domingo, 18 de diciembre de 2016

Todas y ninguna


Cuando entré a la tienda recordé los cuentos de la infancia, que solía repetir mi madre, acerca de mi comportamiento. Eso de acompañar a recorrer muchos lugares en busca de lo que no existe es sin dudas un acto de amor,  o quizá de consentir, finalmente, que aquello que uno busca es factible de encontrarse.
Así era como pasábamos horas con mi tía buscando unos zapatos amarillos que en mi imaginación existían, o con mis padres yendo de negocio en negocio, en busca de una muñequera de cuero con tachas plateadas que había visto en una publicidad gráfica. y tanto me había atraido que ya no conciliaba bien el sueño, o en busca de
 un broche para el pelo de tres bolitas de vidrio ( todos los que estaban a la venta tenían dos bolitas y un doble elástico). Cosas difíciles de hallar.
Hice de cuenta que los recuerdos eran parte de una niña  joven desconocida, después de todo, uno muta, se  transforma y se mejora o empeora según el caso. Me dispuse a mirar vidrieras. Me atrajo una en particular, tenia infinidad de  accesorios multicolores.
Miré desde la puerta de entrada que estaba abierta, varios pañuelos que estaban a la vista de quien entrase, sobre un pequeño mostrador blanco. Entré. Necesitaba uno similar al que habia extraviado ya hacía más de un año atrás.Más de cincuenta diseños y esa maldita combinación que no aparecía: ocre y violáceo con marrones secos. Tampoco había demasiados pañuelos cuadrados y con flecos, me ofrecieron chalinas y no me gustan las chalinas, pero la fuerza de la venta hizo que la empleada del lugar desplegase distintas de seda de diversos diseños y colores. Puso frente a mí un espejo de aumento y con una sonrisa cuasi forzada, atinó a decirme que esas chalinas estaban de moda y que mi aspecto era juvenil. Claro que ante semejante dicho de la empleada, le dije que  en relación a Tutankamón yo era una jovencita. Creo que ella no supo jamás de la existencia de Tutankamón o de la no existencia, asi que al ver su rostro de confusión, agreguém que no era una cuestión de moda o edad, solo que las chalinas me recordaban a Isadora Duncan: la bailarina y coreógrafa que murió en un accidente de automóvil estrangulada por la extensa chalina que llevaba alrededor de su cuello, cuando esta se enredó en la llanta del coche en el cual iba. Creo que ese comentario fue peor, porque vi en su rostro un gesto de fastidio.  Aflojé la tensión del momento y me miré al espejo, la chica que me atendía distendió sus manos y alcanzó a decirme que si necesitaba algo más le dijese.  Tuve ganas de decirle que las personas somos como el espejo barato que nos deforma, que la moda es algo que sucede para mantenernos entretenidos de las cosas que son irremediables. Hubiese querido decirle que soy todas y ninguna, pero preferí que se quedase con la idea esperanzada de que una chalina es un detalle femenino digno de ser comprado, más allá de convencionalismos y uniformidad mal pensada. Huí del local sin comprar nada.
Claro que no hay modas para nutrir el alma, pensé, mientras dejé que la lluvia mojase mis pensamientos y mi testa hasta tanto encontrase el pañuelo que buscaba. Como el trébol de cuatro hojas, ha de estar en alguna parte….

sábado, 3 de diciembre de 2016

Betty Glamur



Cuando me preguntan sobre Betty Glamur, pienso en la solemnidad de las cosas aparentes.
Ella era solemne, casi perfecta, dijeron sus viejos conocidos el día de su funeral.  Los del barrio prefieren recordarla como la pluscuamperfecta. No en relación al tiempo verbal, obviamente. Es sólo una manera diferente de decir que ella era más que perfecta. 
Betty no solo era una mujer bondadosa, tenía muchas otras virtudes: hacendosa, puntual, cortés y con un alto grado de lealtad. Pero no había claudicado a su soledad, y aunque se le conoció varios acompañantes, ninguno de ellos pudo escribir la historia junto a Betty.
Se la reconocía por la mirada lánguida y su mirar a la distancia. La desvelaba el paso del tiempo y los surcos profundos que aparecerían en su rostro, pero para ello faltaba mucho, se repetía a si misma cada año.
A medida que pasaba el tiempo estaba más delgada, en ocasiones era afecta a largos ayunos. Una forma de adentrase en sí, comentaba a quien desease oírla. El caso fue que, de tanto escuchar a sus vecinos cuchichear sobre su delgadez, comenzó a comprar espejos en forma compulsiva. Algunos afinaban la silueta y otros la engrosaban, el más divertido la mostraba cuasi enana y su contrapartida, la denotaba alta y espigada.
Los sentidos no fallan, y era si como cada vez que le hablaban de su pérdida de peso, ella corría hasta la habitación  donde practicaba el arte de las sombras chinescas, y enfocaba su vista en el espejo que la mostraba rellenita y con curvas.
Transcurrieron más de dos años y Betty sintió deseos de correr. Fue así como se la solía ver pasando por las aceras casi como una sombra, corriendo con los auriculares puestos al compás de alguna melodía  que solo ella escuchaba. Y un día de esos que uno no recuerda, dejó de pasar y ya nadie más la vio en el barrio.
Si bien muchos asistieron a su entierro, otros afirman que ella no murió y que vive en los espejos empañados de la humanidad.
Los cánones de la belleza siempre han dado que hablar y Betty Glamur es parte de  un espejo que sangra…



