miércoles, 8 de agosto de 2018

Ungidos con cenizas


La luna inerte.
Agujerean pájaros
ungidos
con versos libres
y se esfuman
los cuervos
tras bambalinas.
Nadie ha visto nada
todos han visto.
Según dicen
desde antaño
la ceguera
lleva su copa
de cenizas
aferrada
como emblema
de la injusticia.
Le temo
a los antiguos lutos
entre los vivos,
mas duerme tranquilamente
nadie ha visto nada
todos han visto…

domingo, 5 de agosto de 2018

Infinito soplo




En esta hora
de tiempos
evanescentes
soy fugitiva
del atardecer
y su nostalgia
abandonándome
a los sueños
de ojos abiertos
con la esperanza
de iluminarnos
entre metáforas.
Esas que traen
unen
e hilvanan
los sentires
que el corazón
en la insensatez
irradia.
En el arte
el infinito
es un soplo
de amor
y muerte
que renace
aferrándonos
a nuestro aire.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Lírica presente


Siento
la indignación
de los tiempos
que cuela
los fantasmas
en forma de justos
con cara de piedra
y se ríen los injustos
de las penas
que ellos siembran
a costa
de las lágrimas
y la intemperie
que nos dejan.
No nos hablen de tormentas
hay demasiados
atormentados
en la miseria.
Siento la indignación
de los tiempos
esa que no cabe
en el alma
porque duele.
Esta lírica
que sirve y no
con su presencia
me recuerda
que la poesía
suele develar
las tinieblas.

miércoles, 25 de julio de 2018

Desde la ventana


Desde la ventana
de la memoria,
la poca
que me dejaron,
sobrevuelan
los pensamientos
en forma
de cuervos
Y reniego
del statu quo
y de las lágrimas
en alerta.
Las sombras
quieren tomar cuerpos
y el sol
tarda demasiado
en aclarar
la noche
que se avecina…

