miércoles, 19 de abril de 2017

La taba empalagosa


Esto de mirar de lejos es una vieja costumbre que se entrecruza con la niñez. Pero mirar de lejos, es una compleja manera de decir, cuando de fútbol se trata. Será porque hay riquezas del espíritu que se miden con la vara de las pasiones colectivas y lejos de abochornar mis días, los campeonatos mundiales de futbol, me arrastran a desarrollar conocimientos, relaciones impensadas, conductas alocadas y hasta gustos jamás probados. Por eso cada cuatro años me transformo, y todo redunda por un mes, en mutar. Y mutan los horarios de almuerzo o cena, los menúes, las vestimentas, las conductas y la casa se convierte en un indomable potro al que todos acariciamos. Como un recién nacido que nos lleva por el camino de los sueños e ilusiones y en donde todos ponemos un poco de laureles, frustraciones , memoria y favoritismo.
Aquella tarde que recuerdo, era la final de la Copa del Mundo, en el Estadio Azteca de México y jugábamos frente a Alemania. Me levanté más temprano que de costumbre, tenía que hacer las rosquitas fritas empapadas en almíbar, recubiertas con confites, para la hora del partido. Era la cábala, una suerte de taba empalagosa que nos daba fe. Porque hay que tenerle fe al equipo que juega, pero también acompañarlo de algún misterioso modo.
Teníamos al mejor de todos los tiempos, nuestro Diego, pero él debía hacer la diferencia, ya que los alemanes siempre nos habían ganado o empatado. Solo los grandes construyen confianza, y confiábamos en él.
Llegó la hora del encuentro. El mate circuló de mano en mano y los nervios también. Éramos más de veinte, reunidos frente al televisor, por lo que fue necesario armar la platea sentándonos en el piso. Y como esas cosas que suceden por obra y gracia de la pasión, de repente me encontré haciéndole cuernitos con los dedos a los tiros libres de los teutones y diciendo cosas irreproducibles con tal de frenar el avance del rival. E impuse, ante el peligro en el área chica, el doble cuernito, gesto que hacíamos cada vez más cerca de la pantalla de Tv. Como si nos hubiésemos trasladado al estadio mexicano estábamos unidos por el aire de la victoria y me di cuenta de que el corazón futbolero vuela y es un pájaro capaz de hacer periplos en bandada.
Al minuto veintitrés llegó el gol del Tata Brown , y recordé un dicho de mi abuela que decía: no es necesario brillar a cada rato, solo cuando es necesario. Y el Tata brilló en el momento justo, porque ese fue el único gol que hizo con la Selección Nacional. El gol del respiro, el inolvidable, el que se lleva todo el aire de los pulmones y los nervios acumulados. Luego, llegó el descanso,los quince minutos de espera, nos encontró alegres y confiados.
En el segundo tiempo vino el gol de Valdano, eso fue una cuota extra de confianza. Y circuló el mate y ya nadie comía rosquitas fritas, pero por esas cosas que solo tiene el fútbol,donde todo puede pasar , en siete minutos nos metieron dos goles los rivales, y el aire y la ciudad se quedaron estáticos ante el repentino empate.
Solo quedaba una rosca empalagosa confitada, y faltaban once minutos para que terminase el partido, y no queríamos ir al alargue ni a los penales, así que como esas simples cosas de las cábalas, revoleé la rosca al aire , ante la mirada de todos y dije: “ si cae confite arriba es suerte” y sentí que ayudaría a escribir un puntito en la historia del fútbol argentino. Porque de eso se tratan las pasiones, de creerse que uno empuja el destino victorioso con una rosca llena de almíbar. Y así fue, porque al minuto ochenta nuestro Diego le hizo un pase extraordinario a Burruchaga y convirtió. Y todo fue un solo grito, largo como la esperanza y permanente como las convicciones.
Y festejamos hasta el día de hoy , en cada recuerdo, hasta la próxima cábala que funcione como pieza de ajedrez de un jaque mate colectivo.

martes, 18 de abril de 2017

Promesas de soñadores



Prometeremos
inmensidades
que nos abarquen
desde el fondo
del latido
hasta la esencialidad
más humilde.
Y seremos noche
Y seremos día
con astros jamás vistos
y silencios
sin las bocas
entre vientos
compartidos.
Prometeremos
mundos justos
que nacen
de la bruma
Y se tornan
lluvia
en días
que nos halagan
con sus labios
recién nacidos.


