domingo, 31 de diciembre de 2017

Somos lo que hacemos




Alzar la vista al cielo en busca de algún vuelo de pájaro no deja de ser un acto reflejo, tal vez porque las aves me dan las alas que mi memoria ha perdido; eso creo, o quizá es que me mimetizo con su libertad y es ahí cuando nacen las imágenes memorables.
Como sea, al salir al patio de mi casa y ver el aleteo de dos palomas, recordé un domingo previo al día  de Navidad en mi pueblo natal, siendo yo  una niña.
Esa tarde sería el encuentro entre “Los pibes de la fraternidad” y “Los boquenses de Ayacucho,  un partido definitorio cuyo premio consistía en las camisetas para el equipo y un gran árbol de Navidad con mucha luces.
Mi madre estaba preparando una torta marmolada, esas de chocolate y vainilla  que casi todos conocen,   y justo en el momento de mezclar los ingredientes se dio cuenta de que le faltaba el chocolate, y claro, aunque en mi casa éramos tres hijos, los mandados eran cosa de mujeres. ”Marianita andá a lo de don Luis y trae el cacao ”me dijo, y mi hermano aprovechando la volada, agregó: “y de paso fíjate como está la cancha…anoche llovió mucho”.
Camino al almacén me dieron ganas de silbar, me contuve. No era bien visto si lo hubiese hecho, así como a las mujeres nos estaba vedado jugar al fútbol, y tantas otras cosas; de esos mandatos sociales de aquel tiempo que se cumplían a rajatabla.  Mientras iba cantando “din don dan din don dan” me aproximé a la cancha del Club Ferroviarios. Bajo los arcos, había charcos, eso era un verdadero problema, por eso de que la pelota se pone pesada cuando se moja, así que rapidito fui al almacén ,compré lo pedido y me fui corriendo a casa para contar la novedad.
El colorado Giménez, el pocero del barrio, tendría que llevar tierra  para tapar los pozos con agua y de ese modo jugar el partido final. Él siempre lo hacía gratis.
Mi padre, presidente del Club, puso en marcha el auto para ir hasta la casa de Giménez. “Marianita subí “ me dijo, y más rápido que ligero estaba acomodada en el asiento de la estanciera. En el trayecto hablamos del árbol de Navidad y  aproveché para quejarme porque si ganaba nuestro equipo, ni para mi ni para mis muñecas porristas habría regalo. Pero me equivoqué, esta vez mi padre pensó en eso y me respondió que no me quedaría sin regalo por haber tenido asistencia perfecta todo el año. Aproveché para decirle que a una de las muñecas se le había salido una pierna y que sería mejor reemplazarla por una nueva.

Cuando llegamos a lo de Giménez, golpeamos las manos para que nos atendiesen pero nadie salió a recibirnos. La vecina de la casa de enfrente nos puso al tanto de que Juancito, el hijo del pocero, estaba internado. Un fuerte dolor de panza y según comentó era una peritonitis. Y Claro en el pueblo no había cirujano y era necesario llevarlo a otra ciudad. Yo pregunté muchas veces que era una peritonitis pero estaban todos muy preocupados como para responderme. Y nadie recordó los pozos para tapar y llegó la hora del partido y los charcos seguían ahí, pero peor estaba Juancito luchando por su vida. El encuentro fue aburrido, en el entretiempo me olvidé de la coreografía y además terminó cero a cero y todos embarrados. El caso es que los dos equipos quedaron empatados y en el árbol solo había un gran paquete con una nota. Todos corrimos para ver: era una alcancía con dinero adentro y una nota que decía para Juancito Giménez. Menos mal que ya no creíamos en Papa Noel , ni nada de esas cosas. Tímidamente pregunté por Juancito, por suerte ya estaba fuera de peligro pero había que pagar el viaje en ambulancia y para eso fue destinado el dinero recaudado. Alguien dijo que cada uno de nosotros es un poco el Papa Noel en Tierra y como soy Marianita Pierluggi, me quejé y le respondí que en mi caso era Mamá Noel, todos rieron , menos yo que estaba arreglando la pierna de mi muñeca porrista para el próximo partido.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Deseo festivo



Alma:
en el albedrío
del viento
extiende
las alas
para que florezcan
soles genuinos
Y se apaguen
las sombras
de otros días…
Venimos
para irnos,
mas, en el trayecto
más vivo
haz de nuestras tramas
el mejor tejido,
ese que hace de la luz
y el Amor

un mundo distinto.