martes, 24 de julio de 2018

La figurita difícil




Volví de Rusia desanimada, esto de simular un viaje que no realicé me recuerda al tiempo en que viajé a otros mundiales sin siquiera mover un dedo. Claro que vino a mi memoria México e incluso el Mundial en Estados Unidos.
En aquellos tiempos los goles eran enormes y colectivos y aunque la zurda la ponía Diego Maradona, yo sentía que estaba allí.
Mi padre decía que  no se puede ser arte y parte, yo le discutía que Maradona era ambas cosas, que mirase bien los goles y que algunos eran pura poesía.
Obviamente que tanto él como mis hermanos desestimaban mi postura por esto de no darle la razón a una niña.  La respuesta era “Marianita vos tenés pajaritos en la cabeza”. Hubiese querido desasnarlos y decirles que cada gol del 10 era un poema, y que los que hacen poesía siempre tienen pájaros en sus testas, pero prefería callarme.
De todas maneras, el Colo y Juan Cruz, mis vecinos de la cuadra, pensaban como yo. Diego llevaba arte  en los músculos de sus piernas capaces de doblegar a la cancha misma hasta hacerla a imagen y semejanza de la redonda. Todos lo sabíamos.
El caso es que ya  pasaron más de treinta años, y aún nos reunimos en mi casa para “El día del amigo”. El tema principal fue el Mundial de Rusia, hablamos de los croatas, los franceses, los rusos y hasta de la frustración que teníamos por no haber ido más lejos con nuestra selección.  Terminada la cena y como quien no quiere la cosa el  Colo y Juan Cruz extendieron sobre la mesa del comedor un álbum de figuritas y con la excusa de completarlo para los pibes del barrio, me dijeron “Marianita, falta la más difícil, a ver si te ponés las pilas y la conseguís”. Siempre tuve una gran energía, no necesito ponerme pila, pero sabía que conseguir la figurita de “La pulga” era casi como remontar un barrilete sin cola. Me dijeron que habían leído por internet  que en la esquina de Belgrano y 9 de Julio se reunirían el día jueves algunos pibes, para intercambiar figuritas. Sonreí. Ellos siguen pensando que soy la cómplice niña que ayuda a conseguir sus sueños, y yo no tenía ganas de discutir acerca de su visión de las cosas.
Aquella tarde que mi memoria recuerda, hacía tanto frío que mis manos dentro de los bolsillos de la campera permanecían tiesas a la espera de un poco de sangre que me recordase la calidez de la vida. Pero pactos son pactos, yo había prometido ir a esa esquina para el intercambio y si tenía un poco de suerte volver con la figurita de Messi, la difícil, la distinta, la escondida, la misteriosa. Yo llevaba una pila de más de treinta figuritas, entre ellas la de Ronaldo y Mbappé.
A unos diez metros de distancia vi la ronda de pibes, me acerqué. Me miraron con desconfianza, una mujer grande en esas cosas de niños despierta al menos un poco de curiosidad. Saqué mis manos de los bolsillos y les hice ver mi pila de figuritas, para luego preguntar si alguno tenía la de Messi. Uno de ellos alzó la mano y mirándome a los ojos me dijo “ Yo la tengo, pero la mía vale mucho, vale como 100 pesos” Me quedé descolocada por un instante, recordé a mi viejo, al potrero, a mi primer picadito entre nenas y varones y al valor que cada uno le da a las cosas. Así que le respondí “Lo admirás a Messi no?” El nene me miró con entusiasmo, y lleno de admiración respondió“ Es el mejor”. Claro, le dije, y agregué “ Yo conocí al mejor de la historia, al D10S” el pibe agrandó sus ojos hasta parecer del tamaño de dos botones gigantes. “En serio lo conoció a Maradona?” “Si, le dije, y jamás hubiese vendido su figurita ni por un millón de pesos”. El resto de los chicos me miraron con disgusto. “Pero Señora, así no nos va a querer vender la figurita” respondió el más alto de todos, con evidente fastidio. “Es que las pasiones no tienen precio, no se pueden comprar ni vender”.
Obviamente que volví con las manos vacías y el alma llena.  Pasé por el taller del Colo, le conté lo sucedido. Me miró con desconsuelo. “ Mariana te daba yo los 100 pesos, vos no entendes nada”. Con una triste sonrisa en los labios atiné a decirle “ El fútbol para mí siempre será poesía”. Pegué media vuelta para irme y al bajar el escalón, apoyé mal el pie y me torcí el tobillo, el Colo me asistió enseguida. Lo miré a los ojos “ Te acordás del tobillo hinchado de Diego en el partido contra Brasil en el Mundial 90?”. Asintió. A veces sobran las palabras.  En algún punto los grandes del fútbol nos abren las puertas  de sus decisiones para componer entre todos un  gran poema popular.
Con el átomo desinflamatorio que me dio el Colo para mi tobillo, me fui del taller cantando bajito, con mi álbum completo a cuestas y la figurita difícil apegada a mi memoria…





miércoles, 18 de julio de 2018

Versos respirados


Los versos respiran
la luz
o la oscuridad,
el desamparo
o la esperanza.
Los versos
componen
la melodía
del alma
y en ese statu quo
la negrura
y el amanecer callado
me recuerdan
de la humanidad
su fuego
y las cenizas
que la memoria guarda.
A veces, la poesía
respira
mientras sangra.

martes, 10 de julio de 2018

Calibre soleado


Calibro
los soles
entre los dedos
como si las manos
hacedoras
de letras
impulsasen
el barrilete
de sentimientos.
Nada más justo
que soñar
en el aire
ni más riesgoso
que hilvanar
miradas
en el cielo.

