domingo, 25 de junio de 2017

Silenciosa campana



A menudo pienso en mi niñez y no escapo a los recuerdos del fútbol, de mis muñecas bailarinas, de los buñuelos de manzana de los domingos y de los partidos llenos de inquietud  que se jugaban en mi barrio. Y me acordé del farol, del único farol que estaba en la esquina de mi casa  para iluminar poco y nada, pero que a fin de cuentas era todo lo que necesitaban los pibes de la cuadra.
 Justo ahí , bajo el farol, en medio de la calle polvorienta, se armaban unos partidos memorables durante las noches, más precisamente después de cenar. Ese jueves de primavera que mi mente trae con regocijo, no había pelota para jugar y los chicos sentados en la vereda mascaban aburrimiento y rabia. Es que Fernandito tenía paperas y la única pelota de futbol era la de él y para colmo se la había olvidado en casa de su abuelo Lesá, y todos le temían a Lesá, por eso de que tenía mal carácter y que de tanto en vez los había sacado corriendo con la escoba, cuando la pelota caía sobre su huerta. Asi que a Pecos Bill, asi lo habían apodado al colorado por las pecas, se le ocurrió una idea, y me dijo: “ Marianita te necesito de campana” y yo no sabía bien que era ser campana, pero Pecos Bill era bueno y todos confiaban en él. Lo seguí embelesada, era la primera vez que los pibes del futbol necesitaban de mi, y si tenía que tocar campana o  hacer de campana o lo que fuese, lo haría. Pero no me llevó a la Iglesia, la pasamos de largo, y me hizo sentar en el umbral de su casa con la única consigna de tocar tres timbrazos si aparecía su mama Coca, que había ido a misa de ocho.
El colorado entró a su casa y tardó un rato, yo estaba un poco nerviosa porque a lo lejos me pareció ver venir a la Coca, pero fue solo mi imaginación.

Cuando salió,  me dijo: “gracias Marianita, te podés ir” y yo no me quería ir porque intuí que algo escondía. Corrió hacia donde estaban todos los pibes y yo corrí tras él con tanta mala suerte que me tropecé y caí. Se rasparon mis rodillas y me aguanté el dolor, y así medio renga me fui acercando a la rueda que habían hecho. No alcanzaba a ver mucho, pero si escuché que el colorado decía:”metéle , hacéle el torniquete, no no , asi no, para adentro, metéle diarios, dale tres vueltas” y me dio ganas de llorar porque yo había sido campana y ellos no quisieron que yo viese nada, pero el farol iluminó la sonrisa de Pecos justo cuando lanzó al aire una pelota brillante, pequeña. Me di cuenta que no picaba y no solo eso, en una de esas vino la luminosa a parar al lado mío por un pase mal hecho de Juan Cisneros y la toqué con mis manos, y sentí que era sedosa, y como quien no quiere la cosa corrí hasta abajo del farol para ver con más nitidez y me di cuenta que era una pelota hecha con media de nylon. Y se me subieron todos los colores a los cachetes, sobre todo porque la vi venir a Coca ,furiosa hacia donde estábamos. Cuando estuvo cerca de pecos Bill, lo agarró de una oreja, mientras le decía: “ dejaste las medias tiradas en el piso y falta una de mis medias que seguro usaste para hacer la pelota” y yo me sentí cómplice por primera vez , no obstante dejé la pelota en el suelo y salí corriendo. Los chicos empezaron a corear ”Coca, Coca, Coca” y se ve que nadie escapa al segundo de gloria chica y la madre del colorado se detuvo, y con un gesto de fastidio mal estudiado, agregó agitando su dedo índice. “ que sea la última vez “ y pateó la pelota hacia donde estaba Valentín, que a pesar de tirarse a lo largo de su cuerpo no pudo evitar el gol. Y todos aplaudieron, menos yo que me sentí descubierta cuando me dijo: “ Marianita te vi sentada en la puerta de casa hace un rato. ¿Necesitabas algo? Y negué con la cabeza,  dos o tres veces, y me puse a peinar mis muñecas como si nada hubiese sucedido, después de todo había sido elegida para ser una silenciosa campana.