viernes, 14 de abril de 2017

Más allá


Más allá
de todos los saberes
las albas
la ceguera
Y las cavernas
está el latido
haciendo luz
en la esperanza
de un día
como todos
en donde el sol
es un espejo
que se nutre
de aquello
que hacemos
en la brevedad
de un sentimiento.

domingo, 9 de abril de 2017

Licuando el tiempo











Es un diálogo interesante entre el pasado y el presente, pensé, al momento de  mirar el relieve realizado en mármol del  “
Museo Nacional de Arqueología de Atenasque muestra a un atleta griego haciendo juegos con una pelota, alzando el muslo. Al lado  hay un niño como asistente, aprendiz o no sé qué cosa, observando. Esa imagen me habla de la Grecia antigua, allá por los tiempos en que  los griegos seguramente jugaban una forma de fútbol, ya que el juego era popular en las calles de Roma. Y dicen que la pelota de ese atleta era inflada. Como si fuese hoy mismo, mostrando  la imagen de un jugador de fútbol y su hijo, o el más grande de todos los tiempos haciendo que lo imposible fuese posible ante la mirada absorta de cualquier niño que con él se cruzase. Y reparé nuevamente en el grabado de hace milenios en donde el atleta aparece desnudo y concentrado. Y pensé en alguno de los nuestros, más precisamente en el que más emociones me generó. Y claro que recordé el cabello enrulado de Diego, y su baja altura, y sus piernas robustas, y la zurda y el tobillo inflamado, y la quebradura  y el corazón chorreando lucha por la camiseta y los goles inexplicables. Y me dije: es posible en cualquier tiempo asistir a los dioses cuando se es un fenómeno en cualquier área. Y en ese maremágnum de recuerdos, deduje que el mejor de todos los tiempos, también jugaba desnudo, así, sin máscaras ni atuendo que lo limitase.
Luego me puse a indagar acerca de la antigüedad y sus pasiones y hallé a Nike la diosa alada que porta laureles en su testa, cuyo nombre significa Victoria y  que presidía las competiciones atléticas apareciendo  su imagen muchas veces  en manos de algún dios superior como Zeus. Y claro que tuve el impulso de asociar ideas para comprender pasiones. Y nada es casualidad, ni siquiera los sponsors  o la ropa deportiva.
Y volví a observar  el generoso relieve que aún permanece vivo y el pensamiento me llevó hacia  los dioses olímpicos y recordé “la mano de Dios” que le hizo el gol a los ingleses y sonreí por los apodos que supimos concebir:  El 10 ,,Barrilete Cósmico, Pibe de Oro,  El D10S  y como por arte de magia supe que el tiempo se licuó.  Y tanto en la antigüedad, como en este tiempo o cualquier remoto tiempo, fue, es y será posible, de tanto en vez, bajar algún dios menor a Tierra para jugar al juego de las pasiones y sufrir, amar y enojarnos hasta lanzar lágrimas compartidas cuando  los laureles cantan victoria o cuando nos dan la espalda.






