jueves, 15 de junio de 2017

Abstracciones

Me gusta el vuelo de los pájaros, la infinita libertad que atraviesan. Y es entonces cuando la pluma diseña el candoroso olvido de los pies en tierra. Busco los remolinos que centrifugan los pensamientos y en ese golpe de suerte, grabar el compás de los latidos en el gigante corazón del Universo. Cuando llego a la orilla del propio silencio, me reconozco solitaria y es en ese instante preciso la aparición del viento. Y nos mecemos, porque aun habiendo vivido extenso tiempo nadie olvida el primero de los vaivenes que nos trae el recuerdo. Me gusta el vuelo de los pájaros, en la sombras o a la luz de una luna llena. Cosas jamás extintas en las almas añejas…

jueves, 8 de junio de 2017

¡Cuidado con Lesá!


No sé si se agiganta la memoria con el paso del tiempo, o si en verdad este recuerdo de la niñez generó en mí, algo imborrable. Como sea, por acá ando, ya no niña, reviviendo instantes para exorcizarlos o algo así.
Me apego a las imágenes de unas calles de tierra, un puñado de casas y el potrero donde jugaban al fútbol los pibes del barrio, entre ellos, mis hermanos. Los arcos delimitados por piedras, tierra suelta , ansias de ganar, la rabona, la pared entre el Negro y Juan, era lo que se necesitaba para ser feliz por un rato.
Justo al lado del potrero, había una casa tipo rancho, donde vivía  el abuelo italiano de Fernandito. Solía sentarse a ver los partidos en su mecedora y aunque lo saludábamos, él jamás nos devolvía el saludo. Debo decir en honor a la verdad que  le teníamos miedo por la cara que nos ponía al vernos: ojos entornados, rictus amargo, bigotes duros y manos crispadas.  Le decían Lesá, con el tiempo supimos que se llamaba Alessandro. Era un hombre de pocas palabras y aunque no sabía leer ni escribir , se las ingenió para la supervivencia en un país lejano , “troppo  lontano, demasiado , como para pensar en volver a la “isola”, como le decía él a Ischia, su lugar de nacimiento. Tenía el hábito de  masticar una pipa, digo masticar porque aunque lo espiábamos nunca vimos salir humo ni de su boca ni de la pipa.
Esa tarde de junio que fue memorable para todos los que ahí estábamos, había partido . El Juanchi  ( el dueño de la pelota de tiento) llegó con la redonda abajo del brazo. Después llegaron otros y empezó el juego de la pisada entre el Juanchi y el Colo, adelantando un paso cada uno, enfrentados ellos, hasta que el Juanchi pisó al Colo y entonces tuvo prioridad para armar el equipo y como era de esperar eligió al Chueco para que jugase de su lado, era el mejor,  y así, uno por uno, iban eligiendo hasta que llegó el gran problema: nadie quería ir a atajar y Juanchi dijo. “ Fernandito andá al arco” y ahí  se armó la gresca porque Fernandito no quería ir y no sé bien cómo fue porque yo estaba entretenida  vistiendo a mis muñecas porristas, hacía mucho frío y las estaba abrigando con  bufandas y polleras largas, pero sí alcancé a ver a Fernandito que se fue llorando para la casa de su abuelo Lesá.
 Y todo hubiese terminado ahí, pero en un momento del partido, la pelota picó mal y fue a parar a los pies de Lesá y lo vimos sacar una navaja de su bolsillo y herir de muerte a la redonda. Cuando estuvo desinflada la colocó debajo de sus pies, ante la mirada incrédula de todos nosotros.
No me acuerdo otros detalles, pero si sé que a partir de ese día, Fernandito nunca más fue al arco y aunque no era bueno en ningún puesto, todos hacían la vista gorda ante su torpeza, incluso mis muñecas que lo saludaban con nuevas coreografías al entrar a la cancha.


miércoles, 31 de mayo de 2017

Nana blanca


Con ruido
de poesía
recogí
los restos
del alma
confiada
en deshacer
la oscuridad
con la mirada
de mi niño
que no dejaba
de pestañear
sobre mis lágrimas.
Y ellas exhaustas
se aparearon
con el silencio
que flotaba
y supe que la luz
era una tibia caricia
como una nana
que sublimaba
las gotas
hasta endulzarlas.