viernes, 23 de junio de 2017

De censuras , libertades y treguas


La boca
repleta
de pájaros
muertos .
Renacía
la tarde,
yo conozco
los soles
que habitan
muy dentro
y sacudí
los pájaros
a la sombra
de un sauce viejo.
Me inspiré
en sus alas
en sus remotos vuelos
y le supliqué
a la lengua
que abandonase
por un instante
la feroz tregua.
Y un día incierto
como un rio alado
que se enciende
volaron
las palabras
lejos de la jaula
cerca del firmamento
y me volví
a mirarlas
con ojos nuevos.

jueves, 15 de junio de 2017

Abstracciones

Me gusta el vuelo de los pájaros, la infinita libertad que atraviesan. Y es entonces cuando la pluma diseña el candoroso olvido de los pies en tierra. Busco los remolinos que centrifugan los pensamientos y en ese golpe de suerte, grabar el compás de los latidos en el gigante corazón del Universo. Cuando llego a la orilla del propio silencio, me reconozco solitaria y es en ese instante preciso la aparición del viento. Y nos mecemos, porque aun habiendo vivido extenso tiempo nadie olvida el primero de los vaivenes que nos trae el recuerdo. Me gusta el vuelo de los pájaros, en la sombras o a la luz de una luna llena. Cosas jamás extintas en las almas añejas…

jueves, 8 de junio de 2017

¡Cuidado con Lesá!


No sé si se agiganta la memoria con el paso del tiempo, o si en verdad este recuerdo de la niñez generó en mí, algo imborrable. Como sea, por acá ando, ya no niña, reviviendo instantes para exorcizarlos o algo así.
Me apego a las imágenes de unas calles de tierra, un puñado de casas y el potrero donde jugaban al fútbol los pibes del barrio, entre ellos, mis hermanos. Los arcos delimitados por piedras, tierra suelta , ansias de ganar, la rabona, la pared entre el Negro y Juan, era lo que se necesitaba para ser feliz por un rato.
Justo al lado del potrero, había una casa tipo rancho, donde vivía  el abuelo italiano de Fernandito. Solía sentarse a ver los partidos en su mecedora y aunque lo saludábamos, él jamás nos devolvía el saludo. Debo decir en honor a la verdad que  le teníamos miedo por la cara que nos ponía al vernos: ojos entornados, rictus amargo, bigotes duros y manos crispadas.  Le decían Lesá, con el tiempo supimos que se llamaba Alessandro. Era un hombre de pocas palabras y aunque no sabía leer ni escribir , se las ingenió para la supervivencia en un país lejano , “troppo  lontano, demasiado , como para pensar en volver a la “isola”, como le decía él a Ischia, su lugar de nacimiento. Tenía el hábito de  masticar una pipa, digo masticar porque aunque lo espiábamos nunca vimos salir humo ni de su boca ni de la pipa.
Esa tarde de junio que fue memorable para todos los que ahí estábamos, había partido . El Juanchi  ( el dueño de la pelota de tiento) llegó con la redonda abajo del brazo. Después llegaron otros y empezó el juego de la pisada entre el Juanchi y el Colo, adelantando un paso cada uno, enfrentados ellos, hasta que el Juanchi pisó al Colo y entonces tuvo prioridad para armar el equipo y como era de esperar eligió al Chueco para que jugase de su lado, era el mejor,  y así, uno por uno, iban eligiendo hasta que llegó el gran problema: nadie quería ir a atajar y Juanchi dijo. “ Fernandito andá al arco” y ahí  se armó la gresca porque Fernandito no quería ir y no sé bien cómo fue porque yo estaba entretenida  vistiendo a mis muñecas porristas, hacía mucho frío y las estaba abrigando con  bufandas y polleras largas, pero sí alcancé a ver a Fernandito que se fue llorando para la casa de su abuelo Lesá.
 Y todo hubiese terminado ahí, pero en un momento del partido, la pelota picó mal y fue a parar a los pies de Lesá y lo vimos sacar una navaja de su bolsillo y herir de muerte a la redonda. Cuando estuvo desinflada la colocó debajo de sus pies, ante la mirada incrédula de todos nosotros.
No me acuerdo otros detalles, pero si sé que a partir de ese día, Fernandito nunca más fue al arco y aunque no era bueno en ningún puesto, todos hacían la vista gorda ante su torpeza, incluso mis muñecas que lo saludaban con nuevas coreografías al entrar a la cancha.


