domingo, 12 de noviembre de 2017

Cautivos de un día


¡Ay de las palabras
en su dicotomía
de cielos azules
y nubes espinas!
¡Ay de la Poesía
que abraza
la vida
a sabiendas
de estar encadenada
a la muerte misma!
¡Ay del corazón
de ojos abiertos
en el desafío
de espejar
el mundo
con un latido!
Y sin embargo,
Yacemos aquí
cautivos de un día
en la nebulosa
de renacer
con un poco de tinta.

martes, 7 de noviembre de 2017

Salpicado/ sal…picado ( Aventuras de Marianita Pierluggi)


Me gustan los días de lluvia, guardan en sí mismos un trozo de la niñez. Eso de chapotear en los charcos o navegar en barquitos de papel, es algo que todos alguna vez hicimos. En algún punto, la lluvia une, como lo hace el aire o el fútbol. Y me dirán que son cosas distintas, que se juega a la pelota para ganar  y  que hay rivalidades que van más allá de una época, en cambio no se recuerda campeonatos de chapoteadores en el barro o regatas sobre el agua de lluvia que corre por el cordón de la calle. Y claro, el “fobal” como decía mi abuelo Domenico, es otra cosa. Pero me da por pensar que de un modo u otro, chapoteamos en la esperanza de ser campeones de algo y que siempre salpicamos a otros, como en el charco de la niñez, igual…
A veces, tengo la impresión de haber sido una niña con demasiadas cosas vedadas. Mi generación necesitó íconos libertarios, como un modo de alzar la voz, para ser escuchada. Y es por eso que ninguna de las palabras que rodearon al fútbol, nombró a una mujer como referente de algo y aunque existieron, no se hacían crónicas sobre sus actuaciones. De todas maneras, hablar en primera persona es algo que me hace feliz porque es una forma de revivir hechos que atañe a mi niñez, o no…
La anécdota goza de fallas, esas que  a la pluma se le antoja, como una forma de libertad del corazón.
Aquella tarde de primavera que mi mente recuerda, se veía venir un tormentón, el cielo se puso oscuro y todos en el pueblo hablaban de ciclones y posible granizo y esas cosas, pero al fútbol nada lo para y ese día era importante para el Pelusa, el amigo de mi hermano mayor, porque lo iban a probar del Club Defensores para ingresar en las inferiores.  Y claro, Pelusa había esperado ese día con tanto entusiasmo que no le íbamos a fallar, así cayesen sapos de punta. El encuentro era a las tres de la tarde y aunque era un amistoso, se tenía que lucir.
Yo preparé mis mejores muñecas: la enfermera, la abogada, la malabarista y la número “diez” ,para amenizar el entretiempo y darle animo a Pelusa en caso de ser necesario.
El técnico de Defensores llegó a eso de las dos y media y desde ese instante, Pelusa, comenzó a transpirar la camiseta. Tanto fue el sudor en sus corridas para calentar, que todos decían que había comenzado a llover de aquel lado de la cancha. Yo por las dudas, abrí mi paraguas rojo y me puse la capa haciendo juego. Coloqué las muñecas bajo el paraguas y esperé como todos el silbato de inicio. Pelusa se puso al lado mío hasta que el técnico le diese la orden de entrar.  A los quinces minutos del primer tiempo comenzó a llover. Una lluvia persistente y mansa que empapaba, no me quedó más remedio que ponerme la capucha de mi capa y ofrecerle refugio a Pelusa con el paraguas, compartido con las muñecas. Pasados los cuarenta y cinco minutos reglamentarios, la cancha era un barrial. Los pozos se habían llenado de agua formando unos copiosos charcos y el árbitro puso cara de “acá termina el partido”.
Pelusa se largó a llorar, había esperado como dos semanas para saber si jugaría en las inferiores. Creo que era la sexta o algo así. Todos decían que los “varones” no lloran, las nenas lloran, pero Pelusa no podía parar de hacerlo y no me quedó más remedio que poner a bailar a mis muñecas porristas adentro de un charco, y tanto fue el ímpetu, que salpicaban con barro a quienes se acercasen y ahí fue que apareció el técnico para consolar a Pelusa, y la abogada, mi muñeca obvio, se lanzó con fuerza al charco justo cuando el técnico se agachó y una pompa de agua sucia fue a parar sobre el ojo izquierdo. Los hombres no lloran, le dije, mientras Pelusa tenía un ataque de risa porque el hombre parecía el pirata Morgan.
Las lluvias de primavera son mágicas, ya con el partido suspendido, salió el sol que se espejaba cobrizo sobre los charcos de agua sucia.  Pelusa convenció a los pibes y me dejaron jugar un picadito singular: había que romper el sol adentro del charco.