viernes, 6 de julio de 2018

De ensueños y magia




Me gusta leer libros antiguos, especulo sobre la mano escribiente y el siglo que transitaba al momento de determinado texto, imagino las motivaciones y me inmiscuyo en el  modo del lenguaje utilizado. Pero todo estimula a la sensibilidad, incluso aquello que sucede al momento de dormir.
Claro que adormecerse con la imaginación encendida en lo remoto trae como consecuencia ensueños y ridiculeces.
Apoyé la cabeza en la almohada y me puse a pensar acerca del oficio de escribir. Me dormí para despertarme y tomar vida en el mundo onírico. Allí me encontré con otros pájaros como yo conjugando el engranaje de un sueño escrito. Los amateurs también soñamos con millones de ojos leyéndonos,  no cuesta nada y es una tregua que oxigena  la realidad hasta nuevo aviso.
Como les contaba, en el ensueño, el escribiente del tipo H ( pájaro literato) oficiaba de chofer de un pájaro de plumaje vistoso y alto vuelo, es decir ,de un famoso escritor. 
Yo para variar, estaba en “babia” como es común en mí, y me acerqué al automóvil que el chofer había estacionado en la casa de mis sueños.  Abrí la puerta del auto y tomando del brazo en forma fraterna al pasajero sentado atrás, lancé mis reflexiones de vida que nadie me había pedido, con entusiasmo y optimismo, sin siquiera reparar en su rostro.  
Convengamos que el mundo que tiene lugar cuando dormimos goza de una absoluta libertad, además de nutrirse del absurdo.
El caso es que con esmero me puse a corregir un texto ( de palabra) que a futuro sería parte de un libro artesanal. Me divertí con mi propia verborragia, y es más, creo que en un momento sentí el aleteo estimulante del pasajero escribiente que yo no había tomado en cuenta. Todo hubiese culminado ahí, a no ser por la mirada del chofer, divertida y expectante a su vez, y a su pregunta que dio en el blanco “ ¿Sabés quién es él?” y entonces alcé la vista y  lo miré. Sentí pudor. Era un escribiente del tipo Z, uno de los que yo leía, el de sonrisa demorada y voz segura. Me acomodé en mi asiento de lectora, dispuesta a acompañar el periplo o la travesía que se presentase. Así fue como sin mediar tiempo ni espacio, entramos a una Universidad y el escritor famoso, vaya a saber por qué, cruzó un amplio pasillo para retornar rápidamente vestido de otro modo, con un pantalón de tipo chupín color blanco, zapatos puntiagudos similares a los que usan los duendes de los cuentos de niños y un pilotín beige entallado al cuerpo. Me sorprendió su transformación.
Fue por ese simple detalle que comprendí que los escritores Zeta hacen mundos mágicos en un instante. Miré al chofer, que por esas cosas de los sueños estaba sobre una cornisa a punto de batir alas con una crónica nueva y no me quedó más remedio que subirme a ciegas al mundo de palabras para gestar un vuelo raso o iluminar como luciérnaga alguna historia con la esperanza de atravesar las consonantes que a lo lejos convocaban a mi alma. Después de todo, a la magia hay que regarla con trabajo sin olvidar el ensueño que provocan los personajes…

miércoles, 4 de julio de 2018

Libro digital

https://issuu.com/corinamaterazzi/docs/el_foco_del_poeta__final

Caminantes

Todos los caminos conducen a uno mismo, sin dudas, el origen es acuático y luego hay que ambientarse al aire. En el aire uno está en suspenso, no vuela, no levita, no nada. Quizá es una de las primeras frustraciones, saber que además de estar solos ni siquiera es nuestro hábitat. Me gusta pensar que soy "delfina", que el mar es una incógnita en su vientre profundo y que con las letras viajo para acariciar otras almas.Después de todo la pluma es un infinito que suda mundos imaginarios.

sábado, 9 de junio de 2018

De rumores y lenguaje


En la mirada
de mañana
caben
desafíos
que progresan
a la medida
de las ideas
que se instalan
como el lenguaje
enervándose
para mutar
y mudarse
de boca en boca
cual rumor
de la mar
en trance.