miércoles, 31 de mayo de 2017

Nana blanca


Con ruido
de poesía
recogí
los restos
del alma
confiada
en deshacer
la oscuridad
con la mirada
de mi niño
que no dejaba
de pestañear
sobre mis lágrimas.
Y ellas exhaustas
se aparearon
con el silencio
que flotaba
y supe que la luz
era una tibia caricia
como una nana
que sublimaba
las gotas
hasta endulzarlas.

sábado, 27 de mayo de 2017

El día de las mariposas


Una vez le pregunté a mi prima, si recordaba ese domingo de primavera en que nos llevaron a la cancha de fútbol del Club Movediza, para asistir a un partido de las inferiores. Ella me miró asombrada porque no tengo mucha memoria de la niñez. Pero claro, hay momentos que son inolvidables, y ese había sido uno.  Me pidió que se lo relatase y mientras tomábamos unos mates amargos, acudí a los recuerdos.
Nos habían preparado para ir a la cancha  como  si fuésemos dos flores : vestidos color rosa con el canesú nido de abeja, medias can can blancas y zapatitos Guillermina, así se llamaban, de cuero negro con un botón forrado al costado. El cabello recogido con lazos de colores y  carteritas de plástico calada donde poníamos los caramelos y muñecas para jugar.
Estábamos acostumbradas a ubicar nuestras muñecas porristas sobre la línea lateral izquierda de la cancha, marcada con cal, antes del inicio del partido.
Nos estaba vedado jugar al fútbol, no era un juego para nenas, decía la sociedad en esa época. Nosotras nos hubiésemos conformado con llevar el agua para refrescar a los jugadores durante los quince minutos del entretiempo.  Pero, estaban el colorado Luis y el chueco Silvestre, con las cantimploras llenas y ellos eran los aguateros del equipo.
Mis hermanos estaban muy entusiasmados porque estrenaban camiseta, una roja con una banda cruzada  de color amarillo  y aunque eran hinchas de los gauchos de Boedo, la llevaban con dignidad barrial. Los pantalones blancos les quedaban grandes, pero, mi madre a último momento les puso un elástico doble para evitar que se les cayesen mientras jugaban, porque hubiese sido un gran papelón.
El partido se puso difícil en el minuto cuarenta porque en un choque de cabezas, buscando el gol, quedaron tendidos en el suelo el Rulo Sanchez y Hernán Boloroco. Justo los dos mejores delanteros del Club Movediza, y ahí fue cuando el técnico miró al colorado y al chueco (los aguateros) y pidió el cambio . Los pibes saltaron de alegría cuando les arrojaron las camisetas y quedaron las botellas de agua , abandonadas, sin dueños. Y juro que sentí que esos envases de vidrio de formas caprichosas, me miraron: primero a mí y después a mi prima.  Así que guardamos las muñecas porristas en las carteras y nos hicimos cargo del agua. Cuando llegó el entretiempo corrimos al centro de la cancha con las botellas aferradas al pecho.  Y en la carrera, los moños del pelo,  por obra del viento ,se desprendieron de los cabellos y en movimiento ondulatorio, ascendieron, hasta caer sobre las primeras flores de primavera. Y alguien sacó la foto, y asi fue como en el periódico del lunes aparecimos  fotografiadas con el título: el día de las mariposas. Claro que me gustó verme, pero también aprendí que las mariposas tienen poca vida porque al domingo siguiente el chueco y el colorado llevaron reemplazos, por las dudas, y nosotras no volvimos a pisar la cancha .
El mundo del fútbol siempre nos sorprende, y todo muta, y progresa , y aunque he perdido los moños de colores hace mucho,  jamás perdí el apasionamiento que genera el fútbol y mucho menos las esperanzas de ver a mis nietas jugando algún mundial ,mientras me tomo unos mates, ya no amargos…


