miércoles, 12 de diciembre de 2018

La voz sin quiebres





Iba la flor
por la senda
de sus sueños
con los pétalos
de miel
a punto
de florecer
y fue la bestia
con su instinto
de hierro
quien destruyó
la inocencia.
La poesía
a veces
es un verso inútil
en el desierto
y otras tantas
es una lágrima
compartida
en la voz
de miles
que despiertan…

sábado, 24 de noviembre de 2018

Un clásico con buñuelos y algo más



Hay muchas cosas que son clásicas, desde la vestimenta hasta los postres o la música, pero cuando se habla del “clásico” del fútbol, uno sabe que se trata de Boca vs River.
Claro que desde pequeña mi padre me enseñó a ser hincha del azulgrana, no obstante ello, recuerdo haber asistido a un clásico antiguo.
Aquella tarde que viene a mi memoria iríamos de visita a la casa de mi abuela paterna, a lo de Doña Rosa, así era como la nombraban en el barrio. Mis hermanos ya me habían dicho que ellos estarían cerca de la capilla, y aunque me miraban con un dejo peleador, yo ni me inmuté. Nunca fue uno de mis paseos favoritos ir a la iglesia, aunque allí solían pasar películas de Chaplin para los chicos, los días domingo. Yo prefería el fútbol.  Así que como quien no quiere la cosa, les respondí “ Yo no voy a estar ni cerca de la capilla”.
Preparé mis muñecas, y también mis agujas de tejer, con la última bufanda multicolor que estaba haciendo. Quería mostrarle a mi abuela italiana los progresos que había hecho desde la última vez que nos vimos. Aunque era diciembre y hacía mucho calor como para vestir a mis muñecas con bufandas de lana, ella jamás detuvo mis ansias de aprender a tejer. Los aprendizajes no tienen fecha de vencimiento. También puse en mi carterita calada color rosa, un par de banderines que había pedido prestado al “colo” Giménez.
Mi abuela "tana" era de Boca, yo lo sabía muy bien, ella era una romana con todas las letras y siempre decía que ese Club había sido creado por hijos de italianos allá por 1905, y aunque nadie la escuchaba por el solo hecho de ser mujer,  yo si la oía.
El caso es que el colorado Giménez sabiendo de mi amor por mi abuela, le robó un par de banderines viejos a su padre y me los llevó a la cancha Ferroviarios, el domingo anterior al clásico. Los puso entre mis muñecas  al tiempo que me decía” Marianita están un poco rotos, no me los devuelvas. Los saqué del cajón de herramientas de mi papá, no digas nada”. Yo los escondí entre las bufandas, hasta que al llegar a mi casa,  los miré con detalle. Estaban bastante desflecados, así que en la semana los remendé como pude, los planché con mi planchita de hierro y los doblé para llevárselos de regalo a Doña Rosa.
Después del almuerzo del domingo, salimos rumbo a su casa. Vivíamos relativamente cerca, no más de siete cuadras.
Mi padre me alzó para que tocase tres veces la puerta con la manito de bronce. Mi tía abrió la puerta. Al cruzar la amplia galería colmada de malvones rojos, comencé a sentir el olor a  buñuelos de manzana, mis preferidos.
Entramos en la cocina, sobre la mesa había una gran fuente colmada de frituras redondas “Marianita servite, y convidale a tus muñecas. Están flaquitas como vos” me dijo mi abuela, al tiempo que me alzaba para que me sirviese uno.
Al costado de la gran mesa, estaban los bancos largos de madera. Mis hermanos corrieron a lo largo de ellos para ir a sentarse cerca de la radio. “No me tiren la capilla” dijo mi abuela en voz alta. Fue en ese momento que supe que así le decían a las radios con forma de catedral.
Mi padre se sentó a tomar unos mates con mi abuelo, y según dijo “Estaba muy tranquilo porque él era de “Los cuervos””. Mi abuelo no sabía mucho de fútbol, pero era un clásico y había que escucharlo de boca del “Gordo Muñoz” , uno de los mejores relatores de fútbol de la época.
Yo me senté en la falda de mi abuela y no solté mi cartera hasta que fue necesario. Ocurrió en el momento del penal que cobraron a favor de River, que la sentí temblar a ella. Me bajé de su falda, y corrí hasta la radio, abrí mi cartera y saqué los dos banderines de Boca. Vestí la radio de punta a punta, mientras mis hermanos no dejaban de preguntarme de dónde los había sacado. 
Pactos son pactos, así que con cara distraída les dije que los había encontrado en un tacho de basura y que los había lavado y planchado. No me creyeron mucho, pero no me importó.
“Roma es Roma” dijo mi abu, al tiempo que  sacaba un pañuelo bordado del bolsillo de  su batón y haciéndole dos nudos, repetía “ Santo Pilato, si Roma no ataja el penal no te desato”.
 Magia o lo que sea, pero Roma el arquero de Boca le atajó el penal a Delem y mi abuela saltó de alegría. Mi abuelo la miró, censurándola, pero ella, astuta le dijo. “ dai dai Dante, non vedi que la nena trajo los banderines para que gane Boca?
Luego de eso es poco lo que me acuerdo, solo sé que la calle se inundó de fútbol y que la fuente de buñuelos vistió el barrio.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Poesía para ir lejos




Caminamos
en las espaldas
del cielo
a instancias
de  pájaros
que gorjean
sus silencios
como la región
que navega
en el día
la noche
de las ideas
Y es entonces
la poesía
un refugio
Y una voz
que se eleva
con la libertad
en la mano
lejos
muy lejos
de la indiferencia.