domingo, 3 de diciembre de 2017

La niebla



Estaba un hombre de mediana edad, sentado en un banco de plaza, con las manos sosteniendo su cabeza y la mirada perdida. Tomó el periódico que llevaba en su bolsa, y con el dedo índice, tocó varias veces el margen superior.  Era su manera de corroborar el día: 10 de diciembre del 2031.  Miró en derredor y sintió que esa plazoleta le era ajena a su vida:  desconoció los bancos de mármol, los accesorios de grafito y hasta los pisos acerados. La neblina que cubría el pasto artificial, lo confundió aún más: en Estación Malattia nunca hay bancos de niebla, menos que menos, un día como ese,  donde el sol estaba a pleno.
El hombre,  vio pasar a un niño muy cerca suyo, y con el diario en la mano, se aproximó:
—Disculpáme, no veo muy bien por la niebla¿ Me podés decir qué día es hoy?
El niño miró su reloj solar y le dijo:
—Es jueves…
—Si, si, pero la fecha…
—10 de diciembre.
—Si si, pero de qué año…
El niño lo miró sorprendido y apuró sus pasos, sin responderle.
El  hombre volvió a su banco, y buscó en sus bolsillos los anteojos de ver de lejos. Se los colocó y para su sorpresa, se vio a sí mismo, cotidianamente, caminando por esa plaza, abrazado a su esposa. La niebla bajó hasta cubrir la mitad de su cuerpo, sintió frío. Tomó el paquete de pañuelos descartables del bolsillo del saco y restregó los ojos hasta calentarlos. Luego, volvió a mirar la fecha en el diario y  leyó: 10 de diciembre de 2031. Hizo un gesto de fastidio. Alzó la vista para recorrer el parque: los juegos para niños, las flores de metal y hasta los faroles eran de diseño moderno, pero él, era un hombre antiguo…
Fue hasta el bebedero de agua y mojó sus ojos, tantas veces tantas, hasta vaciarlo. Necesitaba ver bien, pero aún había neblina en esa plaza y aunque buscó por muchos lados, no pudo hallar a nadie que lo ayudase a ver mejor, y menos que menos, a su esposa. Es más, no sabía si ella había ido o no, con él.
Pasó la mañana, y la tarde, y llegó la noche, y el hombre de mediana edad, seguía firme sentado allí.
En el pueblo comentaron que estuvo más de miles de  días, en ese banco, buscando disipar la nubosidad, hasta que un día alguien lo vio a la orilla del mar, subiendo sus pocas pertenecías sobre una balsa y nunca más apareció.
Parece que se llamaba Ulises y desde el día que se fue, el bebedero de la plaza está cargado de agua tibia y salada, semejante a las lágrimas.

Desde que el mundo es mundo, hay gente que se pierde cuando le falta el amor…

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Rumbo


Llevaba el día las bocas abiertas, los labios ceñidos a las circunstancias, y el sol de una dulce poesía, en medio. Y no supe si la palabra fue manantial de sueños o solo un mundo de cerrojos que se abría lento. Y encendí el alma con una melodía que canta a la vida a pesar de las muertes, como los viejos soñadores que caminan cansados su derrotero, pero no cejan en caminar a la par de sus sueños.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Cautivos de un día


¡Ay de las palabras
en su dicotomía
de cielos azules
y nubes espinas!
¡Ay de la Poesía
que abraza
la vida
a sabiendas
de estar encadenada
a la muerte misma!
¡Ay del corazón
de ojos abiertos
en el desafío
de espejar
el mundo
con un latido!
Y sin embargo,
Yacemos aquí
cautivos de un día
en la nebulosa
de renacer
con un poco de tinta.

jueves, 26 de octubre de 2017

Cincel de agua



Vivía
el cincel
de la Poesía
entre cielos
y voces
no escuchadas.
Me interné
en ese mundo
de latidos
a la vera
de un río
de esperanza.
Y encontré
forjadores
en su tinta
esos que sueñan
que el verso
es un milagro,
Y de  los otros
proveedores
del desierto
como magos
de la sangre
en un abrazo.
Y no soy quien fui
después de verlos:
las almas
una a una
se develan
cuando enjugan
con sus alas

otros llantos.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Noche apagada para las más (caras)



Todas las máscaras
se fertilizan
con el vacío
que dejan
los indiferentes,
mas, no será vana
la hora
del cielo
ni el río
Aqueronte
en su ironía
más sincera
cuando de repente
no exista barquero
que cruce
a las sombras
cuando se apaguen

las estrellas.

viernes, 13 de octubre de 2017

¿Querés un mate?

