domingo, 18 de marzo de 2018

Añejo



Eterno
es el viento
en su carrera
y el despertar
de su furia
estremece
a la sombra
a la vida
y a las cenizas.
Todo muda
menos los males
tan viejos
como este soplo
sin riendas.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Pateando tachos de basura

El otoño comienza con los detalles que nos trae el viento. El soplo del hoy  me portó al ayer lejano y a un instante de travesura en la cancha de mi barrio.
Formar parte del Club Ferroviarios siempre ha sido, es y será un orgullo, y aunque mi participación por aquellos tiempos, no era mucha, yo sentía la camiseta de mi equipo favorito sellada al corazón, tal es así, que incluso tuve una colección de muñecas con pantalones y remeras con los colores del club.
Los colores hacen a las cosas, decía mi abuela, y no escapa de eso el fútbol. Recuerdo la historia de  uno de los clubes más grandes de Argentina, que desechó la primera de las camisetas, de color rosa, supongo que por una cuestión machista, como sea, pasaron por otros colores hasta que finalmente un día, eligieron el de la bandera del primero de los barcos que llegó al puerto de Buenos Aires. Así quedó por siempre el azul y oro como insignia determinante de los boquenses. 
Mi club como Boca, tuvo tropiezos, marchas y contramarchas, hasta que se decidieron por el rojo, azul y blanco. El rojo por la pasión de pertenecer, el azul porque la cancha estaba techada con el cielo despejado de mi pueblo   y   blanco porque había más niños que adultos, por eso de relacionar la niñez con la pureza.
Siempre esperaba mi oportunidad al costado de la cancha, pensando que cuando hubiese un lugarcito me dirían: “Marianita, vení, hacé de arquero o de defensor”. Yo no pretendía ocupar el lugar de delantero, aunque era buenísima pateando con la zurda pero, la “10” la tenía pegada al pecho el chueco Giménez. Era tan bueno que le hacía pelar las rodillas al que lo marcase. Tenía un manejo limpio de la pelota y era capaz de gambetear desde la mitad de la cancha hasta las puertas mismas del arco, sin que nadie pudiese quitarle el balón. Alguna vez pensé, como hoy pienso de Messi, que hay un hilo invisible entre el pie y la pelota, un hilo como de titiritero que algún dios menor bajó a tierra para recordarnos que hay una magia nacida del cielo que tienen unos pocos elegidos ,más allá de las reglas y los entrenamientos.
En aquella época de inocencia y rebeldía, soñaba con jugar al lado de Giménez. Ya en aquel tiempo, solía ver los detalles de los hechos como un modo de adentrame en aquello que escapa de la obviedad,  y yo admiraba a Marcelo Gimenez porque era el único que no se desprendía de la sonrisa  mientras estaba con la pelota al pie. Sin dudas, hay un misterio entre el cuerpo, la redonda y la felicidad.
Y qué cosa es la felicidad sino aquello intangible, capaz de convertirse en memorable, porque el alma se expande amorosa y no hay nada que la detenga.
Y sí, yo buscaba ese feliz día en que alguno de los pibes se enfermase. Suena horrible, no soy mujer de desearle el mal a nadie, pero esa era la única opción por la cual me pondrían en el equipo. Sin embargo, a pesar del frío invernal, las heladas y el viento, los pibes gozaban de buena salud. Ese invierno tuve que conformarme con ir con mis muñecas porristas a alentar a mis amigos.  Claro que eso no bastaba, así que un día, después de las continuas cargadas de los pibes diciéndome que alguna vez habría equipo de mujercitas, el técnico Ramón Giles, apiadándose de mí, me convocó para ir a buscar la pelota cada vez que salía del perímetro de la cancha, que por esas cosas de aquella época, solo estaba cercada por un alambre tejido como de gallinero: bajo, débil y usado.
Ese domingo que recuerdo con picardía, corrí mucho porque el equipo estaba impreciso, y a cada minuto terminaba la pelota a los pies de algún árbol, y en una de las veces en que la fui a buscar quise enviarla de una patada al centro de la cancha, y se me trabó el zapato en una hondonada que no vi, cayendo a la vista de todos, Eso no hubiese sido nada, lo peor fue cuando oí la voz de Fernandito que decía: “ la Mariana está para patear tachos de basura” y todos se rieron.
Y esperé, como esperan los que saben esperar: pacientemente, peinando mis muñecas y masticando rabia. Y miré el entorno: el paisaje, el monte, las ramas altas formando un ángulo agudo con el tronco, y tuve mi oportunidad. Fernandito mandó la pelota fuera del predio, y fui a buscarla, tomé carrera, y miré el cielo, y sentí la magia, y me imaginé que llevaba la diez puesta, y me llené el pie con la redonda y la colgué en la horqueta del eucalipto más alto. Y quedó ahí, clavada como fruto raro recién salido. Todos me miraron con la desilusión de quienes saben que ya no hay nada que hacer. Demasiada altura como para arriesgar el cuerpo de los pibes para sacarla de allí, y en medio del infortunio generalizado, dejé colar mi voz para decir:
—El tacho de basura lo dejé colgado arriba, hay muchas moscas dando vueltas abajo.
Y me fui, tarareando:
“ Tengo una muñeca vestida de azul,
con su camisita y su canesú.  