lunes, 29 de octubre de 2018

Narrado por mi-Infinitas gracias al programa Parnaso por el espacio que le han brindado a uno de mis cuentos. En el minuto 36 se puede ver. Gracias infinitas Zoelia Del Carmen Frómeta Machado



Infinitas gracias al programa Parnaso por el espacio que le han brindado a uno de mis cuentos. En el minuto 36 se puede ver. Gracias infinitas Zoelia Del Carmen Frómeta Machado


https://www.facebook.com/SistemaZacatecanoDeRadioyTelevision/videos/579894615777667/

sábado, 27 de octubre de 2018

De sedientos y otras aguas


Leo Stradis era un hombre desencantado de las palabras. Había acuñado la teoría de que ya estaba todo dicho, todo sabido y todo escrito.
Vivía en un poblado cercano a un brazo del río Limay, y aunque le gustaba mojarse los pies a la orilla de ese brazo prefería evitarlo por si le ocasionaba un resfrío. Por las tardes tomaba su mochila cargada con una botellita de agua, dos frutas y salía al aire libre en busca de alguna boca con quien charlar. En verdad deseaba corroborar que los años que otorga la vejez dan un cierto aire de sabiduría.
“Los libros dicen todos lo mismo, las historias se parecen y los sentimientos no cambian” decía en reuniones de amistades ante quien quisiese escucharlo.
Aquella tarde de septiembre el sol estuvo más fuerte que de costumbre. Para colmo de males al subir por una senda escarpada, como lo hacía siempre, se resbaló y tuvo tan mala suerte que al caer rompió sus anteojos. No se inquietó demasiado al alzarse, pues de lejos veía bastante bien y no los necesitaría pues conocía de memoria ese paisaje.
A medida que caminaba sintió calor y deseos de beber agua. Se sentó sobre una piedra para abrir su mochila. Los dedos se le trabaron al querer abrirla. Se maldijo por ese mal hábito de anudar tres veces el cordón superior. Tanteó los bolsillos de su campera buscando los anteojos de ver de cerca y recordó que ya hacía meses que no los usaba. No había mucho que ver ni leer. Sintió sed. El sonido del agua del río le murmuraba que estaba cerca de llegar a destino y podría aunque sea remojar sus manos y cara. Intentó nuevamente abrir la mochila, al apoyarla sobre su pecho se dio cuenta del olvido. El espacio que ocupaba la botella de agua estaba vacío. Una mueca de fastidio se dibujó en su cara. No le quedaría más remedio que ir hacia la orilla del río, allí generalmente había niños pescando y con seguridad tendrían agua para tomar.
Con esfuerzo, caminó por más de media hora hasta que avistó el agua y un par de niños jugando. Respiró aliviado. Se aproximó a ellos.
—Hola chicos, vengo caminando desde el pueblo y me olvidé de traer agua. ¿Tendrían un poco para darme?
Aukan y Nahuel lo miraron con curiosidad.
—Acá tiene todo el agua señor…
Leo Stradis se sentó a la orilla del agua esperando la botella, pero los niños entraron al río con sus pies descalzos y mientras se divertían viendo sus pies sumergidos, le gritaron.
—Tómesela toda señor, fíjese que es transparente y fresca.
—¿No trajeron una botella? Esta agua no sirve para tomar.
—Mire aquel cartel Don. Este recodo es de agua de manantial, viene de lejos y es pura.
—¿Cuál cartel?
Los chicos se rieron a escondidas. El cartel estaba a no más de cinco metros y ese hombre parecía no verlo.
—Ahí dice que es agua pura. Calma la sed- dijo Aukan.
—Es que hay muchas pestes, capaz que ustedes están acostumbrados, pero tomar agua que no es potable a mi edad puede traer problemas—respondió Leo, mientras rodaban gotas de sudor por sus mejillas.
—¿Usted sabe leer? Acérquese al cartel y lea la letra pequeñita, ahí le explican mejor.
—Ustedes no saben porque son niños, pero está todo dicho. Todo sabido, seguro que ahí habla de que es un manantial y esas cosas, pero no hay como el agua que viene envasada.
—Pero lea primero—respondió con seguridad Nahuel-
El hombre carraspeó para luego decir-
—Sé leer, pero no traje los anteojos de ver de cerca .No es que me olvidé, yo ya no los uso porque soy viejo y ya aprendí todo lo que había que saber.
—Usted no tiene más sed—respondió Aukan.
—Sí que tengo, pero soy precavido. No tomaré esa agua que quien sabe por donde anduvo antes de ser parte del río.
Los niños lo miraron con asombro ,luego Nahuel, el mayor de los dos se aproximó al hombre y mirándolo a los ojos le respondió.
—¿Por dónde anduvo usted señor para perder la sed de aprender?
Luego, el niño tomó una cantimplora, la llenó de agua del río y la depositó a los pies del hombre…

lunes, 22 de octubre de 2018

Aves de fuego



Nosotros
tenemos
en el pecho
un ave
de fuego
cuya voz
se oye
desde lejos.
Ha de ser
su luz
una huella
iluminándonos
de recuerdos
cual si fuésemos
antiguos pájaros
camino al cielo.
Entretanto
esbozo
un poema
que la razón
desecha
a orillas
de un latido
empeñado
en ser lírica
de un atardecer
que cae
entre mis dedos.

martes, 16 de octubre de 2018

Oxido y cenizas

En tiempos
de óxido
la garganta
de las cenizas
rasguea
una arcaica
melodía
que enhebra
los huesos
de las serpientes.
En esa falacia
sobrevivo
a la tierra
siendo flor
de la mortandad.
En las noches
en que el saxo
se muere
muere el tiempo
y mato a una viola
para que renazca
la hazaña
de ser aire
en otro cuerpo.