¿Querés un mate?
Estábamos varias mujeres en el punto de la encrucijada, ese instante que demora el otoño por fuera con un poco de magia y rejuvenecedoras cremas y de pronto surgió el deseo que fue unánime: ¿Y si nos tomamos unos mates? Y el termo y el agua a punto y las palabras risueñas y las manos que saben de caminos de ida y vuelta. Me tocó el segundo y esperé turno, complacida por el momento. Y las palabras se volvieron bombilla, y la yerba mate, un mar verde de amigable cielo. Y todo cambió de aspecto: el rayo de sol que entraba por el ventanal se instaló en el alma de los que sabemos del valor de tomar un mate, en rueda. Un mate amargo, dulce o con edulcorante, con sabor a limón, naranja, o solo yerba, pero más allá de esas diferencias nos hermana, nos abarca y nos contiene, sin más razón que por el hecho de compartir, porque así lo manda la costumbre de ser fraternos: en las buenas, en las malas, en las alegrías, en las tristezas, en el día o en la noche, en el trabajo, en los etcétera. Y me sentí agradecida, porque compartir un mate es una muestra de cariño que forma parte de nuestro acervo cultural, una costumbre antigua y genuina, que no perdimos para el encuentro. Y para cuando quise acordar, estaba en otro punto geográfico, con otras manos extendiendo un mate a micrófono abierto. Cosas simples que nos pertenecen...

lunes, 2 de octubre de 2017

Juanita Correa


No sé por cuál razón, a veces, las palabras son laberintos , pero siempre conducen a algún sitio. Y los sitios tienen la particularidad de ser vistos a la medida de quien los mira.
Un día estando en el mar, siendo yo niña, me puse cerca de la orilla a construir un castillo de arena. Me gustaba la cercanía del agua, igual que ahora, tal vez porque el oleaje cuando se diluye, absorbido por la playa, de algún modo se transforma. Y transformarse no es poca cosa.
Estaba en pleno juego de construcción cuando apareció Juanita Correa: mi vecina de la cuadra. Se acercó curiosa y le presté mi tiempo, le regalé una palita hecha de con una botella plástica , y aunque ella tenía una pala más grande y colorida, se puso muy contenta. Con el tiempo supe que no quería ensuciar la suya con arena mojada. Transcurrió la tarde  entre  pasadizos secretos de arena húmeda, torres con forma de baldecito de algún reinado desconocido, y laberintos hechos con conchillas. El problema surgió cuando la marea comenzó a subir y fue entonces cuando conocí un nuevo laberinto: el de Juanita. Ella  lloraba  sin parar porque el agua se comía de a mordiscos el castillo que había construido, y aunque la animé para hacer otro sobre un médano, se negó.
Cada verano  cuando nos volvíamos a encontrar en la playa , se acercaba a jugar con mi castillo de arena, pero nunca más volvió a hacer uno propio, tenía miedo que una ola se lo rompiese. Por supuesto que nunca lloró por mi castillo, que invariablemente, cada tarde  era desintegrado por completo. Un día le pregunté si no le daba pena que el agua invadiese mi laberinto creado con palitos de helado, y Juanita , riendo, me respondió que mi castillo era demasiado feo como para llorar .Y más allá de que quizá tenía razón, porque la belleza y la fealdad están cargadas de sentires y subjetividades, supe que Juanita me había mostrado una nueva calle de su propio laberinto.  
Antes de que la marea arrasase con mi construcción de arena, miré el laberinto con forma de cerebro que había dentro del castillo. Tenía encrucijadas y cierto grado de complejidad para salir de él, así que le propuse a Juanita  que buscase la salida y como respuesta miró hacia el mar en busca del agua salvadora. Desde que el mundo es mundo, es más fácil romper que construir.
Ahora después de cinco décadas, la volví a ver a Juanita Correa, aferrada a su trabajo de divulgadora , atada a sus castillos caducos , lejos del agua que todo transforma, pero aún, muy cerca de su egoísmo.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Claroscuros


La pena imperante que sobresalta la Tierra o el desplome de la Tierra causando la pena. La  esperanza que no basta para resucitar las canciones que bebe la muerte. Se multiplican las manos cuando suena el suelo, o cuando envilecido se aproxima el océano  y se dividen las lágrimas entre las almas caducas para amortiguar el llanto que cae, tristemente. Y miro la lluvia y su afligido acento: las calles mojadas, los rostros cimbreantes, el ánimo perplejo. Y no dejo de pensar en  las pupilas de la vida con sus claroscuros en espejo.


Poesias leídas en escuela pública

Las poesias leídas hoy en la Escuela pública donde asisten mis nietos: una es del libro Sol de otoño/Sole d`autunno (2010) y otra es del libro Palabras/Parole (2009) Las comparto.
VIRTUDES Y HARAPOS
Cuando la luna
aguada
y serena
se instala
en la esquina
del altanero pueblo
un hombre
harapiento
lee las estrellas.
Sus pupilas
dilatadas
trocan
semillas
por deformes espejos.
Ni es jóven ni es viejo
y con sus manos
delinea
historias de chacales
y de amores ajenos.
Y nadie lo escucha.
es todo silencio
sin embargo él
danza con el firmamento.
Y su paso no existe
su sueño se ha muerto
mas el hombre virtuoso
con su voz quebrada
le canta a ninguno
acurrucado y solo
en la espalda del tiempo.
Y la luna se apaga
cerrando la noche
de todo mi pueblo.
Siento en mi corazón
un feroz aguacero:
un pájaro herido
ha sangrado en mi sueño.
JAZMÍN BLANCO
Jazmín blanco.
Aroma exquisito
sensual, delicado.
Impregnada noche
de sutil embriago.
Tropelía femenina
esconde la mano
a la luz de la luna
lo arranca del tallo.
Queda solo el tallo
sin el jazmín blanco.
Frágil jazmín blanco
sensual, delicado
no alcanza el rocío
ni lluvia de campo
ni néctar prestado
que le devuelva
su encanto.
Se ha marchitado.
Al llegar el alba
el solitario tallo
agoniza de dolor
sin el jazmín blanco.
Tropelía femenina
esconde su mano
a la luz de la luna
robando encantos.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Monólogo