sábado, 8 de abril de 2017

Un hombre de tierra eterna


La memoria de las cosas tiene música, me dijo él aquel día jueves mientras mirábamos los signos del atardecer. Recuerdo ese día por la catarata de silencios que disfrutamos a la vera del río Sena, clima conjugado por nuestras almas sólo interrumpidas por el canto variado del estornino pinto. Denis me habló del talento de esas singulares aves, capaces de imitar los sonidos del entorno; también me relató que William Shakespeare los mencionaba a menudo en poemas y obras de teatro. Yo había oído que esos bicharracos habían causado accidentes aéreos, que parecían malos y eran magros, que sus plumas no eran vistosas: pero nada de esto dije. Estábamos en un inolvidable instante romántico a orillas del Sena, alejados de la realidad y cercanos a las aguas de nuestros sueños. No hubiese sido justo quebrar la belleza con comentarios de tamaña crudeza. Estaba a miles de kilómetros de los amores dejados en Buenos Aires y aún disimulando el dolor del exilio con cara de As de copas, simulando (con dudoso disimulo) que era una turista más, una mujer entre tantas otras; sin embargo, al retornar a la mugrosa pensión donde vivía, no me esperaría mi madre con un tazón de sopa caliente ni estarían mis hermanos con el periódico en la mano para aprender a leer entre líneas. Nada de eso sucedería, pero él lo ignoraba.
En ese tiempo de oscura soledad, yo pensaba que nadie en este mundo se serviría del silencio para jugar con las volutas de humo del cigarrillo enredándose en mi cabello, o que en verdad serían excepcionales seres los que verían el embarazo de las luciérnagas en las noches en que las miradas entre dos almas se encienden. Denis era de esa clase de hombre, por esa razón fue mi par: en definitiva, mi salvación.
Nos habíamos conocido al cruzarnos en el tren que une Marsella con París, Marseille como solía decir él, a media voz. Fue mi manía de contar los asientos como si fuesen casilleros de vida o muerte lo que causó que fuese a parar a su lado. Pares es vida, impares muerte; él estaba sentado en el asiento número 13, despatarrado, con la mirada ausente y apoyando su cara angulosa contra la ventanilla. La muerte le rondaba, y yo, apegada a mis prejuicios, no quise que muriese; no sería ése el día de su muerte.
Me detuve en el pasillo, a un metro de su asiento, con la torpeza pegada a mi pequeña valija. No sé bien cuál fue el giro que realicé, o si mi pie izquierdo no quiso responderle a mi mente, pero terminé sentada sobre sus rodillas. Me miró y nació un gesto en sus labios un tanto divertido. Yo no podía decirle que iba a salvarle la vida. Le sonreí perturbada, me senté en el asiento contiguo y coloqué sobre mi falda la maleta. Colgaba de la manija de ella una tarjeta con mi nombre. La tapé con las manos, cruzándolas sobre el cartón rectangular escrito, para que él adivinase mi nombre o me preguntase cómo me llamaba. Fue en vano. El hombre sacó de su valija un libro, y con el impulso se deslizó un cuaderno que en su tapa decía Rayuela, lo hojeó y alcancé a ver el dibujo del juego de rayuela y la palabra maga escrita en letra mayúscula. Lo guardó y abrió el libro donde indicaba un bonito señalador, se concentró en la lectura. Las manos huesudas pasaban las páginas, y yo, aferrada a su vida, conté hasta veintidós. Veintidós páginas eran suficientes para hacer una pausa. ¿O es que los hombres no sueñan? No se puede soñar y a la vez concentrarse en la lectura. Cada actividad es descanso de otras, decía José Ingenieros —me dirá él un tiempo después—. Ese día, yo oficiaría de descanso de lectura al romper el hielo con una pregunta cuasi macabra. ¿A quién se le podría ocurrir hablar de la muerte en un viaje tan vivo? Le pregunté si alguna vez había sido pasajero de un tren que hubiese sufrido un descarrilamiento. Recuerdo su cara de sorpresa y la respuesta: “La muerte se paga, viviendo” como dijo el maestro Ungaretti.
Yo estaba ávida de vida, pero la muerte me cortejaba. Estaba ahí, en París: a kilómetros oscuridad de mi propia luz. Así se siente cuando el alma se quiebra a diario. Cuando la soledad es el único resguardo en donde masticar el desamparo. Nada de eso le dije. En esa oportunidad no hablé de mi muerte. En esa oportunidad yo lo estaba salvando y él no lo sabía. Lo salvé por eso de que a pares se vive y a impares se muere. Sólo por eso.
El viaje se tornó interesante. Hablamos de música, coincidimos en que nada era más sublime que escuchar los preludios de Bach, le relaté con emoción que el preludio número uno me transportaba hacia mundos puros donde el cielo es celeste, allí donde los bichos malos o los cuervos no existen. Me miró sorprendido, me preguntó si había leído a Poe, negué varias veces con mi cabeza para luego recitarle unos versos impresos sobre un cartel en la puerta de entrada de la pensión. Si mal no recuerdo decían:
“Y mi alma, de la sombra que yace flotando
en el suelo no se levantará...
¡Nunca más!”
Después de recitar esos simples versos, creí haber visto una lágrima caer, no pude precisar si una lágrima mía o una de él, no reviste mayor importancia: las lágrimas tienen la característica de ser personales y universales. Es un derecho el llanto, dijo Denis, aunque a veces el corazón decide no llorar y se empobrece de silencio. Los que están lejos del terruño y no lloran son pobres, los que pierden los sueños y no lloran, también.
La lágrima sin dueño cayó en mi mejilla izquierda; y a ésa, otras más le sucedieron. Denis, con la vista nublada, sacó un pañuelo de seda del bolsillo del pantalón para secar mi llanto. Fue un instante mágico: no hay pañuelos que sequen los recuerdos, pero hay pañuelos que alivian.
Creo que esto de ser sensible, torpe y acaso intuitiva, le ocasionó cierto interés.
A punto de llegar a destino me regaló su pañuelo de seda, dejando sus lágrimas de tinta como huellas en la tela.
Me sentí reconfortada, yo sólo era una mujer en el exilio y él, mi querido Denis, un hombre de tierra eterna.
Julio Denis: seudónimo que utilizó Julio Cortázar.
Del libro "El infinito en una lágrima" - Edic. Tahiel 2015