Algo es algo, sobre todo en tiempos vedados…

jueves, 26 de octubre de 2017

Cincel de agua



Vivía
el cincel
de la Poesía
entre cielos
y voces
no escuchadas.
Me interné
en ese mundo
de latidos
a la vera
de un río
de esperanza.
Y encontré
forjadores
en su tinta
esos que sueñan
que el verso
es un milagro,
Y de  los otros
proveedores
del desierto
como magos
de la sangre
en un abrazo.
Y no soy quien fui
después de verlos:
las almas
una a una
se develan
cuando enjugan
con sus alas

otros llantos.

sábado, 21 de octubre de 2017

¡Migueeeeel volvé!


¡Migueeeeel volvé!
No recuerdo en qué mes fue exactamente, pero me acuerdo de la cancha recién inaugurada, y del corazón alegre por el primero de los encuentros del campeonato barrial “La fraternidad”, entre “Los pibes azulgrana” y “Los boquenses de la estación”. Se disputó a las tres de la tarde, y el equipo azulgrana ganó por tres goles a cero. Yo estaba feliz porque uno de los goles lo hizo mi hermano mayor ,y además porque sabía que los festejos con los buñuelos de manzana y la torta rellena con dulce de leche, durarían hasta el atardecer. Y eso de estar al aire libre y jugar con las hermanas de los jugadores de los otros equipos, era un buen plan. Pero esa tarde, los padres de los chicos habían decidido jugar un amistoso, después de los partidos programados. Así fue como la cancha se vio rodeada de al menos treinta chicos que hinchaban por un equipo u otro. Ahí comprendí que los “amistosos” de fútbol son tan competitivos como cualquier otro partido del campeonato, el fútbol es jugar para hacer goles y ganar, y aunque yo ya conocía lo que significaba hacer un caño o una pared , esperaba los goles, y si alguno lo hacía mi papá, mucho mejor.
Martita y yo nos sentamos al costado de la cancha, en el césped, junto a mis muñecas porristas y las de ella, que si bien eran invitadas, aprendieron la coreografía muy rápido y ni siquiera se notó que eran amateurs. Las mías eran profesionales" porque llevaban más de veinte partidos amenizando los entretiempos, así y todo, yo trataba de que todas las muñecas tuvieran un lindo lugar. Estábamos en esa tarea de ensayar los movimientos de brazos y piernas para el partido de los mayores, cuando se acercó Miguel, el padre del "colorado", con su sonrisa bonachona y sus manos extendidas. Todos lo conocíamos por su buen humor y porque siempre llevaba caramelos a la cancha para compartir : “los media hora” que eran muy duros y duraban como una hora dentro de la boca, y los rellenos con miel, que eran los que más me gustaban. Nos dejó una bolsita con caramelos y nos dijo: “ que les dure todo el partido porque no hay más”. Los contamos y nos repartimos por partes iguales. Estábamos en ese momento dulce , cuando vimos que Giménez, el padre de Estebita, y mi papá, José Pierluggi, comenzaron a elegir los jugadores hasta completar los once de cada equipo. Todos felices y contentos, menos Miguel . Nadie lo había elegido. Se comentaba por lo bajo que era muy “pata dura”, pero le dijeron que en el segundo tiempo entraba a jugar. Así fue como se sentó junto a nosotras esperando el recambio.
El primer tiempo fue muy parejo y terminó cero a cero. Miguel, en el entretiempo, se puso a calentar y corría a la par de los perros del aguatero González, en busca de la pelota.
El árbitro pitó para dar inicio al segundo tiempo, y vaya sorpresa que nos llevamos cuando lo vimos a Miguel, otra vez sentado junto a nosotras. No habría pasado ni cinco minutos cuando se alzó para gritar” ¿Che cuando entro yo?” y tanto mi papá como Giménez, se hicieron los que no escuchaban. Le vimos la cara de fastidio . Nos dio pena, no es justo no cumplir la palabra. A pesar del mal momento, Miguel fue hasta su automóvil, un Valiant III color beige, impecable, y luego de estar unos minutos nos trajo un puñado de caramelos más. Los puso al costado de las muñecas y guiñándonos un ojo, agregó: “ ahora si, no tengo más”. Ese día, su hijo, el “colorado”, no había ido porque seguía en cama a causa del sarampión y tampoco su mamá que se quedó a cuidarlo, quizá por esa razón Martita y yo fuimos las privilegiadas.
Habíamos ya finalizado de comer los caramelos y después de reiteradas veces en que Miguel había pedido entrar a jugar, vimos un revuelo bárbaro y Miguel corriendo al centro de la cancha, y a toda carrera meterse en el Valiant, que aceleró cubriéndonos de polvo y los jugadores corriendo tras el coche gritando: “ Miguelllllllllllll, Miguelllll volvé”, hasta que se perdió tras la polvareda. Y todo fue tristeza y el partido se suspendió hasta nuevo aviso. Miguel se había cansado de esperar el recambio, y todos habían olvidado que era el dueño de la pelota…






miércoles, 18 de octubre de 2017

Noche apagada para las más (caras)