En el envés
del tiempo
hubo mares rojos
y también silencio.
Nada más triste
que retornar
la vista
a los ojos ciegos
Y fuera de nosotros
ver danzar
entre sombras
a la indiferencia.
Necesito soñar
que todo es un mal sueño
Y que despertarán
los dormidos
antes de ser polvo

antes de ser miedo.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Había una vez/C'era una volta


Había una vez
una jaula
en donde
los pensamientos
dormían
a la vera
de los cerrojos
y los pájaros
que allí vivían
de tanto ver
el aire
supusieron
no ser esclavos…
Luego, los cerrojos
se abrieron
pero los pensamientos
necesitaban
la maledetta jaula.


C'era una volta
c'era una volta
una gabbia
dove 
i pensieri
dormivano
chiusi con catenacci.
Ma gli uccelli
che viveno li,
ogni tanto
vedevano
l'aria
per non sentirsi schiavi.
Poi i catenacci
si sono aperti,
però i pensieri
volevano
la maledetta gabbia.

martes, 15 de agosto de 2017

Versos invernales


Es invierno aún
y se queja
la muerte
de los días
y aguardan
los jardines
de colores
como propina
de los sueños
no cumplidos.
Es invierno aún
y me deleito
en el limbo
y su cadencia
con la poesía
como brindis
sensitivo.
Es invierno aún
y el horizonte
incomprendido
trueca almas
por apariencias
ensombrecidas
para morir
irremediable
a la vera
del sinsentido…

jueves, 20 de julio de 2017

Celebración

Celebramos la vida y la amistad cada día, pensé, mientras miraba la huella de los zapatos donde me encontré con los enigmas de los encuentros y desencuentros, con los retazos de camino acompañada por almas diferentes, y sonrío por todas aquellos hermosos signos que con el tiempo se afianzaron para establecerse mansos, sin más premisa que la de un lazo entre corazones sinceros. Me gusta celebrar la vida con un café, un abrazo, una carcajada, un paseo, un sueño, un debate, un libro, una canción, un viaje, todo ello asentado en el misterio de querernos porque si, porque así lo manda el latido entre las almas.

sábado, 8 de julio de 2017

L@s poet@s



L@s poet@s
soltamos
amarras
en las vertebras
de una poesía
que breve
dilata
el latido
Y busca
siempre busca
 la inmensidad
de un corazón
que la complete.


jueves, 6 de julio de 2017

Paladas

Paladas- Ana Caliyuri
"No podía quedar a mitad de camino entre la creación y el hechizo. En ese cosmos, es factible enlazar aquello que está hoy disperso, pero que en verdad siempre estuvo unido" dijo ella con voz grave mientras encendía su pc. Luego, irreverente, desempolvó la apariencia de los siglos y en el vano margen del absurdo abrió el libro amarillento en su página 62 y se fugó con los versos finales de “La vida humana” de Paladas de Alejandría: “Pero todos después, todos por último/abordamos, no obstante, en sólo un puerto./del seno de la tierra en lo profundo.” Advertida, sólo intentó convencer al mundo que no hay carpe diem que te salve de ser extinto.
Palade - Ana Caliyuri
Non poteva rimanere di passaggio a metà tra la creazione e l'incantesimo. In quel cosmo è fattibile allacciare quello che è oggi disperso, ma che in realtà sempre stette unito, ella disse con voce grave mentre infiammava il suo animo. Dopo, irriverente, spolverò l'apparenza dei secoli e nel vano margine dell'assurdo aprì il libro giallognolo nella sua pagina 62 e fuggì coi versi finali di "La vita umana" di Palade di Alessandria: "Ma tutti dopo, tutti infine / approdiamo, tuttavia, in solo un porto. / del seno della terra nella profonda." Notata, cercò solo di convincere il mondo che non c'è un carpe diem che ti salvi di esserti estinto.

miércoles, 5 de julio de 2017

Cosas del alma



Como el humo
que aneblina
la mirada
hasta sonsacar
el atisbo
de una lágrima.
Como la noche
que aprisiona
su blandura
en el espejismo
de una ola
que se marcha.
Como las cosas
que van y vienen
hasta que finalmente
se instalan,
es la disyuntiva,
la lógica
de lo ilógico,
en tierras

de almas.