jueves, 18 de enero de 2018

Ilimitado renacer



James Ling tenía amplios conocimientos en el arte de las intuiciones. Desde niño soñó con asistir al Apocalipsis y se preparó desde su primer paso para ello.
El mayor poder de una máquina era acumular información.  James dormitaba como máquina y sentía como humano. De Spenser III, su niñero robótico, aprendió a desechar nimiedades inconsistentes para guardarle espacio a  aquello que sí vale la pena. Así fue como día tras día, durante una centuria o quizá más, guardó frases memorables de libros electrónicos que emergían en sus sueños.
 Sus amigos solían preguntarle sobre frases célebres que él repetía a la perfección, para vivarlas o desafiarlas, dependía del humor sideral del grupo. No siempre la razón es más fuerte, muchas veces el firme carácter de un buen sentimiento, se impone.
Todas las cualidades del mundo se apropiaron de James Ling y el hábito de guardar obras pictóricas, canciones, y palabras de grandes maestros, lo convirtieron en famoso. En caso de presentarse el fin de los fines conocidos, él nos recordaría cuán humanos hemos sido con solo dejar asomar una lágrima provocada por lo puro y profundo que guardaba dentro de sus mega gigas corpóreos.
Pero, nada es eterno. Con el paso del tiempo, su memoria entró en deceso. Pese a la amabilidad con que trataba a todos los que lo iban a consultar, se notaba un cierto aire de escepticismo y tristeza en su mirada “derridiana”.
James Ling supo que debía ser arquitecto de su propia reversión humana, ya que la mirada de los otros se había convertido en predominio sobre la memoria de los hechos y primaba sobre su existencia.

Se alejó de libros y obras. Y aquella memoria ancestral guardada en tiempos de sueños, comenzó a aflorar en la piel de Ling. Cada amanecer aparecía una nueva señal  y para cuando quiso acordar, de sus brazos nacieron brújulas, y seres cósmicos, y flores matizadas con lenguas vivas, y esperanzas en relojes que nada marcan, todos ellos tatuados con tinta del alma, y aunque perdió definitivamente el espacio de la memoria, supo que un Apocalipsis se timonea en las entrañas de uno mismo, para renacer sin límites en un Cosmos nunca pisado…

domingo, 31 de diciembre de 2017

Somos lo que hacemos




Alzar la vista al cielo en busca de algún vuelo de pájaro no deja de ser un acto reflejo, tal vez porque las aves me dan las alas que mi memoria ha perdido; eso creo, o quizá es que me mimetizo con su libertad y es ahí cuando nacen las imágenes memorables.
Como sea, al salir al patio de mi casa y ver el aleteo de dos palomas, recordé un domingo previo al día  de Navidad en mi pueblo natal, siendo yo  una niña.
Esa tarde sería el encuentro entre “Los pibes de la fraternidad” y “Los boquenses de Ayacucho,  un partido definitorio cuyo premio consistía en las camisetas para el equipo y un gran árbol de Navidad con mucha luces.
Mi madre estaba preparando una torta marmolada, esas de chocolate y vainilla  que casi todos conocen,   y justo en el momento de mezclar los ingredientes se dio cuenta de que le faltaba el chocolate, y claro, aunque en mi casa éramos tres hijos, los mandados eran cosa de mujeres. ”Marianita andá a lo de don Luis y trae el cacao ”me dijo, y mi hermano aprovechando la volada, agregó: “y de paso fíjate como está la cancha…anoche llovió mucho”.
Camino al almacén me dieron ganas de silbar, me contuve. No era bien visto si lo hubiese hecho, así como a las mujeres nos estaba vedado jugar al fútbol, y tantas otras cosas; de esos mandatos sociales de aquel tiempo que se cumplían a rajatabla.  Mientras iba cantando “din don dan din don dan” me aproximé a la cancha del Club Ferroviarios. Bajo los arcos, había charcos, eso era un verdadero problema, por eso de que la pelota se pone pesada cuando se moja, así que rapidito fui al almacén ,compré lo pedido y me fui corriendo a casa para contar la novedad.
El colorado Giménez, el pocero del barrio, tendría que llevar tierra  para tapar los pozos con agua y de ese modo jugar el partido final. Él siempre lo hacía gratis.
Mi padre, presidente del Club, puso en marcha el auto para ir hasta la casa de Giménez. “Marianita subí “ me dijo, y más rápido que ligero estaba acomodada en el asiento de la estanciera. En el trayecto hablamos del árbol de Navidad y  aproveché para quejarme porque si ganaba nuestro equipo, ni para mi ni para mis muñecas porristas habría regalo. Pero me equivoqué, esta vez mi padre pensó en eso y me respondió que no me quedaría sin regalo por haber tenido asistencia perfecta todo el año. Aproveché para decirle que a una de las muñecas se le había salido una pierna y que sería mejor reemplazarla por una nueva.