domingo, 21 de mayo de 2017

Romance con los ganadores


A veces me he sentido salmón en ruta del desove, remontando el río de dificultades, saltando obstáculos a diestra y siniestra, sin olvidar que  hay un paraje final que a todos iguala y del que nadie se salva.  Y esto de aprender a conocer el mundo, las almas y los corazones, es ardua tarea cuyo fondo blanco suele ser turbio.
Solemos vivir romances con aquellas cosas que nos gustan, nos emocionan, nos desvelan: la música, los deportes, un pasatiempo y enésimos etcétera.
A muy corta edad, no tendría más de siete años, fui  testigo de un romance entre la redonda y dos divisiones de clubes de barrio. Justamente del barrio de mi casa, aledaño a la estación de ferrocarril, allí donde todo se mide con el pitido del tren.
Yo era la única niña de la cuadra, y como si eso fuese poco, había dos canchitas de futbol en la misma manzana, razón por la cual no tenía con quien jugar y mis muñecas no tuvieron más remedio que convertirse en porristas de fútbol para amenizar los minutos previos a los partidos.
” Los pibes de la estación “y “Los primos del Rulo” estaban últimos en la tabla.  Ya desde muy niña me gustaba  alentar a los rezagados, será por eso de que la victoria es siempre un espejismo que  poco refleja.
En el barrio existen otras reglas y fue entonces que  el Club de la estación organizó una final  entre los cuatros últimos de la tabla. Y mis dos equipos elegidos, después de disputar partido revancha con “Los panaderos “ y “Los olboys “ quedaron como finalistas. El premio a disputar era un cajón de gaseosas, las de botellas pequeñitas, esas que guardan la magia de las burbujas dulces en su pequeñez.  
Las madres de los jugadores llevarían tortas para engordar el premio y por supuesto, mis siete muñecas porristas, estaban convocadas.
Ese domingo memorable, el de la final, la madre del Rulo apareció con dos tortas gigantes: una era rectangular simulando la cancha de fútbol con los jugadores y la otra era una pelota toda de chocolate. Nos enamoramos a primera vista de la redonda, tan brillante, tan apetecible, tan perfecta, tan tentadora. Hubiese pellizcado el balón para probarlo, pero no lo hice porque las muñecas hubiesen querido también y yo nunca fui egoísta y la torta hubiese perdido encanto. El partido fue muy aburrido y la definición por penales le dio la victoria a “Los pibes de la estación”, que dieron la vuelta a la cancha con la pelota de chocolate ante la vista de todos.
Nosotros tuvimos la  ilusión de que nos convidarían aunque sea un confite, pero se llevaron la pelota al vestuario. “Los primos del Rulo” en cambio, compartieron la cancha gigante recubierta de dulce de leche y grana verde y alcanzó para un pedacito para cada uno. Pero la verdad es que mis muñecas y yo no dejamos de pensar en lo rica que debía de haber estado la pelota de chocolate. Y la imaginé derritiéndose dentro de mi boca y chorreando entre mis labios hasta saciarme ; fue en ese instante cuando vimos brillar la bandeja de la pelota de chocolate, en manos del capitán del equipo ganador, y como si eso fuese poco  venia hacia donde nosotros estábamos ubicados. La decepción sobrevino cuando depositó a nuestros pies la bandeja con restos de chocolate manoseado y confites mordidos. La madre del Rulo vio todo a distancia, hasta que se aproximó y nos dijo que estábamos invitados todos para el próximo domingo y que traería una pelota de chocolate para compartir. Y como si todo eso fuese poco, sacó de adentro del baúl de su auto dos tortas con merengue. Una la cortó para convidar y la otra la colocó en la bandeja de los restos de la pelota de chocolate, previo a limpiarla con un repasador cuadrillé. Y lo llamó al capitán, al Rulo y le dijo que se la llevase al equipo ganador. El Rulo, su hijo, se aproximó al grupo de “Los pibes de la estación” y les dijo que era para festejar. Y yo y mis muñecas y los demás nos quedamos sin palabras, hasta que me animé y le pregunté a la madre del Rulo porqué le había dado la bandeja con una torta tan rica si a nosotros nos habían querido convidar las sobras, y ella con ternura, acarició mi mejilla para decirme al oído: “ cada uno da aquello que tiene en su corazón”. Y fue entonces que mis muñecas y yo nos hicimos hinchas del equipo del Rulo, porque después de todo aunque "Los pibes de la esación" se creyeron ganadores, yo vi al equipo del Rulo  ganar por goleada…