jueves, 29 de junio de 2017

Alegoría


Yo no sabía que Ludmila era tan creativa, menos que menos que  iba a realizar semejante maqueta reproduciendo la fisonomía del barrio y como si todo eso fuese poco,  reproducir con lujo de detalles la cuadra de la calle Ombú entre Arrayanes y Favaloro. En esa cuadra, justo vivo yo, y también está el almacén de Quito Nieves, el kiosco de Manuel Lissis y la veterinaria de Federico Canice. Todo hubiese sido una caricia al sentimiento barrial  si no hubiera aparecido en la vidriera de la veterinaria un animal que despertó mi curiosidad y la de otros. Algunos decían que era un perro lanudo inmenso, otros  afirmaban que eran dos gatos pegados, y no faltó quien dijo que era un tigre diente de sable, y yo no quería desilusionar la imaginación de nadie, pero con mis lentes de superaumento pude ver que se trataba de un par de leones.
El veterinario Canice nunca había atendido a ningún león, ni siquiera los del circo de los hermanos Rivas que cada año venían al pueblo. Porque consideraba que debían estar en su hábitat.  Y tampoco era lógico pensar que Federico había enloquecido como para poner a la venta ( ni siquiera en maqueta) a un par de leones.
Después de muchos días de exhibición del barrio en miniatura, en el hall del Club Social y Deportivo “El futuro”, decidí intervenir. Y esperé sentada a la creadora de tamaña belleza,  mientras leía un periódico viejo. Tengo la manía de pensar que todo se repite,  hasta la historia de los pueblos y sus grandezas y miserias, y hojeando la página amarillenta pensé que todos somos una necrológica latente y para qué sirve ser tan soberbios, o falsos, o mezquinos, si el hoyo nos espera a todos. Estaba en esos divagues cuando la vi aparecer a Ludmila y me mandé de frente y le dije que la maqueta era hermosa, pero que los perros de la vidriera de la veterinaria no le quedaron muy bonitos porque parecían leones  y ya que estaba, le comenté el parecido con  los de la película Garras. Ella me miró sonriendo y me dijo: “Juana son dos leones” y más que asombrada le respondí que había cometido un error porque en la calle Ombú no habitaron jamás animales de la selva y que la veterinaria era responsable y que siendo yo la mayor del barrio podía corroborar eso. Y claro, me miró divertida y me dijo que la calle Ombú profundiza lo que no se ve de la sociedad, y que conocía muy bien al médico veterinario porque hacía más de veinte años que tenía una relación con él, pero que no convivían porque él era un hombre raro y ermitaño y aunque la amaba no estaba dispuesto a perder su libertad. Y seguí pensando en los leones de la vidriera y me dije “que tendrá que ver tal cosa”, hasta que Ludmila se acercó a mi oreja para decirme: “ Juana, el león es una alegoría de Federico Canice: él es un hombre que vive entre árboles”;  claro lo dijo en referencia a las calles Ombú y Arrayanes que es donde tiene la veterinaria, y siguió diciendome: “ es muy bueno, pero  necesita un trasplante de corazón al mejor estilo Favaloro para espejarse mejor en lo que siente” y claro que con semejante confesión me alcé de la silla para ver los leones de la maqueta, y a uno de ellos  le vi la mirada de Federico, los ojos  color miel, y la cabellera larga y espesa y me dije que la muchacha era muy  inteligente , porque la leona que lo acompañaba era estilizada  y de sagaz mirada color café como ella.
 Por esas cosas de la vida, estaba uo en esos menesteres de barrer la vereda cuando  la vi llegar a Ludmila, con dos bolsos pesados a la veterinaria.

 El caso es que comentaron en el barrio que ella y Federico se habían casado en secreto.  Y yo no pude dejar de sonreír porque desde que el mundo es mundo, los espejos tienden a despertarnos y como quien no quiere la cosa, pero queriendo, saqué los leones de la maqueta y me los llevé a mi casa. Siempre fui una solitaria y uno nunca sabe…

viernes, 23 de junio de 2017

De censuras , libertades y treguas


La boca
repleta
de pájaros
muertos .
Renacía
la tarde,
yo conozco
los soles
que habitan
muy dentro
y sacudí
los pájaros
a la sombra
de un sauce viejo.
Me inspiré
en sus alas
en sus remotos vuelos
y le supliqué
a la lengua
que abandonase
por un instante
la feroz tregua.
Y un día incierto
como un rio alado
que se enciende
volaron
las palabras
lejos de la jaula
cerca del firmamento
y me volví
a mirarlas
con ojos nuevos.