Cuando llegamos a lo de Giménez, golpeamos las manos para que nos atendiesen pero nadie salió a recibirnos. La vecina de la casa de enfrente nos puso al tanto de que Juancito, el hijo del pocero, estaba internado. Un fuerte dolor de panza y según comentó era una peritonitis. Y Claro en el pueblo no había cirujano y era necesario llevarlo a otra ciudad. Yo pregunté muchas veces que era una peritonitis pero estaban todos muy preocupados como para responderme. Y nadie recordó los pozos para tapar y llegó la hora del partido y los charcos seguían ahí, pero peor estaba Juancito luchando por su vida. El encuentro fue aburrido, en el entretiempo me olvidé de la coreografía y además terminó cero a cero y todos embarrados. El caso es que los dos equipos quedaron empatados y en el árbol solo había un gran paquete con una nota. Todos corrimos para ver: era una alcancía con dinero adentro y una nota que decía para Juancito Giménez. Menos mal que ya no creíamos en Papa Noel , ni nada de esas cosas. Tímidamente pregunté por Juancito, por suerte ya estaba fuera de peligro pero había que pagar el viaje en ambulancia y para eso fue destinado el dinero recaudado. Alguien dijo que cada uno de nosotros es un poco el Papa Noel en Tierra y como soy Marianita Pierluggi, me quejé y le respondí que en mi caso era Mamá Noel, todos rieron , menos yo que estaba arreglando la pierna de mi muñeca porrista para el próximo partido.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Deseo festivo



Alma:
en el albedrío
del viento
extiende
las alas
para que florezcan
soles genuinos
Y se apaguen
las sombras
de otros días…
Venimos
para irnos,
mas, en el trayecto
más vivo
haz de nuestras tramas
el mejor tejido,
ese que hace de la luz
y el Amor

un mundo distinto.

domingo, 3 de diciembre de 2017

La niebla



Estaba un hombre de mediana edad, sentado en un banco de plaza, con las manos sosteniendo su cabeza y la mirada perdida. Tomó el periódico que llevaba en su bolsa, y con el dedo índice, tocó varias veces el margen superior.  Era su manera de corroborar el día: 10 de diciembre del 2031.  Miró en derredor y sintió que esa plazoleta le era ajena a su vida:  desconoció los bancos de mármol, los accesorios de grafito y hasta los pisos acerados. La neblina que cubría el pasto artificial, lo confundió aún más: en Estación Malattia nunca hay bancos de niebla, menos que menos, un día como ese,  donde el sol estaba a pleno.
El hombre,  vio pasar a un niño muy cerca suyo, y con el diario en la mano, se aproximó:
—Disculpáme, no veo muy bien por la niebla¿ Me podés decir qué día es hoy?
El niño miró su reloj solar y le dijo:
—Es jueves…
—Si, si, pero la fecha…
—10 de diciembre.
—Si si, pero de qué año…
El niño lo miró sorprendido y apuró sus pasos, sin responderle.
El  hombre volvió a su banco, y buscó en sus bolsillos los anteojos de ver de lejos. Se los colocó y para su sorpresa, se vio a sí mismo, cotidianamente, caminando por esa plaza, abrazado a su esposa. La niebla bajó hasta cubrir la mitad de su cuerpo, sintió frío. Tomó el paquete de pañuelos descartables del bolsillo del saco y restregó los ojos hasta calentarlos. Luego, volvió a mirar la fecha en el diario y  leyó: 10 de diciembre de 2031. Hizo un gesto de fastidio. Alzó la vista para recorrer el parque: los juegos para niños, las flores de metal y hasta los faroles eran de diseño moderno, pero él, era un hombre antiguo…
Fue hasta el bebedero de agua y mojó sus ojos, tantas veces tantas, hasta vaciarlo. Necesitaba ver bien, pero aún había neblina en esa plaza y aunque buscó por muchos lados, no pudo hallar a nadie que lo ayudase a ver mejor, y menos que menos, a su esposa. Es más, no sabía si ella había ido o no, con él.
Pasó la mañana, y la tarde, y llegó la noche, y el hombre de mediana edad, seguía firme sentado allí.
En el pueblo comentaron que estuvo más de miles de  días, en ese banco, buscando disipar la nubosidad, hasta que un día alguien lo vio a la orilla del mar, subiendo sus pocas pertenecías sobre una balsa y nunca más apareció.
Parece que se llamaba Ulises y desde el día que se fue, el bebedero de la plaza está cargado de agua tibia y salada, semejante a las lágrimas.

Desde que el mundo es mundo, hay gente que se pierde cuando le falta el amor…

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Rumbo


Llevaba el día las bocas abiertas, los labios ceñidos a las circunstancias, y el sol de una dulce poesía, en medio. Y no supe si la palabra fue manantial de sueños o solo un mundo de cerrojos que se abría lento. Y encendí el alma con una melodía que canta a la vida a pesar de las muertes, como los viejos soñadores que caminan cansados su derrotero, pero no cejan en caminar a la par de sus sueños.