miércoles, 9 de marzo de 2016

Gesto perenne

El rostro y sus gestos develan las formas que expresan los sentimientos. Y corea la risa pura, la sonrisa en silencio, y nos percatamos de que la inmensidad anida en un ínfimo ademán que penetra en el pecho y atizamos el mundo con el aliento, a sabiendas de la fragilidad del corazón cuando se eleva por sobre nuestras testas para irse por otros caminos y ser puente. Y es entonces donde el valor de la mirada teje puntos invisibles como corrientes que enfatizan cuánto amor cabe en un gesto perenne. 

domingo, 6 de marzo de 2016

Reflejándonos



Buena parte de la vida está hecha de reflejos; nos reflejamos en otros cielos, otras voces, dioses o héroes, néctares que pretenden endulzar tristezas, oxígenos de otras bocas, melodías que nos contienen, ideas, proyectos, formas de ver el mundo y las respuestas. Nos reflejamos en los padres, en los hijos, en los nietos, en los hermanos, en los amigos,  en el amor y su cadencia. Y esta sensación de estar suspendida entre letras como paloma de pupilas añejas, reflejándome en el fuego inmortal de todo aquello que inclina su balanza en favor de mundos nuevos, me recuerda que los soñadores reflejan en sus pasos sus sueños…

viernes, 4 de marzo de 2016

Tiznada de luna


La mujer sacudió el cabello con fiereza a modo de despejar su oscuro pensamiento. Encendió las luces de la casa, preparó sus bizcochos preferidos, bebió su licor predilecto y se sentó a mirar por la ventana.
Todo el barrio estaba a oscuras, sin embargo la luna parecía iluminarlo.
Un fuerte dolor de estómago se apoderó de ella, intentó tapar la luna con sus manos, cerró la ventana pero a pesar del esfuerzo realizado, la envidia aún la encandilaba.



http://diarionco.net/portada/matanza/microficcion-tiznada-de-luna-por-ana-caliyuri/

jueves, 18 de febrero de 2016

Magna danza del agua



La lluvia suena a benévola lágrima, a deleite manso, a canto acentuado, a oculto río, a frescura del alma. La lluvia liba las penas hasta convertirlas en cristales que ascienden como bruma de antigua data. Me gusta su danza, su presencia y sus dones. ¿Será que del agua nacen las emociones magnas? 

sábado, 13 de febrero de 2016

Los brazos de Cupido


Extendí la visión más allá de lo imaginado, Pedro había desaparecido de mi vista. Intenté en vano calmar mi nerviosismo. De alguna forma se lo había tragado la tierra. Hubiese tomado un megáfono para llamarlo a gritos, no es justo sufrir así. Su presencia era importante para mí vida, pero no contaba con la magnitud de sensaciones que operarían en mi ser, el no poder encontrarlo en la estación de trenes. ¿A quién se le podría ocurrir ir al baño entre esa marea de personas?
Era un caótico ir y venir de viajeros. Nadie reparó en mis lágrimas, ni siquiera se percataron de mi rodada en el pasillo que conduce a los baños de hombres. Un tropezón no es caída, pero no fue así mi caso. Caí pesadamente. Atiné a levantarme en un santiamén, y en verdad todo me resultó ajeno, menos la búsqueda de mi amado Pedro.
¿Qué hacía ahí? ¿Hacia donde viajaba? Nada de eso tuvo respuesta en mi cabeza , solo supe que había ido con Pedro.
Deambulé por espacio de mil sombras y cientos de luces. Formas y colores indescifrables, y gente, mucha gente; demasiado trajín para mi . Sentí que mi cuerpo desfallecía, alcancé a sentarme en un banco. El temor me abarcó por completo: estaba sola en el mundo de los memoriosos, con nula memoria. No pude recordar cuál era la estación en donde estoy y lo peor fue que mi nombre se escapó así de repente. Se fue por algún agujero del cosmos. Eso si, recuerdo perfectamente a Pedro. Nuestra primera cita, nuestras risas, nuestros sueños. El primer beso y hasta nuestro primer íntimo encuentro.
Una mujer se aproximó para preguntarme qué hacía ahí. Con naturalidad le respondí que esperaba a Pedro. Se puso muy tensa, el rostro se le desfiguró un poco y con cierto aire compasivo me explicó que ya hacía más de un mes que estaba sentada en ese banco. Que cada día me preguntaba lo mismo. Que sería necesario que recordase mi nombre o me entregaría a las autoridades del lugar. Así es el mundo, y yo me pregunto ¿no era más fácil llamar a mi Pedro Uriquiaga?. Claro, no hay entre los pasajeros ninguno con ese nombre y apellido. Seguramente me tomarán por loca, y en realidad sus mundos cuerdos hablan de poco amor y poca espera.
Sospecho que hay algún vacío que mi mente no puede colmar. Alguna verdad divina o astral, o que se yo cómo llamarle.
Ya todo ha cambiado bastante, mi sobretodo raído por las lauchas me dicen que me he convertido en una mujer que vive en la calle, una pordiosera. Lo que ellos no saben es la riqueza que gurda mi amor. Yo esperaré a Pedro, porque sé que él anda por aquí. Hasta le pregunté a las sombras y ni siquiera ellas tienen esperanza. Yo sí. Habrá algún pasadizo, algo que coseche encuentros. Del otro lado de cualquier muro ha de estar el latido de mi amado. Solo tengo que recorrer con calma los setecientos andenes.
Casi casi como un infinito, pero lo lograré, porque sé que él también me andará buscando. Gente y más gente, y nosotros. Y ese maldito altoparlante que no cesa de preguntar por el paradero la Sra. Magdalena Ríos. En las pantallas veo una mujer sonriente, parecida a mi. Es bueno ver de cerca a los dobles, todo tenemos algún clon por el mundo. Ya casi estoy por llegar y mi corazón quedó paralizado. No es momento de ningún infarto. Menos que menos de morir. Al lado del altoparlante hay un pordiosero, es similar a mi Pedro. ¡ Es mi Pedro! Apenas puedo correr a sus brazos, han pasado centurias, o miles e infinitas noches sin albas. Él abre sus brazos y yo me acomodo en su pecho. Me mira con dulzura, solo atina a decirme:
—Magda, te estuve esperando amor mío…
—Yo no me moví de aquí Pedro. Vos sabes bien, la fortuna que tenemos no se pierde en una estación así como así.
Abrazados, cruzamos los andenes, las personas ni se detectan entre ellas , las pocas miradas que suelen cruzarse, parecen amargas. Entre tantos seres, vimos alguna pareja sonriente con el halo de Cupido entre sus brazos.. Espero que a ellos no les suceda como a nosotros que casi nos traga el tiempo…