jueves, 15 de junio de 2017

Abstracciones

Me gusta el vuelo de los pájaros, la infinita libertad que atraviesan. Y es entonces cuando la pluma diseña el candoroso olvido de los pies en tierra. Busco los remolinos que centrifugan los pensamientos y en ese golpe de suerte, grabar el compás de los latidos en el gigante corazón del Universo. Cuando llego a la orilla del propio silencio, me reconozco solitaria y es en ese instante preciso la aparición del viento. Y nos mecemos, porque aun habiendo vivido extenso tiempo nadie olvida el primero de los vaivenes que nos trae el recuerdo. Me gusta el vuelo de los pájaros, en la sombras o a la luz de una luna llena. Cosas jamás extintas en las almas añejas…

miércoles, 31 de mayo de 2017

Nana blanca


Con ruido
de poesía
recogí
los restos
del alma
confiada
en deshacer
la oscuridad
con la mirada
de mi niño
que no dejaba
de pestañear
sobre mis lágrimas.
Y ellas exhaustas
se aparearon
con el silencio
que flotaba
y supe que la luz
era una tibia caricia
como una nana
que sublimaba
las gotas
hasta endulzarlas.

domingo, 14 de mayo de 2017

Frágiles hojas



Tantas danzas
tantas palabras
tantas gracias
tantos laberintos
tantas piedras
Y solo somos
frágiles hojas
en la fortaleza
de un hoy
que ya muere...


domingo, 7 de mayo de 2017

Entre puntos suspensivos


Me gusta nadar entre palabras como si la voz fuese de agua, como si el agua naciera de las lágrimas, como si ellas fuesen de mi otoño, la ausencia , y del presente, el olvido. Y me pregunto para no responderme dónde estará la sombra de lo más oscuro y donde anidan la impunidad y los puntos suspensivos para preguntarles cuántas veces han sido noticia por los siglos de los siglos.
¿Y dónde se hallan los que dicen amarnos y giran su vista hacia el vacio?
Alguna vez me sentí delfín, otras tantas veces fui silencio en tierras pobladas de caparazones como los míos. Y luego fui palabra para ser pájaro de las alturas, esos que hacen nidos en los misterios de papel para estar lejos de los cuervos mal habidos. Y ahora no estoy segura de ser pájaro, ni flor agrietada, ni silencio, ni siquiera una blancura de la inmensidad más sombría. Ahora me siento una gota del último rocío...

martes, 18 de abril de 2017

Promesas de soñadores



Prometeremos
inmensidades
que nos abarquen
desde el fondo
del latido
hasta la esencialidad
más humilde.
Y seremos noche
Y seremos día
con astros jamás vistos
y silencios
sin las bocas
entre vientos
compartidos.
Prometeremos
mundos justos
que nacen
de la bruma
Y se tornan
lluvia
en días
que nos halagan
con sus labios
recién nacidos.


viernes, 14 de abril de 2017

Más allá


Más allá
de todos los saberes
las albas
la ceguera
Y las cavernas
está el latido
haciendo luz
en la esperanza
de un día
como todos
en donde el sol
es un espejo
que se nutre
de aquello
que hacemos
en la brevedad
de un sentimiento.