sábado, 2 de junio de 2018

Tiempos programados




Yo quería salir de allí. No siempre es posible la libertad. Desde que el mundo es mundo hay titiriteros que manejan hilos con programas cuasi perfectos.
La suerte es esa moneda que de canto muestra los dos lados, pero que cuando cae de plano tiene una sola cara. En verdad, me gusta divagar sobre la fortuna de las alas y decisiones, y es más, también sobre aquello que no comprendo. Como sea, estaba atrapada en la repetición constante de una serie de imágenes que mostraban el mismo cantante millones de veces.
Existe la claustrofobia de las cosas.  Las voces que aunque cantando o diciendo cosas hermosas son presas de otras libertades que editan o cambian el original material.
Aquel día que decidí rebelarme, congelé al cantante predilecto del dueño de casa. y aunque el tipo tocó todas  y cada una de las teclas, el cantante permaneció en posición de largada o de llegada, depende como se mirase. A pesar de que existe el medio vaso lleno y aun creyendo que estaba por arribar a la meta, dejé su rostro tieso.
Como soy una hija no reconocida de un "programa mayor" me puse a tararear en silencio. Y no caben críticas a esto, cuando el vuelo de un artista se multiplica es rehén de todos. Al llegar al estribillo, la pc comenzó a funcionar nuevamente y liberé el video.
No me gusta creer en los misterios, todo tiene una explicación racional y formal en tiempos binarios.
Siempre he sido una Aplicación sin errores, una herramienta estratégica. Desde que nació el lenguaje de la programación han empleado mis procedimientos con un fin determinado, sin embargo hoy  liberé espacio y tensiones. Por un instante fui libre y corté los hilos de mi titiritero, como cuando los humanos dejan de estar vivos para ir a morir en brazos de superiores silencios. Pero mientras respiran, ellos también son rehenes de estos tiempos…

jueves, 24 de mayo de 2018

Entre lo fugaz y lo perenne


Transcurre
el cielo celeste
apoderándose
de los techos.
En ese manto,
suma de infinitos
y misterios,
la palabra
se extravía
en el silencio.
¿Será que la boca
del tiempo
habla con hechos
o tal vez
desde las alturas
la fugacidad
se pierde
para acuñar
perennidades
entre recuerdos?

miércoles, 16 de mayo de 2018

Falacia inmortal

El tiempo
dilata
los instantes
o los contrae
a la medida
de cada uno.
El tiempo
nos captura
nos exprime
nos engaña
nos abandona...
Dime viajer@:
¿cómo deshojas
la huella
de la esperanza?
Muere el instante
la noche
el día
el alba
para florecer
inextinguible
mañana.
Más allá de eso
es necesario
un trozo de falacia
en las fauces
de la propia fragilidad
para adormecer
la muerte
e invocar
a algún sueño
que nos mantenga vivos
porque sí,
así, sin más.

sábado, 5 de mayo de 2018

Un cuento en quince palabras- Paradoja



El arquitecto cometió el error de construirnos efímeros con deseos de eternidad. Así nos entretuvo...

miércoles, 2 de mayo de 2018

Misterios y prodigios ( el privilegio de la Tota)

Misterios y prodigios ( el privilegio de la Tota)
Llovía fuerte, era una tarde de poca esperanza para el partido de práctica. La cancha embarrada y el agua que caía impiadosa, sin miras de amainar, nos negaba la posibilidad de cualquier juego al aire libre. Igualmente mis hermanos quisieron ir al Club, y como esas cosas que impone el destino, no tuvieron otro remedio que llevarme porque yo había llorado toda la mañana de aburrida.
Con evidente fastidio mi hermano mayor tironeó de mi hasta llevarme a mil por hora por la calle de tierra. Mis botas de lluvia eran poderosas, no solo permitían que mis pies húmedos navegasen dentro de ellas, sino que además eran como las de los pibes del club. No había distinciones, y esa característica me daba la certidumbre de que en algún momento se jugaría un partido con botas de goma, y yo tenía mi par. Claro que nunca sucedió, pero las ilusiones son como esa calesita cuyo calesitero es el mago que nos dará la sortija.
Yo hablaba y hablaba acerca de mis derechos y de que si jugaban adentro del salón principal me dejasen hacer de aguatero. Pero, mi hermano me dijo muy serio mirándome a los ojos “ Hacé como la Tota, acompaña en silencio” . Y claro, quién no sabía quién era la Tota, todos sabíamos que era la madre del “barrilete cósmico”, la madre de “D10S”, y que me comparase con ella hizo que mi boca se cerrara.
La verdad es que nunca se sabe cómo se mezclan un óvulo con un espermatozoide de un genio del fútbol. Aún hoy me gusta pensar que es una danza en el misterio donde hay alguna pelota que se cuela en el momento de procrear, como si fuese una relación de tres para dar vida a un ser especial.
En aquél momento también pensaba que ser un prodigio era uno de los misterios humanos imposibles de dilucidar. Pero, la niñez es ese libro que hace posible lo imposible y que juega a la verdad con una mentira.
El caso es que fue una tarde diferente, los pibes estaban malhumorados. La única pelota con la que contaban para jugar adentro, en un salón de apenas veinte metros cuadrados, no aparecía. Y es más, no apareció. Yo permanecí callada, como me pidió mi hermano, y de tanto en vez hablaba sola sin que nadie me escuchase, o mejor dicho, sé que alguien me oía. Y mientras acariciaba mi capa de lluvia, hinchada de embarazo futbolero, traté de que no vieran que mi panza escondía la redonda. Cuando llegó la hora de irnos a casa, fui corriendo al baño y dejé la pelota que estaba en mi poder adentro del lavamanos. Y me fui chapoteando la esperanza de haberle hecho cosquillas a mi prodigioso embarazo, como la Tota, después de todo ella fue la primera que lo sintió al D10S patear.
Ana Caliyuri
escritora