sábado, 27 de mayo de 2017

El día de las mariposas


Una vez le pregunté a mi prima, si recordaba ese domingo de primavera en que nos llevaron a la cancha de fútbol del Club Movediza, para asistir a un partido de las inferiores. Ella me miró asombrada porque no tengo mucha memoria de la niñez. Pero claro, hay momentos que son inolvidables, y ese había sido uno.  Me pidió que se lo relatase y mientras tomábamos unos mates amargos, acudí a los recuerdos.
Nos habían preparado para ir a la cancha  como  si fuésemos dos flores : vestidos color rosa con el canesú nido de abeja, medias can can blancas y zapatitos Guillermina, así se llamaban, de cuero negro con un botón forrado al costado. El cabello recogido con lazos de colores y  carteritas de plástico calada donde poníamos los caramelos y muñecas para jugar.
Estábamos acostumbradas a ubicar nuestras muñecas porristas sobre la línea lateral izquierda de la cancha, marcada con cal, antes del inicio del partido.
Nos estaba vedado jugar al fútbol, no era un juego para nenas, decía la sociedad en esa época. Nosotras nos hubiésemos conformado con llevar el agua para refrescar a los jugadores durante los quince minutos del entretiempo.  Pero, estaban el colorado Luis y el chueco Silvestre, con las cantimploras llenas y ellos eran los aguateros del equipo.
Mis hermanos estaban muy entusiasmados porque estrenaban camiseta, una roja con una banda cruzada  de color amarillo  y aunque eran hinchas de los gauchos de Boedo, la llevaban con dignidad barrial. Los pantalones blancos les quedaban grandes, pero, mi madre a último momento les puso un elástico doble para evitar que se les cayesen mientras jugaban, porque hubiese sido un gran papelón.
El partido se puso difícil en el minuto cuarenta porque en un choque de cabezas, buscando el gol, quedaron tendidos en el suelo el Rulo Sanchez y Hernán Boloroco. Justo los dos mejores delanteros del Club Movediza, y ahí fue cuando el técnico miró al colorado y al chueco (los aguateros) y pidió el cambio . Los pibes saltaron de alegría cuando les arrojaron las camisetas y quedaron las botellas de agua , abandonadas, sin dueños. Y juro que sentí que esos envases de vidrio de formas caprichosas, me miraron: primero a mí y después a mi prima.  Así que guardamos las muñecas porristas en las carteras y nos hicimos cargo del agua. Cuando llegó el entretiempo corrimos al centro de la cancha con las botellas aferradas al pecho.  Y en la carrera, los moños del pelo,  por obra del viento ,se desprendieron de los cabellos y en movimiento ondulatorio, ascendieron, hasta caer sobre las primeras flores de primavera. Y alguien sacó la foto, y asi fue como en el periódico del lunes aparecimos  fotografiadas con el título: el día de las mariposas. Claro que me gustó verme, pero también aprendí que las mariposas tienen poca vida porque al domingo siguiente el chueco y el colorado llevaron reemplazos, por las dudas, y nosotras no volvimos a pisar la cancha .
El mundo del fútbol siempre nos sorprende, y todo muta, y progresa , y aunque he perdido los moños de colores hace mucho,  jamás perdí el apasionamiento que genera el fútbol y mucho menos las esperanzas de ver a mis nietas jugando algún mundial ,mientras me tomo unos mates, ya no amargos…