lunes, 15 de mayo de 2017

La magia de los supuestos



Escuché el sonido de vidrios rotos y miré para todos lados buscando un indicio, algo. Una pelota de fútbol detenida al lado de la planta de jazmín, en el patio de mi casa, me hizo suponer que ella había sido la causante. En el potrero de al lado estaban los pibes del barrio jugando al fútbol y con espanto, recordé que si mi abuelo Domenico descubría la rotura de algún vidrio, la pelota sería acuchillada.  Así, literalmente: acuchillada. Siempre comentaba que los chicos jugando le estropeaban los plantines con la pelota o le rompían algo y juro que en una ocasión lo vi darle puntazos al balón con el cuchillo de hacer surcos en la tierra. Lo que mi abuelo no sabía era que los pibes habían juntado hasta el último pesito para poder comprar la pelota, y él,  así sin aviso, la había herido de muerte hasta dejarla sin aire.
Yo no me animé a contarle a nadie que los restos de la  pobre pelota habían sido enterrados junto a los plantines de morrones. Bueno, alguna vez pensé que el morrón rojo que crecía a destiempo, el más grande de todos, era el corazón de la redonda. De alguna manera las pasiones brotan de bajo tierra.
 Me había jurado a mi misma que no permitiría que sucediese una próxima vez. Y ahora, ahí tenía a la pelota en terreno peligroso y a mi abuelo rondando por la huerta. Como si todo eso fuese poco, al ir por el caminito de piedras blancas en busca del balón, vi el vidrio del ventiluz del galpón hecho pedazos en el suelo. Sin dudas la pelota era la culpable, esto de salvarla me exponía al enfado de mi abuelo y la consiguiente penitencia, que para una niña de diez años era no salir a la vereda a jugar a las payanas. Y yo amaba jugar a las payanas, por eso de equilibrar las piedras en la palma extendida de la mano y lanzarlas hacia el cielo para recibirlas.
Pero no me quedaba más remedio que exponerme. Barajé varias ideas, la primera fue devolver la pelota a la canchita de al lado, pero cuando la tomé con las manos para pasarla por arriba de la pared, supe que ese muro era demasiado alto y que jamás lo lograría. La escalera que mi abuelo usaba para podar los arbustos era una buena solución, claro que justo en el momento en que iba por ella, lo vi a él con la tijera de podar en el último peldaño. Y entonces, como esas cosas impensadas, me puse en el esquinero del patio con la pelota al pie, y medí mis pasos, una buena carrera  y de puntín la pasaría para el otro lado. Así lo hice y respiré aliviada cuando vi la pelota por el aire pasar por arriba de la pared. Salté de alegría , pero todo se detuvo al momento de darme cuenta que le impuse tanta fuerza al golpe que había roto la puntera de mi zapatilla izquierda. No sabía que era zurda para patear y eso me sustrajo de la preocupación, sobre todo que dicen que somos menos los que saben pegarle con la izquierda y me sentí feliz. Estaba en ese pensamiento cuando vi a mi abuelo venir hacia mí. Miré el ventiluz roto y traté de distraer la atención subiéndome al viejo monopatín oxidado.  Domenico pasó de largo y nada preguntó. Respiré aliviada. 
En eso veo entrar a mi hermano con cara de descompuesto, y pálido me preguntó si había visto la pelota nueva que le había comprado nuestro padre. Y todo pareció girar en torno a mí, y perdí el equilibrio para caer  justo encima de los morrones. Y reparé que ya no estaba el más rojo de todos, el corazón de la pelota, y supuse que se había mudado a un mejor lugar: al potrero de al lado. 
Con cara de yo no fui, alcancé a responderle a mi hermano, desde la tierra mojada: yo juego con las payanas. Eso hubiera sido todo, pero además esa tarde vi cuando mi abuelo colocó el vidrio nuevo del ventiluz. Y pregunté con cara inocente qué habia pasado y me dijo que la punta de la escalera de podar se había incrustado sobre el vidrio al momento de apoyarla, ocasionando la rotura.
 Y me  empecé a reír sin poder parar, hasta que ya más calmada acomodé las payanas en mis manos y las lancé al aire como si fuesen piezas mágicas, después de todo también la vida y la pelota de fútbol suelen jugar a la magia de los supuestos...