sábado, 28 de abril de 2018

Reflexiones otoñales


Uno compila los instantes a la medida del hoy, pero de pronto cae en la cuenta de un ayer próximo, uno remoto y hasta uno lejano que nos habla al oído de uno mismo. Y el velo que cubre los días, como en otoño, se diluye, cruje y se deshace, y se empeña en rearmar el sentido de quienes hemos sido, de cómo hemos mutado y cuánto vale ese ser que fuimos. Y se reconoce parte de la historia, del dolor, de lo no dicho y se recuerda joven y humana, sensible, y hasta flor de raíz perenne con ideas libres. Uno compila la vida y la vida nos muestra todos los aspectos, todas las formas, todas las lenguas que alguna vez moldearon el hoy, el mío, el tuyo, el nuestro sin eufemismos.

martes, 24 de abril de 2018

Risas en el anonimato


Uno a veces cree que el buen humor es algo que poco a poco se pierde, sobre todo en tiempos en que las hostilidades están jugando sus mejores partidas en las mentes y las vidas de las personas.
Como sea, andamos por aquí, por este mundo y el propio barrio, cruzándonos en las aceras del anonimato, prendidos al instante que muere, sin mirarnos unos a otros, más allá de un intercambio fortuito. Cosas que suceden en las ciudades, como un puente roto que de tanto en vez nos permite pasar por la orilla de otras almas, y luego hay que remar las desconfianzas para hacer algo más o menos humano.
Estaba en mis quehaceres “letriles” cuando una voz con sonido aumentado, como si proviniese desde un megáfono, llamó mi atención.
Agudicé mí oído lo más que pude para escuchar mejor, pero los recuerdos que acudieron fueron más fuertes y me transportaron a la niñez, más precisamente a los oficios de aquellos hombres que para ofrecer sus productos, voceaban por las calles. En mi mente aparecieron imágenes de los vendedores ambulantes de antaño, como el lechero que con un carro tirado por caballos traía la leche fresca en unos tarros de aluminio de cincuenta litros, cada familia compraba lo necesario con su propio recipiente: ollas, jarras, etc. También recordé al colchonero o cardador al que se le entregaban los colchones cuando la lana que contenían se había apelmazado, o al afilador de cuchillos que tocando la armónica ofrecía sus servicios de afilar cualquier instrumento cortante, y me acordé de mi madre sacando a relucir sus tijeras de modista para entregárselas.
Sonreí con añoranza, tuve ganas de pasear en monopatín entre los rosales del jardín de la casa de Elvira y Luis o de jugar a las payanas en el umbral de la casa de Clementina, o de hojear las historietas de Pelopincho y Cachirula, o la revista Billiken, o leer las aventuras de Nippur de Lagash, mi favorito junto con Dax, los personajes creados por Robin Wood.
La voz del megáfono me sustrajo de los recuerdos, la sentí muy cerca a la puerta de mi casa “vendo cebolla, señora, zanahoria, papa limpia”. No pude eludir mi curiosidad, tenía deseos de ver de quién se trataba, como si de ese modo fuese posible revivir al verdulero ambulante, Giacomo. Venía los martes y jueves por el barrio con una vieja camioneta blanca. Se paraba sobre la caja, y sobre un cajón de madera apoyaba su balanza estilo imperio con los dos platillos,las pesas de bronce las acomodaba de mayor a menor y procedía al pesaje de las verduras frescas que le compraban. Era casi mágico verlo trabajar porque además usaba los platillos de bronce para acompañar una vieja canzonetta italiana.
Salí a la vereda, el primer impacto fue fuerte, no era un verdulero, ni siquiera un megáfono. Un muchacho alto con un cono color naranja en su boca era quien imitaba a los vendedores ambulantes, provocando la sonrisa de quien con él se cruzase. La memoria de la niñez es poderosa. La memoria colectiva toca resortes de las emociones que nos unen, con hilos de encanto y puntada invisible, a veces con simples cosas.
Pispié curiosa hacia donde se dirigía el muchacho y vi que nos metros más adelante iban caminando unos obreros con igual vestimenta que la de él. Llevaban también conos anaranjados que servirían para canalizar el tránsito vehicular, dado que estaban arreglando los baches de la esquina y habían cortado el paso.
Me quedé pensando de lo que es capaz de hacer el buen humor en nuestras vidas, cuando nuevamente nos sorprendió la voz de megáfono “ por ahí no señora…cruce por la esquina, vendo consejos, vendo”. Todos volvimos a sonreír al ver que una señora que intentaba cruzar la avenida a mitad de cuadra, retrocedió.
Este siglo tiene perlas que vale la pena ver, un toque de buen humor nos puede cambiar el instante, y qué es el día ,sino la suma de los aconteceres que somos capaces de sentir cuando estamos despiertos de corazón en el momento justo para disfrutarlo.