viernes, 5 de febrero de 2016

Conjugación


Conjugamos
huellas
en silencio
abrazados
esencialmente
mirándonos
en el infinito.
Riego
el corazón
como una señal
distintiva
en esta uniformidad
que nos iguala.
Una palabra
o cien o etcétera
son destellos
de la poeta
que habita
el poema
cual relámpago
del agua.

domingo, 24 de enero de 2016

Viejos pájaros


La bruma se tornó densa. La mudez de la mañana sólo fue rota por el ruido del tren sobre las vías. Magda tiene la maña de salir todos los días hacia la estación para ver la llegada puntual de la formación. El pitido de la máquina la sustrajo de los pensamientos. No es fácil escribir acerca de ella. Es una mujer de mediana edad. En el pueblo la tildan de loca. Ella hace caso omiso de esos nefastos comentarios, y asiste rutinariamente al andén número veintidós. Cuando las puertas de los vagones se abren, ella agita un pañuelo blanco, husmea los asientos a través de las ventanillas y cabizbaja se retira.
Llama la atención su gesto de despedida en controversia con la actitud de espera. Así parece ser la vida de Magda, controvertida.
Parece no tener conciencia de partida o de llegada, de despedida o bienvenida. Sigue siendo difícil escribir acerca de ella. Las pocas veces que hablé con Magda se notó afable, graciosa y también con un dejo de tristeza.
Desconfío de su inteligencia, o mejor dicho, parece una niña con pensamientos oxidados. Alguien que juega a cara o cruz con la vida. Los maquinistas le temen porque la han avistado sobre las vías y si bien cuando ve la luz de la máquina ferroviaria se sube al andén, no deja de ser un peligro.
Esa mañana de agosto le pregunté todo lo que pude. Yo estaba esperando a mi novio y acudí demasiado temprano a la estación. La ansiedad por verlo me jugó una mala pasada.
Magda me contó que era modista, que el trabajo había mermado bastante por el reuma que la aquejaba. Ya sus costuras no eran prolijas. También me narró lo inenarrable. Cosas difíciles de digerir, la muerte temprana del alma y esas cosas menores que sólo la gente sensible le puede dar valor. Sospecho que se puso incómoda cuando le pregunté si era soltera o casada. No obstante me dijo con franqueza: soy una mujer sola. Yo ya lo sabía, porque una vez que la rozó un vagón fue a parar al hospital con algunos magullones, y solo la visitaron los empleados de la estación. Y claro, hace varias décadas que ella es habitué del andén veintidós.
Palabra va palabra viene y el silbido del tren se escuchó a lo lejos. Me alcé del asiento. Magda también. La formación, puntual como siempre, llegó a destino. Nadie bajó del tren. La vi a Magda tomar su valija de cuero y subirse a uno de los vagones. Se sentó sonriente, estiró sus piernas y cuando el tren pitó para continuar su marcha, sacó el brazo por la ventanilla y me hizo señas. Me aproximé, para mi sorpresa envolvió en mi mano el pañuelo blanco y con la mano alzada y deformada por el reuma me hizo un gesto ameno, de despedida.
No es fácil hablar de ella, menos que menos es fácil hablar del pañuelo que por esas cosas del destino me sirvió para enjugar mis lágrimas.  Leo, mi novio no volvería al pueblo, lo intuí. !Quien querría vivir en un pueblo tan pequeño!
 No me gusta estar de boca en boca, ni ser heredera del dolor, así que a la semana siguiente yo también asistí a la llegada del tren, puntual. Antes de que la máquina llegase, me subí a la escalera de la señal de entrada y anudé el pañuelo. El viento lo hizo flamear, parecía tener alas. Uno nunca sabe cuál es el hogar de los pájaros. Ya me retiraba de la estación cuando alguien me  alzó por el aire: era Leo. Lo abracé con fuerza, y también con fuerza siguió soplando el viento, así en seco. Aunque a lo lejos se divisaba una tormenta, la lluvia suele acompañar el silencio de los viejos pájaros…