jueves, 24 de noviembre de 2016

Vanguardiando


Siempre pienso en la benevolencia del mundo, aún a sabiendas de que el mundo no lo es, tal vez es una forma inocente de la supervivencia. Estaba en ese estéril pensamiento cuando tocaron a la puerta de mi blog. Digamos que un sitio que me pertenece porque ahí es donde comparto lo que escribo.
Escribir relatos en estos tiempos y ser leído es algo así como lanzar al espacio un bumerán y esperar su retorno en brazos de lo remoto.
Quizá el mejor encuentro de la pluma sea con cientos de anónimos sin rostro.
Este nuevo seguidor tenía en su página tres fotos, en todas ellas con cara y actitud corporal de ganador. Parecía un actor de películas o un presidente de no sé qué cosa, o empresa u organización o lo que sea.
Me dije, si este buen hombre me lee será porque no tiene mucho para hacer más que divagar por blogs de ignotas plumas. Ya sé , tal vez el tiempo libre es su materia adeudada y está coronando su vejez de un modo simple y entretenido ampliando aún más su porte mundano y vencedor.
Yo soy una eterna ganadora de mi misma, razón por la cual sigo firme en mi propósito de ser leída por un puñado que según las estadísticas del blog serían de varios países. No me creo mucho esa historia pero tampoco dejo de creerla como un modo de estimular mis dedos en el teclado de la pc.
El señor en cuestión, el seguidor de mis escritos, apoyado en un auto de lujo , cosechaba “me gusta”.
A veces me siento a contramano del oleaje, no me gusta likear o gustear apariencias.
Pasados un par de días el tipo en cuestión envió a mi correo una propuesta editorial. ¡Albricias, me dije, hay alguien a quien le interesa mi pluma! Apresurada leí los primeros párrafos en donde elogiaba mi estilo, un tanto raro me sonó la frase que decía: “ estilo vanguardista”, también me dejó estupefacta el párrafo que hablaba de la llegada de su editorial a millones de hispano parlantes y que podría estar en sus catálogos de venta al lado de no sé bien quienes pero, por por la forma en que los subrayaba con letra negrita supuse que serían unos escritores importantes. La mejor parte de todo era que a medida que iba leyendo comencé a reir, tanto y más al punto de nublárseme la vista. Confieso que siempre he creído que las palabras dichas desde el corazón son valiosas, y que los relatos breves con finales insospechados me gustan, de ahí a creer que cada palabra mía valiese esa sideral suma, era ya un despropósito. No obstante ello, le respondi escuetamente y con premura:
“Sr Jason Bell
Me dirijo a ud para agradecerle la compra de la Antología en donde estaré con numerosos autores de renombre. Tal como me ha expresado, una página completa ronda alrededor de los 300 dólares, me parece una suma correcta.
A la espera de vuestra confirmación enviaré el microrelato.
De más está aclarar que nunca me respondió. Es así este benévolo mundo, depende desde cual vereda se mire, vale o no vale la misma cosa... Al menos me salvé de que en sucesivas oportunidades me propusiese publicarme un poema por la módica suma de cien dólares.
Dijese mi abuela: en este mundo traidor nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira.
Al menos, entrelíneas, me sentí una ganadora de mis sueños de gaviota enletrada. Ya sé qué la palabra “enletrada” no existe, pero por un segundo la invento para vanguardiar…

sábado, 19 de noviembre de 2016

Danza en una burbuja



Era un día sábado y el viento se coló por la memoria y por la ventana. Una brisa cálida despejó la cabeza de Marisa, quien pestañeó varias veces para dismular la emoción. Recordó aquella tarde de cine seguida por la noche de baile. Los pies a cinco centímetros del piso, los brazos rodeando el cuello de Ignacio, la cintura ceñida por las manos de él y una melodía eterna danzando en el espacio.
El esfuerzo de la memoria le hizo entreabrir los labios, ávidos por hilvanar palabras perdidas en el tiempo.
Aparentemente la memoria es silenciosa, sin embargo, Marisa  hablaba con alguien. Ignacio estaba ahí y ella era la unica que lo veía. No se preocupó demaisiado por ello, después de todo, desde siempre el amor es una burbuja donde solo caben dos.