domingo, 14 de mayo de 2017

Frágiles hojas



Tantas danzas
tantas palabras
tantas gracias
tantos laberintos
tantas piedras
Y solo somos
frágiles hojas
en la fortaleza
de un hoy
que ya muere...


lunes, 8 de mayo de 2017

Los goles en la pizarra



Cuando yo era niña pensaba que los domingos existían  para jugar al fútbol y que los días restantes estaban de relleno.  También creía que la vieja  pizarra de madera, pintada de negro, colgada en una pared del galpón de mi casa,  estaba justamente ahí para que  yo escribiese los resultados de los partidos.  Y de ese modo, multiplicando esperanzas, sumaba puntos para San Lorenzo de Almagro, mi equipo favorito de Primera división, aún a costa de restar goles de los adversarios. Todo eso sucedía hasta cruzarme con la mirada leal de mi padre que me acercaba un trapo mojado para que borrase aquello que adrede había contabilizado mal. No se podía hacer “trampa” , era indigno aunque fuese en una pizarra que nadie vería más que nosotros.
Cada sábado preparaba las tablas con la lista de los equipos que jugarían al día siguiente en el costado izquierdo de la pizarra, y en el otro lado armaba el fixture local.
Como cada fin de semana, asistiría con mi familia a ver el clásico. Aquél domingo que recuerdo con nostalgia, se jugaba un partido definitorio entre el Club Ferroviarios  y  Defensores de Ayacucho. Nosotros vivíamos en el barrio de la estación y por supuesto, éramos hinchas  acérrimos de nuestro club ferroviario.
Yo estaba ensimismada en el último regalo que me había hecho mi tía: la maravillosa “pizarra mágica”, la rectangular  enmarcada en plástico brillante de color rojo, la autoborrable que traía un lápiz de plástico imantado. Intuí que no me dejarían llevarla a la cancha, era un juguete nuevo y caro, pero también estaba convencida de que era la única oportunidad que tendría de hacer trascender mis anotaciones frente a otras personas. Fue por esa razón que, a escondidas de mi madre, puse la pizarra dentro de la canasta, al lado del plato de buñuelos de manzana que ella había preparado para esa tarde gloriosa. La tapé con un repasador cuadrillé y escondí el maravilloso lápiz  en el bolsillo izquierdo de mi tapado de gabardina color azul.
Salimos todos juntos hacia la cancha de Ferroviarios; era de tierra con sus marcas de cal blancas y sus arcos de madera pintados de sintético blanco, donados por el carpintero Giménez.  Los palos estaban desnudos aún, porque la red estaba por venir de Buenos Aires y nunca llegaba, se decía que en el camino se había quedado el dinero , pero nosotros preferíamos creer que la red vendría algún día.
Por lo general, mi padre con mis hermanos se colocaban detrás del arco rival para ver con claridad la jugada al momento de vencer al arquero; en cambio a las mujeres nos mandaban a los laterales de  la cancha y si era posible con las puertas del coche abiertas para evitar que la pelota golpease a la nena, que venía ser yo.
Lo que ellos no sabían era que esa tarde había llevado la pizarra mágica y que por obra y gracia de la pasión, había sido nombrada por esas cosas del alter ego, como la anotadora oficial del partido.
Mis manos sudaron de tanto esperar el primer gol, que llegó al minuto cuarenta y que  anoté con fastidio porque fue del equipo rival. Primero elegí el número uno, o sea uno a cero, pero después me arrepentí y coloqué una cruz a modo de juego del Ta te ti.
A los cinco minutos de iniciado el segundo tiempo hubo una falta en el área chica y fue penal para Ferroviarios. Con alegría anoté el gol con una cruz del doble del tamaño de la anterior.
Ya quedaba poco para el final del partido y me fui acercando hacia donde estaba mi padre con mi pizarrita en mano.  Y alcé la vista hacia el área y justo  vi como se llenó el pie el delantero Juarez  y como la pelota dio en el travesaño para rebotar luego sobre la línea y grité el gol, y lo anoté en la pizarra, pero el juez de línea hizo señas de que no había sido y  por un instante todo fue silencio hasta que un grupo de hinchas invadió la cancha para reclamarle al árbitro y ahí terminó el partido.
 Juro que  la pelota entró, yo la vi, pero a veces el fútbol es como mi pizarra mágica y en un instante, aquello escrito con pasión, desaparece, se borra y todo vuelve a empezar…