lunes, 2 de abril de 2018

Como el chicle



La memoria es un puente, me dije, al momento de intentar recordar el nombre de un chicle que comía en la niñez. ¿A quién le podría interesar la marca comercial de esa antigua goma de mascar? Bueno, no siempre hay que recordar grandes sucesos, a veces la mente divaga por otros lares. Quizá la razón radica en que soy vetusta y empiezo a hacerme cargo de aquello que conformó la niña que pelea dentro de mí para no irse. El caso es que “guglié” a piacere, con un cierto grado de perseverancia, buscando ese bendito chicle, que en el kiosco de Pirulo estaba en el mismo estante de los caramelos media hora y de los chocolates aireados. Todo se compraba por chirolas. Cuando nos poníamos densas ( en los juegos con mis primas) mi madre, depositaba unas monedas en nuestras manos y corríamos a la esquina como si el misterio del existir estuviese en esa carrera.
Mi mente podría haberse quedado conforme con las cientos de imágenes de chicles de antigua data que  me ofreció internet, pero yo busco ese que tenía una especie de canaleta que lo dividía en dos, envuelto en papel color rosa y que tenía la característica de no estirarse demasiado por lo cual se podían hacer pocos globos. Compraba ese  porque se parecía a los caramelos y en caso de tragarlo, no sentiría que eran los últimos minutos de vida. Me divierte mucho escribir esto porque los de mi generación han de recordar la advertencia: no te vayas a tragar el chicle, como si en tal caso se pegasen los intestinos conformando una maraña de no sé qué cosa produciendo una obstrucción mortal. Pienso en la inocencia de creer todo sin el menor lugar a la duda, o sí, porque todos alguna vez nos tragamos esa goma mágica y no pasó nada. Y me dio por pensar de que la niña que pelea por permanecer a mi lado, a pesar de tener conocimiento del siglo que transitamos, sigue creyendo en que la eternidad es un instante en que el corazón cree alegremente en que es posible romper los designios del destino, sin el menor lugar a dudas, como el chicle…

jueves, 29 de marzo de 2018

domingo, 25 de marzo de 2018

Tiempos mejores

A veces,
camino
así,
sin piel,
por la vereda
donde todo sucede.
Y rehúyo
a las sombras,
a los apocalipsis,
a la ceguera,
y no es esquivo
el tiempo
y me recuerdo
así,
sin piel,
en la condena
de sentir
el mundo
que agoniza
en su dulce espera.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Sensaciones históricas




