurezco, las atosigo, las enveneno, las maltrato, las acaricio, las beso, las revivo , las huelo. Las convoco, las identifico, las visto, las hago latir junto a mi latido. Las penetro en toda su dimensión hasta desarticularlas como si fuesen un holograma de mi vecindario.
Supongamos que estoy escribiendo y mi mano tiembla al son de algún dolor , al compás de un renacimiento; supongamos que es una historia de amor y desencuentros, y que ellos existen y suben a la superficie de esta blanca hoja y me susurran sus segundas intenciones y yo, libre de ataduras desvisto mis intenciones y entre ellos y yo nace un todo que no limita mi esfuerzo.
Supongamos que ese cuadro móvil, me libra de la quietud y el acartonamiento, entonces, abro la puerta a una historia que a cada segundo me lleva y la plasmo a sabiendas de que estoy y no estoy entre esas letras. Luego, todo es cuestión de un arcano que a veces compongo con mi mente, mientras mi corazón, inefable, cree. Y es asi como algunos personajes de ficción saben tanto de mi como yo de ellos, cosas de pluma y libertad añeja.

domingo, 2 de octubre de 2016

El último árbol



Fue en el instante de mirar de cerca, con vista lejana, cuando descubrí que me ofrecía en holocausto para salvar a los sueños y a los soñadores. ¿Qué era lo que vi? ¿Valdrá la pena recordar que todo huele a segundas intenciones y yo estaba en ese lugar con las manos colmadas de esperanzas? ¿Valdrá la pena unas líneas, una carta o una crónica de los hechos? Como sea, a tientas o desde lo bajo de la voz, intentaré develar algo que sirva o no, a un puñado de seres.
Aquella tarde de primavera, volvía de mis clases de lengua extranjera cuando visualicé un rostro conocido. Era el Sr Jium, mi antiguo profesor de meditación, quien con paso lento y sonrisa plena, abrió sus brazos para cobijarme, después de haberme reconocido.
-         ¡Marga, qué alegría verte!
-         Lo mismo digo Profe, respondí con emoción.
Confieso que tomar lecciones con él, en tiempos aciagos, me había servido de mucho. Luego de un año de clases, él fue exiliado y yo también.
Jium se fue a España y yo a otros limbos. No hay una sola forma del exilio. Al profe lo recordaba afable, risueño y lleno de proyectos por cumplir.
Hablamos un par de cosas intranscendentes y combinamos una cita para el día jueves, café por medio para ponernos al tanto de nuestras vidas.
Parece que los años se disipan en la borra de un buen café o es la borra el sedimento necesario para comprender el fuerte sabor que emana un café tardío.
Lo recordaba de pocas palabras, me incomodó un poco su verborragia. Según él yo estaba demasiado silenciosa, me recordaba habladora.
Pero fue en el ojo de las cosas complejas donde me di cuenta de que el tiempo nos desfigura. Me sentí invariablemente quejosa y antigua: el mundo muta y yo me había quedado enarbolando sueños de mundos mejores. Y aunque mi profesor expresaba antiguos sueños, lo vi desenterrar un árbol milenario para darle lugar a una ramita verde fosforescente y luego lo sentí llorar, mientras secando sus lágrimas pactaba nuevas citas con otras personas para sembrar extrañas ramas verdes.
Juro haber visto todo un monte de eucaliptus talado y colmado de  surcos vacíos , pero quedaba un solo árbol aún erecto y quise sostenerlo  para que no cayese. Aún me siento en estado inconsciente, aunque desde aquí puedo ver miles de árboles de plástico que están progresando en un monte de mentira frente a tanto silencio.
Este es un siglo de apariencias, pero me tomé la libertad de hacer una pausa en medio de tanta muerte para regar el único árbol verdadero que nos queda: el de los genuinos sentimientos.