domingo, 21 de mayo de 2017

Romance con los ganadores


A veces me he sentido salmón en ruta del desove, remontando el río de dificultades, saltando obstáculos a diestra y siniestra, sin olvidar que  hay un paraje final que a todos iguala y del que nadie se salva.  Y esto de aprender a conocer el mundo, las almas y los corazones, es ardua tarea cuyo fondo blanco suele ser turbio.
Solemos vivir romances con aquellas cosas que nos gustan, nos emocionan, nos desvelan: la música, los deportes, un pasatiempo y enésimos etcétera.
A muy corta edad, no tendría más de siete años, fui  testigo de un romance entre la redonda y dos divisiones de clubes de barrio. Justamente del barrio de mi casa, aledaño a la estación de ferrocarril, allí donde todo se mide con el pitido del tren.
Yo era la única niña de la cuadra, y como si eso fuese poco, había dos canchitas de futbol en la misma manzana, razón por la cual no tenía con quien jugar y mis muñecas no tuvieron más remedio que convertirse en porristas de fútbol para amenizar los minutos previos a los partidos.
” Los pibes de la estación “y “Los primos del Rulo” estaban últimos en la tabla.  Ya desde muy niña me gustaba  alentar a los rezagados, será por eso de que la victoria es siempre un espejismo que  poco refleja.
En el barrio existen otras reglas y fue entonces que  el Club de la estación organizó una final  entre los cuatros últimos de la tabla. Y mis dos equipos elegidos, después de disputar partido revancha con “Los panaderos “ y “Los olboys “ quedaron como finalistas. El premio a disputar era un cajón de gaseosas, las de botellas pequeñitas, esas que guardan la magia de las burbujas dulces en su pequeñez.  
Las madres de los jugadores llevarían tortas para engordar el premio y por supuesto, mis siete muñecas porristas, estaban convocadas.
Ese domingo memorable, el de la final, la madre del Rulo apareció con dos tortas gigantes: una era rectangular simulando la cancha de fútbol con los jugadores y la otra era una pelota toda de chocolate. Nos enamoramos a primera vista de la redonda, tan brillante, tan apetecible, tan perfecta, tan tentadora. Hubiese pellizcado el balón para probarlo, pero no lo hice porque las muñecas hubiesen querido también y yo nunca fui egoísta y la torta hubiese perdido encanto. El partido fue muy aburrido y la definición por penales le dio la victoria a “Los pibes de la estación”, que dieron la vuelta a la cancha con la pelota de chocolate ante la vista de todos.
Nosotros tuvimos la  ilusión de que nos convidarían aunque sea un confite, pero se llevaron la pelota al vestuario. “Los primos del Rulo” en cambio, compartieron la cancha gigante recubierta de dulce de leche y grana verde y alcanzó para un pedacito para cada uno. Pero la verdad es que mis muñecas y yo no dejamos de pensar en lo rica que debía de haber estado la pelota de chocolate. Y la imaginé derritiéndose dentro de mi boca y chorreando entre mis labios hasta saciarme ; fue en ese instante cuando vimos brillar la bandeja de la pelota de chocolate, en manos del capitán del equipo ganador, y como si eso fuese poco  venia hacia donde nosotros estábamos ubicados. La decepción sobrevino cuando depositó a nuestros pies la bandeja con restos de chocolate manoseado y confites mordidos. La madre del Rulo vio todo a distancia, hasta que se aproximó y nos dijo que estábamos invitados todos para el próximo domingo y que traería una pelota de chocolate para compartir. Y como si todo eso fuese poco, sacó de adentro del baúl de su auto dos tortas con merengue. Una la cortó para convidar y la otra la colocó en la bandeja de los restos de la pelota de chocolate, previo a limpiarla con un repasador cuadrillé. Y lo llamó al capitán, al Rulo y le dijo que se la llevase al equipo ganador. El Rulo, su hijo, se aproximó al grupo de “Los pibes de la estación” y les dijo que era para festejar. Y yo y mis muñecas y los demás nos quedamos sin palabras, hasta que me animé y le pregunté a la madre del Rulo porqué le había dado la bandeja con una torta tan rica si a nosotros nos habían querido convidar las sobras, y ella con ternura, acarició mi mejilla para decirme al oído: “ cada uno da aquello que tiene en su corazón”. Y fue entonces que mis muñecas y yo nos hicimos hinchas del equipo del Rulo, porque después de todo aunque "Los pibes de la esación" se creyeron ganadores, yo vi al equipo del Rulo  ganar por goleada…