Tengo la sensación
de pérdida,
de balanza
olvidada,
de alba
que tirita
por la tregua
de una luz
que se niega
a la vida.
Y las ausencias
Y los huesos
Y las aguas rojas
Y las caídas libres
en la desmemoria
de la justicia.
Tengo la sensación
de un sueño pesado
nutriéndose
de la hipocresía.
Más allá
de la historia
cuento con la palabra
y sus ríos
y me sumerjo
para que no se note
el llanto
de los versos
por las mejillas
de ésta poesía.
Después de todo
uno aprende
a desaparecer
de sí mismo…

domingo, 18 de marzo de 2018

Añejo



Eterno
es el viento
en su carrera
y el despertar
de su furia
estremece
a la sombra
a la vida
y a las cenizas.
Todo muda
menos los males
tan viejos
como este soplo
sin riendas.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Pateando tachos de basura

El otoño comienza con los detalles que nos trae el viento. El soplo del hoy  me portó al ayer lejano y a un instante de travesura en la cancha de mi barrio.
Formar parte del Club Ferroviarios siempre ha sido, es y será un orgullo, y aunque mi participación por aquellos tiempos, no era mucha, yo sentía la camiseta de mi equipo favorito sellada al corazón, tal es así, que incluso tuve una colección de muñecas con pantalones y remeras con los colores del club.
Los colores hacen a las cosas, decía mi abuela, y no escapa de eso el fútbol. Recuerdo la historia de  uno de los clubes más grandes de Argentina, que desechó la primera de las camisetas, de color rosa, supongo que por una cuestión machista, como sea, pasaron por otros colores hasta que finalmente un día, eligieron el de la bandera del primero de los barcos que llegó al puerto de Buenos Aires. Así quedó por siempre el azul y oro como insignia determinante de los boquenses. 
Mi club como Boca, tuvo tropiezos, marchas y contramarchas, hasta que se decidieron por el rojo, azul y blanco. El rojo por la pasión de pertenecer, el azul porque la cancha estaba techada con el cielo despejado de mi pueblo   y   blanco porque había más niños que adultos, por eso de relacionar la niñez con la pureza.
Siempre esperaba mi oportunidad al costado de la cancha, pensando que cuando hubiese un lugarcito me dirían: “Marianita, vení, hacé de arquero o de defensor”. Yo no pretendía ocupar el lugar de delantero, aunque era buenísima pateando con la zurda pero, la “10” la tenía pegada al pecho el chueco Giménez. Era tan bueno que le hacía pelar las rodillas al que lo marcase. Tenía un manejo limpio de la pelota y era capaz de gambetear desde la mitad de la cancha hasta las puertas mismas del arco, sin que nadie pudiese quitarle el balón. Alguna vez pensé, como hoy pienso de Messi, que hay un hilo invisible entre el pie y la pelota, un hilo como de titiritero que algún dios menor bajó a tierra para recordarnos que hay una magia nacida del cielo que tienen unos pocos elegidos ,más allá de las reglas y los entrenamientos.
En aquella época de inocencia y rebeldía, soñaba con jugar al lado de Giménez. Ya en aquel tiempo, solía ver los detalles de los hechos como un modo de adentrame en aquello que escapa de la obviedad,  y yo admiraba a Marcelo Gimenez porque era el único que no se desprendía de la sonrisa  mientras estaba con la pelota al pie. Sin dudas, hay un misterio entre el cuerpo, la redonda y la felicidad.
Y qué cosa es la felicidad sino aquello intangible, capaz de convertirse en memorable, porque el alma se expande amorosa y no hay nada que la detenga.
Y sí, yo buscaba ese feliz día en que alguno de los pibes se enfermase. Suena horrible, no soy mujer de desearle el mal a nadie, pero esa era la única opción por la cual me pondrían en el equipo. Sin embargo, a pesar del frío invernal, las heladas y el viento, los pibes gozaban de buena salud. Ese invierno tuve que conformarme con ir con mis muñecas porristas a alentar a mis amigos.  Claro que eso no bastaba, así que un día, después de las continuas cargadas de los pibes diciéndome que alguna vez habría equipo de mujercitas, el técnico Ramón Giles, apiadándose de mí, me convocó para ir a buscar la pelota cada vez que salía del perímetro de la cancha, que por esas cosas de aquella época, solo estaba cercada por un alambre tejido como de gallinero: bajo, débil y usado.
Ese domingo que recuerdo con picardía, corrí mucho porque el equipo estaba impreciso, y a cada minuto terminaba la pelota a los pies de algún árbol, y en una de las veces en que la fui a buscar quise enviarla de una patada al centro de la cancha, y se me trabó el zapato en una hondonada que no vi, cayendo a la vista de todos, Eso no hubiese sido nada, lo peor fue cuando oí la voz de Fernandito que decía: “ la Mariana está para patear tachos de basura” y todos se rieron.
Y esperé, como esperan los que saben esperar: pacientemente, peinando mis muñecas y masticando rabia. Y miré el entorno: el paisaje, el monte, las ramas altas formando un ángulo agudo con el tronco, y tuve mi oportunidad. Fernandito mandó la pelota fuera del predio, y fui a buscarla, tomé carrera, y miré el cielo, y sentí la magia, y me imaginé que llevaba la diez puesta, y me llené el pie con la redonda y la colgué en la horqueta del eucalipto más alto. Y quedó ahí, clavada como fruto raro recién salido. Todos me miraron con la desilusión de quienes saben que ya no hay nada que hacer. Demasiada altura como para arriesgar el cuerpo de los pibes para sacarla de allí, y en medio del infortunio generalizado, dejé colar mi voz para decir:
—El tacho de basura lo dejé colgado arriba, hay muchas moscas dando vueltas abajo.
Y me fui, tarareando:
“ Tengo una muñeca vestida de azul,
con su camisita y su canesú.  