sábado, 8 de abril de 2017

Un hombre de tierra eterna


La memoria de las cosas tiene música, me dijo él aquel día jueves mientras mirábamos los signos del atardecer. Recuerdo ese día por la catarata de silencios que disfrutamos a la vera del río Sena, clima conjugado por nuestras almas sólo interrumpidas por el canto variado del estornino pinto. Denis me habló del talento de esas singulares aves, capaces de imitar los sonidos del entorno; también me relató que William Shakespeare los mencionaba a menudo en poemas y obras de teatro. Yo había oído que esos bicharracos habían causado accidentes aéreos, que parecían malos y eran magros, que sus plumas no eran vistosas: pero nada de esto dije. Estábamos en un inolvidable instante romántico a orillas del Sena, alejados de la realidad y cercanos a las aguas de nuestros sueños. No hubiese sido justo quebrar la belleza con comentarios de tamaña crudeza. Estaba a miles de kilómetros de los amores dejados en Buenos Aires y aún disimulando el dolor del exilio con cara de As de copas, simulando (con dudoso disimulo) que era una turista más, una mujer entre tantas otras; sin embargo, al retornar a la mugrosa pensión donde vivía, no me esperaría mi madre con un tazón de sopa caliente ni estarían mis hermanos con el periódico en la mano para aprender a leer entre líneas. Nada de eso sucedería, pero él lo ignoraba.
En ese tiempo de oscura soledad, yo pensaba que nadie en este mundo se serviría del silencio para jugar con las volutas de humo del cigarrillo enredándose en mi cabello, o que en verdad serían excepcionales seres los que verían el embarazo de las luciérnagas en las noches en que las miradas entre dos almas se encienden. Denis era de esa clase de hombre, por esa razón fue mi par: en definitiva, mi salvación.
Nos habíamos conocido al cruzarnos en el tren que une Marsella con París, Marseille como solía decir él, a media voz. Fue mi manía de contar los asientos como si fuesen casilleros de vida o muerte lo que causó que fuese a parar a su lado. Pares es vida, impares muerte; él estaba sentado en el asiento número 13, despatarrado, con la mirada ausente y apoyando su cara angulosa contra la ventanilla. La muerte le rondaba, y yo, apegada a mis prejuicios, no quise que muriese; no sería ése el día de su muerte.
Me detuve en el pasillo, a un metro de su asiento, con la torpeza pegada a mi pequeña valija. No sé bien cuál fue el giro que realicé, o si mi pie izquierdo no quiso responderle a mi mente, pero terminé sentada sobre sus rodillas. Me miró y nació un gesto en sus labios un tanto divertido. Yo no podía decirle que iba a salvarle la vida. Le sonreí perturbada, me senté en el asiento contiguo y coloqué sobre mi falda la maleta. Colgaba de la manija de ella una tarjeta con mi nombre. La tapé con las manos, cruzándolas sobre el cartón rectangular escrito, para que él adivinase mi nombre o me preguntase cómo me llamaba. Fue en vano. El hombre sacó de su valija un libro, y con el impulso se deslizó un cuaderno que en su tapa decía Rayuela, lo hojeó y alcancé a ver el dibujo del juego de rayuela y la palabra maga escrita en letra mayúscula. Lo guardó y abrió el libro donde indicaba un bonito señalador, se concentró en la lectura. Las manos huesudas pasaban las páginas, y yo, aferrada a su vida, conté hasta veintidós. Veintidós páginas eran suficientes para hacer una pausa. ¿O es que los hombres no sueñan? No se puede soñar y a la vez concentrarse en la lectura. Cada actividad es descanso de otras, decía José Ingenieros —me dirá él un tiempo después—. Ese día, yo oficiaría de descanso de lectura al romper el hielo con una pregunta cuasi macabra. ¿A quién se le podría ocurrir hablar de la muerte en un viaje tan vivo? Le pregunté si alguna vez había sido pasajero de un tren que hubiese sufrido un descarrilamiento. Recuerdo su cara de sorpresa y la respuesta: “La muerte se paga, viviendo” como dijo el maestro Ungaretti.
Yo estaba ávida de vida, pero la muerte me cortejaba. Estaba ahí, en París: a kilómetros oscuridad de mi propia luz. Así se siente cuando el alma se quiebra a diario. Cuando la soledad es el único resguardo en donde masticar el desamparo. Nada de eso le dije. En esa oportunidad no hablé de mi muerte. En esa oportunidad yo lo estaba salvando y él no lo sabía. Lo salvé por eso de que a pares se vive y a impares se muere. Sólo por eso.
El viaje se tornó interesante. Hablamos de música, coincidimos en que nada era más sublime que escuchar los preludios de Bach, le relaté con emoción que el preludio número uno me transportaba hacia mundos puros donde el cielo es celeste, allí donde los bichos malos o los cuervos no existen. Me miró sorprendido, me preguntó si había leído a Poe, negué varias veces con mi cabeza para luego recitarle unos versos impresos sobre un cartel en la puerta de entrada de la pensión. Si mal no recuerdo decían:
“Y mi alma, de la sombra que yace flotando
en el suelo no se levantará...
¡Nunca más!”
Después de recitar esos simples versos, creí haber visto una lágrima caer, no pude precisar si una lágrima mía o una de él, no reviste mayor importancia: las lágrimas tienen la característica de ser personales y universales. Es un derecho el llanto, dijo Denis, aunque a veces el corazón decide no llorar y se empobrece de silencio. Los que están lejos del terruño y no lloran son pobres, los que pierden los sueños y no lloran, también.
La lágrima sin dueño cayó en mi mejilla izquierda; y a ésa, otras más le sucedieron. Denis, con la vista nublada, sacó un pañuelo de seda del bolsillo del pantalón para secar mi llanto. Fue un instante mágico: no hay pañuelos que sequen los recuerdos, pero hay pañuelos que alivian.
Creo que esto de ser sensible, torpe y acaso intuitiva, le ocasionó cierto interés.
A punto de llegar a destino me regaló su pañuelo de seda, dejando sus lágrimas de tinta como huellas en la tela.
Me sentí reconfortada, yo sólo era una mujer en el exilio y él, mi querido Denis, un hombre de tierra eterna.
Julio Denis: seudónimo que utilizó Julio Cortázar.
Del libro "El infinito en una lágrima" - Edic. Tahiel 2015

domingo, 2 de abril de 2017

Viaje


Iba caminando por la vereda del otoño, a sabiendas de que hay un paso perenne y otro que muere. Y pensé en esto de viajar hacia lo más profundo de uno mismo, y pasar por los lugares comunes y los sentimientos y las creencias y los sueños y las rutas sin atajos y el hambre de preguntas que jamás se mitiga aún en tiempos de ocasionales respuestas. Entonces uno camina de ida y vuelta por el callejón de los recuerdos, y se cruza con anchas avenidas de instantes llenos, de vida y más vida en los pensamientos. Y como cualquier viaje que llenamos de expectativas, se parece a la existencia: todos tenemos un boleto, un pasaje de ida y estaciones repletas. Y he allí el misterio de los días soleados, los sombríos, los de lluvia y hasta los gélidos. Luego, sueño como sueñan los vivos: caminando sin tiempo.

