lunes, 29 de junio de 2015
Júpiter y Venus
Entre las sedosas manos del Universo, al ras de su mar oculto, en lo profundo de su oscuro pecho se entrelazan dos gemas eternas: Júpiter y Venus. Alzo la vista, es mi tiempo de filtrar lo sabido y habitar el instante de sentimientos. Y es que sus luces se entrecruzan y reflejan, y se alargan y se funden y se pierden. La grave idea de saberme nadísima pero también etérea me recuerda cuán temerarios somos en cuerpo y esencia.
lunes, 16 de marzo de 2015
Memoria
A veces uno recuerda que las flores lanzan el óxido de la memoria y se pone a reparar los propios pétalos; a veces uno recuerda el silencio y las ventanas del alma con vista al cielo, y a veces solo a veces, los días y las noches se visten de recuerdos, en definitiva la memoria es un cuadro móvil enmarcado por el tiempo.
lunes, 2 de marzo de 2015
OTOÑO SIN MÁS
¿Quién sabe
en el ocre
del paisaje
cuánta ausencia
es música
que no hemos de escuchar?
¿Quién puede saber
cuán lejano
está el silencio
o cuán cerca
habita
la melancolía
que nos invita
a danzar?
El otoño
está en el cuerpo,
en nosotros
a la mar,
en los celestes
más fríos,
en la hondura
de algún zigzag.
¿Quién puede saber
que es otoño
solo otoño
así…sin más?
lunes, 16 de febrero de 2015
Alas etéreas
Pájaros
encerrados
en cajas
y más cajas
encerrándolos
de
espejismos
hasta sus
inviernos.
La libertad
es de alas
etéreas.
No podría
verme
en un espejo
que encierra
cajas
dentro de
más cajas
para eslabonar
ideas.
Cualquier
corporación
mata sueños…
viernes, 23 de enero de 2015
Me recuerdo poetisa
Cuando llega
la tarde
el alma
se asombra
de las
pequeñeces
jamás
marchitas
y me
recuerdo
sin nubes
tan sólo
poetisa.
Me aproximo
a un árbol
con sigilo,
él expande
la virtud
de refrescar
los días
y nuevamente
me recuerdo
tan sólo poetisa.
Magnifico
esa sombra
para enjugar
la lírica
en tardes
veraniegas
de palabra y
tinta.
domingo, 18 de enero de 2015
Cuestión de género
Eloisa solía
caminar desnuda por las treinta habitaciones de la amplia casona. En tiempos
primaverales recibía la visita del modisto del pueblo a quien le encargaba tres
o cuatro vestidos de telas livianas. A pesar de tener el guardarropa colmado de
prendas de todo tipo y color, ella disfrutaba de su desnudez.
La madre de
la mujer había fallecido cuando Eloisa era pequeña y el dormitorio permaneció
cerrado por más de cuarenta años.
El sonido de los truenos la ensordeció. Los
relámpagos iluminaron el picaporte de esa habitación varias veces. Eloisa
interpretó que era un llamado del más allá. Con emoción, giró la llave de la
puerta de acceso y la abrió. Las telarañas la asustaron hasta que pudo
desprenderlas del rostro. Avanzó hacia el ropero: le intrigaba saber qué cosas
había guardado su madre antes de morir. La sorprendió hallar los cajones vacíos
y sólo un vestido colgado en la percha. Hurgó en una caja labrada y halló unos
pocos recortes de diarios. Los tomó entre sus manos, leyó uno por uno y empalideció.
Nunca le habían dicho que había muerto asesinada por su malinterpretado hábito
de pasearse desnuda por cuanta habitación hubiese en la casa. ¡Las malditas
alergias a las telas! Con tristeza supo que lo que la separó de su madre, entre
otras cosas, fue un problema de género…
sábado, 10 de enero de 2015
Cosas de homónimos
Marianella se
encerró en la habitación, necesitaba aislarse del mundo. Más precisamente,
alejarse de su entorno familiar que le recomendó visitar al médico debido a su constante
cambio de carácter. Encendió la computadora para escuchar música, pero la
tentación la llevó a abrir la bandeja de entrada de su correo electrónico.
Todos los mails querían venderle algo, menos uno: el de su homónima, Marianella
Gioia. Lo leyó una y otra vez: nunca había entendido la persistente alegría de
esa mujer. Con evidente disgusto abrió la ventana de la habitación para tomar
un poco de aire. El día estaba pegajoso, un fiero impulso la llevó a tomar la
máquina y arrojarla por la ventana del segundo piso. La vio caer pesadamente
sobre el techo de lona de la panadería aledaña, y luego aterrizar sobre un
tapiz de flores. Salió al balcón y se asomó lo más que pudo, necesitaba ver la
computadora destruida: quería corroborar que hubiese muerto la alegría, pero
olvidó que la baranda estaba en arreglo.
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