domingo, 2 de abril de 2017

Viaje


Iba caminando por la vereda del otoño, a sabiendas de que hay un paso perenne y otro que muere. Y pensé en esto de viajar hacia lo más profundo de uno mismo, y pasar por los lugares comunes y los sentimientos y las creencias y los sueños y las rutas sin atajos y el hambre de preguntas que jamás se mitiga aún en tiempos de ocasionales respuestas. Entonces uno camina de ida y vuelta por el callejón de los recuerdos, y se cruza con anchas avenidas de instantes llenos, de vida y más vida en los pensamientos. Y como cualquier viaje que llenamos de expectativas, se parece a la existencia: todos tenemos un boleto, un pasaje de ida y estaciones repletas. Y he allí el misterio de los días soleados, los sombríos, los de lluvia y hasta los gélidos. Luego, sueño como sueñan los vivos: caminando sin tiempo.

viernes, 31 de marzo de 2017

El viejecito azulgrana



Si me preguntaran  algo sobre el equipo de fútbol de Boedo, San Lorenzo de Almagro, en la década del sesenta, asociaría los recuerdos de  mi niñez, con la pasión de mi viejo por su club  y la presencia de un antiguo cuadro de no más de veinte centímetros por veinticinco, que mostraba a un anciano de cabellera blanca con una bata rayada de colores rojo y azul, hasta  los tobillos. Estaba colgado sobre la pared donde mi padre tenía un antiguo aparato transmisor ya que su pasatiempo favorito, era ser radioaficionado. Y las pasiones siempre tienen un lugar en la casa.
Y juro que creí que ese cuadro era mágico; por un lado porque la fisonomía del hombrecito era similar a la de Papá Noel ,pero sin el gorro rojo, y por otra parte  porque cuando San Lorenzo goleaba a su adversario, mi papá nos compraba merengues de crema chantilly para festejar. Claro que la magia y los regalos se acababan cuando “ El ciclón” perdía y entonces mi viejo daba vuelta el cuadro, como dándole la espalda hasta el próximo partido. Él decía que era una cábala.  Yo no sabía muy bien de qué cosa se trataba hacer esos sortilegios, pero al domingo siguiente el equipo vencía o empataba. Hasta que volvíamos a perder y entonces era seña de que se había acabado el hechizo. Muchas veces me subí a una silla a escondidas para darle un beso al viejecito del cuadro, no me gustaba que estuviese en penitencia y era mi forma de acompañarlo. Alguna vez percibí que tenía intenciones de hablarme, no entiendo mucho de ensoñaciones, pero creo que fue él quien me enseñó algunas cosas interesantes. Así fue como aprendí a pronunciar Scotta en vez de bizcochos, Albrecht y Telch antes que los nombres de las calles que circundaban mi casa y supe discutirle a quien se me cruzase que el lobo de Caperucita se apellidaba Fischer. También aprendí  que había un jugador de apellido Sanfilippo al que le decían “el Nene”  y que llegó a ser el máximo goleador del equipo que mi papá amaba. Siempre fue mi duda cómo un nene jugaba con los grandes y mi viejo se reía a carcajadas en vez de explicarme.
Con el tiempo me enteré  acerca de las distintas formas en que habían apodado a San Lorenzo: “El Ciclón”  “Los cuervos” “Los Gauchos de Boedo”,  “ Los Santos”, “Azulgranas”,  “Carasucias” y otros. Pero el que más me gustó fue el de “Los cuervos” porque  aunque el apodo era por el cura salesiano Lorenzo Massa, yo imaginaba que los pájaros negros que sobrevolaban mi casa, los domingos,  tenían sus nidos en la cancha y que el aletear en bandada era el saludo al viejito del cuadro.

Aún conservo esa caricatura en forma de retrato, y aunque ya no soy niña, creo que la pasión por san Lorenzo está ahí, intacta. Como esas cosas que no hacen falta explicar porque vibran con solo contarlas.