domingo, 19 de marzo de 2017

Ideas y latidos



En esta hora
de nostalgia
sobre el dorso
de las ideas
afilo
la palabra
y afilo
el pensamiento
y dejo mi latido
suspendido
en el aire
con el eco
de otros ecos.
¿Será que se fractura
el otoño
y los pétalos perdidos
recuerdan
viejos cuervos
o será que mi alma
transita
errante
para no matar
los sueños?


martes, 28 de febrero de 2017

Inocencia

Y recuerdo de la marea, su salobre, y de la cadencia, el zigzag del viento, y de la profundidad el mayor de los abismos, y del misterio la forma del asombro. Remembranzas de la mar y el alma. Las imágenes perfumadas de preguntas que a la orilla no traen respuestas. Y de pronto como si fuese esa gaviota lejana aspiro al vuelo y nada me intimida, ni siquiera esa inmensidad cargada de melodías que no comprendo, tal vez porque me gusta escribir versos de agua en el aire con inocencia.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Risueño ángel


Sobre el tapiz del alma , revolotea una hermosa voz que porta un par de alas blancas. Colibrí de los cielos antiguos, transparencia que hila las maravillas que muy dentro viven desde antaño. Será que la palabra se hizo de aire o tal vez ha sido el aliento del despertar de un ángel. Tan mío y tan descarnado, tan fresco y risueño como un manantial que juega a sonar entre piedras y pequeños soles reflejados. Se suspende alado y cosecha incontables lágrimas, las fervorosas, las ancianas, las nuevas, las primigenias y las humanas.  Dejará el tiempo de las claridades que, entrañados, reposemos otros lares, o tal vez, será la palabra anfitriona de la fusión inconmensurable entre la carne, el alma y mi ángel.


domingo, 29 de enero de 2017

Grito


Desborda
la figura,
sobresale
de la carne
y se instala
áfono
en la memoria
de la noche
que reaviva
el duelo
entre el grito
y los silencios.
El erizado
recuerdo
corre veloz
y se hace eco
para detenerse
a la vera
de otros gritos
ya muertos.

martes, 3 de enero de 2017

Doce sillas



Eran doce asientos, bien dispuestos uno al lado del otro. Las cabeceras serían ocupadas por los anfitriones y el resto sentado a piacere. No me gusta el bullicio, traté de buscar una silla especial para mi fobia, de esas que no están ni cerca ni lejos de los demás. A punto de hallarla vi como una chica de pelo largo y lacio se ubicaba en mi silla elegida. Opté por otro asiento, y compartí la velada lo mejor que pude. El brindis por el nuevo año no se hizo esperar y en la campanada doce todos alzamos la copa y nos sorprendimos del corte de luz. El jolgorio inicial se tornó en otra cosa,: misterio y sorpresa, pero en un santiamén aparecieron varias linternas de los teléfonos y volvimos a vernos los rostros. Brindamos y salimos al patio para alzar la vista al cielo: los fuegos artificiales ocuparon nuestros sentidos. Sacamos fotos y a la media hora retornamos al comedor,  todo hubiese sido anecdótico, un simple hecho. Pero no fue así. No encontramos a la chica morocha de pelo lacio, en realidad me dí cuenta porque ella había elegido la silla que a mi me gustaba. Pregunté por ella y vi la cara de asombro de todos
         —¿Qué chica? ¿ De quién hablas?
         —De la morocha de pelo lacio…
         —No hubo ninguna con esas características entre los invitados.
Confieso que me dio un ligero temblor y recordé la fotografía sacada con el teléfono celular al momento del brindis. Fui a la galería de fotos con cierto aire de : ya van a ver… Miré una por una y la mujer en cuestión no estaba en ninguna foto y es más, la silla estaba vacía. Me quedé como suspendida en el aire, un fuerte dolor de pecho se apoderó de mí y sólo sé que después de un par de horas también mi silla quedó vacía, hasta que en la madrugada la volví a ocupar.. Tampoco sé muy bien si estuve donde creí . Es que en las noches de amor y encuentro familiar lucho por volver a estar, como la chica morocha de pelo lacio que me recuerda a mi abuela cuando era jovencita. Solo la intuición me hizo saber que las dimensiones suelen cruzarse cuando brillan las casas con amor.