lunes, 15 de mayo de 2017

La magia de los supuestos



Escuché el sonido de vidrios rotos y miré para todos lados buscando un indicio, algo. Una pelota de fútbol detenida al lado de la planta de jazmín, en el patio de mi casa, me hizo suponer que ella había sido la causante. En el potrero de al lado estaban los pibes del barrio jugando al fútbol y con espanto, recordé que si mi abuelo Domenico descubría la rotura de algún vidrio, la pelota sería acuchillada.  Así, literalmente: acuchillada. Siempre comentaba que los chicos jugando le estropeaban los plantines con la pelota o le rompían algo y juro que en una ocasión lo vi darle puntazos al balón con el cuchillo de hacer surcos en la tierra. Lo que mi abuelo no sabía era que los pibes habían juntado hasta el último pesito para poder comprar la pelota, y él,  así sin aviso, la había herido de muerte hasta dejarla sin aire.
Yo no me animé a contarle a nadie que los restos de la  pobre pelota habían sido enterrados junto a los plantines de morrones. Bueno, alguna vez pensé que el morrón rojo que crecía a destiempo, el más grande de todos, era el corazón de la redonda. De alguna manera las pasiones brotan de bajo tierra.
 Me había jurado a mi misma que no permitiría que sucediese una próxima vez. Y ahora, ahí tenía a la pelota en terreno peligroso y a mi abuelo rondando por la huerta. Como si todo eso fuese poco, al ir por el caminito de piedras blancas en busca del balón, vi el vidrio del ventiluz del galpón hecho pedazos en el suelo. Sin dudas la pelota era la culpable, esto de salvarla me exponía al enfado de mi abuelo y la consiguiente penitencia, que para una niña de diez años era no salir a la vereda a jugar a las payanas. Y yo amaba jugar a las payanas, por eso de equilibrar las piedras en la palma extendida de la mano y lanzarlas hacia el cielo para recibirlas.
Pero no me quedaba más remedio que exponerme. Barajé varias ideas, la primera fue devolver la pelota a la canchita de al lado, pero cuando la tomé con las manos para pasarla por arriba de la pared, supe que ese muro era demasiado alto y que jamás lo lograría. La escalera que mi abuelo usaba para podar los arbustos era una buena solución, claro que justo en el momento en que iba por ella, lo vi a él con la tijera de podar en el último peldaño. Y entonces, como esas cosas impensadas, me puse en el esquinero del patio con la pelota al pie, y medí mis pasos, una buena carrera  y de puntín la pasaría para el otro lado. Así lo hice y respiré aliviada cuando vi la pelota por el aire pasar por arriba de la pared. Salté de alegría , pero todo se detuvo al momento de darme cuenta que le impuse tanta fuerza al golpe que había roto la puntera de mi zapatilla izquierda. No sabía que era zurda para patear y eso me sustrajo de la preocupación, sobre todo que dicen que somos menos los que saben pegarle con la izquierda y me sentí feliz. Estaba en ese pensamiento cuando vi a mi abuelo venir hacia mí. Miré el ventiluz roto y traté de distraer la atención subiéndome al viejo monopatín oxidado.  Domenico pasó de largo y nada preguntó. Respiré aliviada. 
En eso veo entrar a mi hermano con cara de descompuesto, y pálido me preguntó si había visto la pelota nueva que le había comprado nuestro padre. Y todo pareció girar en torno a mí, y perdí el equilibrio para caer  justo encima de los morrones. Y reparé que ya no estaba el más rojo de todos, el corazón de la pelota, y supuse que se había mudado a un mejor lugar: al potrero de al lado. 
Con cara de yo no fui, alcancé a responderle a mi hermano, desde la tierra mojada: yo juego con las payanas. Eso hubiera sido todo, pero además esa tarde vi cuando mi abuelo colocó el vidrio nuevo del ventiluz. Y pregunté con cara inocente qué habia pasado y me dijo que la punta de la escalera de podar se había incrustado sobre el vidrio al momento de apoyarla, ocasionando la rotura.
 Y me  empecé a reír sin poder parar, hasta que ya más calmada acomodé las payanas en mis manos y las lancé al aire como si fuesen piezas mágicas, después de todo también la vida y la pelota de fútbol suelen jugar a la magia de los supuestos...







domingo, 14 de mayo de 2017

Frágiles hojas



Tantas danzas
tantas palabras
tantas gracias
tantos laberintos
tantas piedras
Y solo somos
frágiles hojas
en la fortaleza
de un hoy
que ya muere...