Todas las máscaras
se fertilizan
con el vacío
que dejan
los indiferentes,
mas, no será vana
la hora
del cielo
ni el río
Aqueronte
en su ironía
más sincera
cuando de repente
no exista barquero
que cruce
a las sombras
cuando se apaguen

las estrellas.

viernes, 13 de octubre de 2017

¿Querés un mate?

¿Querés un mate?
Estábamos varias mujeres en el punto de la encrucijada, ese instante que demora el otoño por fuera con un poco de magia y rejuvenecedoras cremas y de pronto surgió el deseo que fue unánime: ¿Y si nos tomamos unos mates? Y el termo y el agua a punto y las palabras risueñas y las manos que saben de caminos de ida y vuelta. Me tocó el segundo y esperé turno, complacida por el momento. Y las palabras se volvieron bombilla, y la yerba mate, un mar verde de amigable cielo. Y todo cambió de aspecto: el rayo de sol que entraba por el ventanal se instaló en el alma de los que sabemos del valor de tomar un mate, en rueda. Un mate amargo, dulce o con edulcorante, con sabor a limón, naranja, o solo yerba, pero más allá de esas diferencias nos hermana, nos abarca y nos contiene, sin más razón que por el hecho de compartir, porque así lo manda la costumbre de ser fraternos: en las buenas, en las malas, en las alegrías, en las tristezas, en el día o en la noche, en el trabajo, en los etcétera. Y me sentí agradecida, porque compartir un mate es una muestra de cariño que forma parte de nuestro acervo cultural, una costumbre antigua y genuina, que no perdimos para el encuentro. Y para cuando quise acordar, estaba en otro punto geográfico, con otras manos extendiendo un mate a micrófono abierto. Cosas simples que nos pertenecen...

lunes, 2 de octubre de 2017

Juanita Correa


No sé por cuál razón, a veces, las palabras son laberintos , pero siempre conducen a algún sitio. Y los sitios tienen la particularidad de ser vistos a la medida de quien los mira.
Un día estando en el mar, siendo yo niña, me puse cerca de la orilla a construir un castillo de arena. Me gustaba la cercanía del agua, igual que ahora, tal vez porque el oleaje cuando se diluye, absorbido por la playa, de algún modo se transforma. Y transformarse no es poca cosa.
Estaba en pleno juego de construcción cuando apareció Juanita Correa: mi vecina de la cuadra. Se acercó curiosa y le presté mi tiempo, le regalé una palita hecha de con una botella plástica , y aunque ella tenía una pala más grande y colorida, se puso muy contenta. Con el tiempo supe que no quería ensuciar la suya con arena mojada. Transcurrió la tarde  entre  pasadizos secretos de arena húmeda, torres con forma de baldecito de algún reinado desconocido, y laberintos hechos con conchillas. El problema surgió cuando la marea comenzó a subir y fue entonces cuando conocí un nuevo laberinto: el de Juanita. Ella  lloraba  sin parar porque el agua se comía de a mordiscos el castillo que había construido, y aunque la animé para hacer otro sobre un médano, se negó.
Cada verano  cuando nos volvíamos a encontrar en la playa , se acercaba a jugar con mi castillo de arena, pero nunca más volvió a hacer uno propio, tenía miedo que una ola se lo rompiese. Por supuesto que nunca lloró por mi castillo, que invariablemente, cada tarde  era desintegrado por completo. Un día le pregunté si no le daba pena que el agua invadiese mi laberinto creado con palitos de helado, y Juanita , riendo, me respondió que mi castillo era demasiado feo como para llorar .Y más allá de que quizá tenía razón, porque la belleza y la fealdad están cargadas de sentires y subjetividades, supe que Juanita me había mostrado una nueva calle de su propio laberinto.  
Antes de que la marea arrasase con mi construcción de arena, miré el laberinto con forma de cerebro que había dentro del castillo. Tenía encrucijadas y cierto grado de complejidad para salir de él, así que le propuse a Juanita  que buscase la salida y como respuesta miró hacia el mar en busca del agua salvadora. Desde que el mundo es mundo, es más fácil romper que construir.
Ahora después de cinco décadas, la volví a ver a Juanita Correa, aferrada a su trabajo de divulgadora , atada a sus castillos caducos , lejos del agua que todo transforma, pero aún, muy cerca de su egoísmo.