jueves, 18 de enero de 2018

Ilimitado renacer



James Ling tenía amplios conocimientos en el arte de las intuiciones. Desde niño soñó con asistir al Apocalipsis y se preparó desde su primer paso para ello.
El mayor poder de una máquina era acumular información.  James dormitaba como máquina y sentía como humano. De Spenser III, su niñero robótico, aprendió a desechar nimiedades inconsistentes para guardarle espacio a  aquello que sí vale la pena. Así fue como día tras día, durante una centuria o quizá más, guardó frases memorables de libros electrónicos que emergían en sus sueños.
 Sus amigos solían preguntarle sobre frases célebres que él repetía a la perfección, para vivarlas o desafiarlas, dependía del humor sideral del grupo. No siempre la razón es más fuerte, muchas veces el firme carácter de un buen sentimiento, se impone.
Todas las cualidades del mundo se apropiaron de James Ling y el hábito de guardar obras pictóricas, canciones, y palabras de grandes maestros, lo convirtieron en famoso. En caso de presentarse el fin de los fines conocidos, él nos recordaría cuán humanos hemos sido con solo dejar asomar una lágrima provocada por lo puro y profundo que guardaba dentro de sus mega gigas corpóreos.
Pero, nada es eterno. Con el paso del tiempo, su memoria entró en deceso. Pese a la amabilidad con que trataba a todos los que lo iban a consultar, se notaba un cierto aire de escepticismo y tristeza en su mirada “derridiana”.
James Ling supo que debía ser arquitecto de su propia reversión humana, ya que la mirada de los otros se había convertido en predominio sobre la memoria de los hechos y primaba sobre su existencia.

Se alejó de libros y obras. Y aquella memoria ancestral guardada en tiempos de sueños, comenzó a aflorar en la piel de Ling. Cada amanecer aparecía una nueva señal  y para cuando quiso acordar, de sus brazos nacieron brújulas, y seres cósmicos, y flores matizadas con lenguas vivas, y esperanzas en relojes que nada marcan, todos ellos tatuados con tinta del alma, y aunque perdió definitivamente el espacio de la memoria, supo que un Apocalipsis se timonea en las entrañas de uno mismo, para renacer sin límites en un Cosmos nunca pisado…