domingo, 13 de noviembre de 2016

DOS MANZANAS VERDES


Cuando me preguntan sobre la mujer de la mirada perspicaz  que vive en el séptimo A, hago esfuerzos para responder. Apenas la conozco y aunque vive cerca,  intercambiamos pocas palabras.
 Diría que ella es un tanto hipnótica, tiene la costumbre de hablar con la mirada. Solemos coincidir en alguna tienda del barrio o en los lugares donde la curiosidad nos lleva, y es en esos momentos fugaces cuando nos enredamos en diálogos divertidos y profundos.
Recuerdo la tarde en que al comprar manzanas en la verdulería de la esquina, supuso que yo era buena cocinera, y lanzó su pregunta directa a mis ojos.
         — ¿Inés tenés alguna receta para recomendarme con manzanas verdes?
Yo venía de un desengaño amoroso y lo menos que quería era recordar mis aptitudes de cocinera. Él me había dejado por otra y la cocina me recordaba las múltiples recetas que inventábamos juntos.
       —  No Isabel, ya perdí la mano con el tema de la cocina. — dije tristemente.
         —De algún modo todos perdemos la mano con algunas cosas que hacíamos bien , pero también adquirimos otras aptitudes que antes no teníamos—me dijo con una sonrisa amplia en sus labios.
         —Es posible , pero no es mi caso.
         —Quería contarte que las manzanas verdes traen buenas nuevas. Son esperanzadoras y cualquier receta que hagas con esa fruta renovará tu día.
Sinceramente no soy supersticiosa, nada de lo que Isabel dijese me convencería, pero la curiosidad es hija de los corazones inquietos y mi corazón lo es. Así fue como me hice clienta asidua del lugar e invariablemente cada día José preparaba mis dos manzanas verdes que compraría. Al verme llegar me miraba intensamente y con un gesto afable me daba las dos frutas que había envuelto en papel de diario. Las reservadas para mí.
         —Te guardé las mejores Inés, como siempre.
Así transcurrieron los días y los meses, hasta que una tarde José me propuso intercambiarnos recetas de cocina. Por supuesto que las leí con detenimiento, sobre todo las recetas agridulces que son las que más me gustan, así se lo hice saber.
La vida porta el dulce aroma de las oportunidades y como quien no quiere la cosa me invitó a cenar. Acepté. Fuimos a un restaurante pequeño pero muy acogedor. Hablamos de la vida, las recetas y las manzanas verdes. A decir verdad ya no me importaba demasiado cocinar, prefería escuchar las anécdotas divertidas que él relataba. Estaba lleno de ocurrencias que me hacían a reír a carcajadas. Confieso que nunca me había reído tanto en mi vida . Luego llegó el primer beso y la desbordante pasión que se apoderó de nosotros.
Ya era habitual que por las tardes compartiésemos unos mates juntos y organizásemos nuestra salida de fin de semana. Estábamos en ello cuando llegó Inés de compras.
         —Buenas tardes, hola Isabel que alegría encontrarte aquí. Es por la receta de las manzanas verdes—me dijo risueña.
         —Uy Inés, ya no sé ni dónde las guardo, tengo la cabeza en cualquier lado—le dije, mirándolo con complicidad a José.
         —No te preocupes Isabel, las recetas las puedo encontrar buscando en internet. Lo que no sé si encontraré allí son los ingredientes justos.
         —Claro que los encontrarás,  siempre son manzanas verdes lo principal.
La mujer me miró y lanzó su risotada contagiosa.
         —Isabel, manzanas verdes hay en cualquier lugar. Lo difícil es que ellas se apoderen de vos. ¿Te miraste en el espejo? Tus ojos parecen dos inmensas manzanas esperanzadoras, color verde…
Dijo eso y se retiró haciéndole un guiño a José. Me hubiese puesto celosa, pero José con premura adelantó una respuesta.

         —Mi hermana es así, siempre ve más allá de la mirada…

domingo, 6 de noviembre de 2016

Ideas rasuradas


Me gusta rasurarme  a la mañana temprano antes de  tomar mi fugaz desayuno. Al mirarme en ese viejo y mugroso botiquín siento el sabor de estar vivo. Los tres espejos me muestran diferente. En uno soy estatua , en otro pareciese que me estoy yendo y el tercero no deja de inquietarme.
No logro descifrar si la mano que rasura le pertenece a otro o si en realidad mi mano derecha no se condice con la mano izquierda. Una es oscura y la otra parece refulgir entre la espuma de afeitar.
Tal vez es como un secreto mal parido: la mano oscura lleva una excitación que desconozco. Suele vibrar con un sentido autónomo. Por momentos pareciese que se apodera de mi cuello y en la más pura de las ficciones lo que desea es llevarse mi voz. Pero ya es tarde, en mi somnolienta perspectiva, el tercero de los espejos me muestra pensativo. Ya lo decidí antes de rasurarme las ideas de mis padres: soy un músico, esencialmente  y no habrá nada que me detenga, ni siquiera esa oscura mano que alguna vez me ha amedrentado. Solo sé que en días sucesivos deberé convertir la mano en claridad hasta que pierda el miedo a equivocarme.