domingo, 7 de mayo de 2017

Entre puntos suspensivos


Me gusta nadar entre palabras como si la voz fuese de agua, como si el agua naciera de las lágrimas, como si ellas fuesen de mi otoño, la ausencia , y del presente, el olvido. Y me pregunto para no responderme dónde estará la sombra de lo más oscuro y donde anidan la impunidad y los puntos suspensivos para preguntarles cuántas veces han sido noticia por los siglos de los siglos.
¿Y dónde se hallan los que dicen amarnos y giran su vista hacia el vacio?
Alguna vez me sentí delfín, otras tantas veces fui silencio en tierras pobladas de caparazones como los míos. Y luego fui palabra para ser pájaro de las alturas, esos que hacen nidos en los misterios de papel para estar lejos de los cuervos mal habidos. Y ahora no estoy segura de ser pájaro, ni flor agrietada, ni silencio, ni siquiera una blancura de la inmensidad más sombría. Ahora me siento una gota del último rocío...

miércoles, 19 de abril de 2017

La taba empalagosa


Esto de mirar de lejos es una vieja costumbre que se entrecruza con la niñez. Pero mirar de lejos, es una compleja manera de decir, cuando de fútbol se trata. Será porque hay riquezas del espíritu que se miden con la vara de las pasiones colectivas y lejos de abochornar mis días, los campeonatos mundiales de futbol, me arrastran a desarrollar conocimientos, relaciones impensadas, conductas alocadas y hasta gustos jamás probados. Por eso cada cuatro años me transformo, y todo redunda por un mes, en mutar. Y mutan los horarios de almuerzo o cena, los menúes, las vestimentas, las conductas y la casa se convierte en un indomable potro al que todos acariciamos. Como un recién nacido que nos lleva por el camino de los sueños e ilusiones y en donde todos ponemos un poco de laureles, frustraciones , memoria y favoritismo.
Aquella tarde que recuerdo, era la final de la Copa del Mundo, en el Estadio Azteca de México y jugábamos frente a Alemania. Me levanté más temprano que de costumbre, tenía que hacer las rosquitas fritas empapadas en almíbar, recubiertas con confites, para la hora del partido. Era la cábala, una suerte de taba empalagosa que nos daba fe. Porque hay que tenerle fe al equipo que juega, pero también acompañarlo de algún misterioso modo.
Teníamos al mejor de todos los tiempos, nuestro Diego, pero él debía hacer la diferencia, ya que los alemanes siempre nos habían ganado o empatado. Solo los grandes construyen confianza, y confiábamos en él.
Llegó la hora del encuentro. El mate circuló de mano en mano y los nervios también. Éramos más de veinte, reunidos frente al televisor, por lo que fue necesario armar la platea sentándonos en el piso. Y como esas cosas que suceden por obra y gracia de la pasión, de repente me encontré haciéndole cuernitos con los dedos a los tiros libres de los teutones y diciendo cosas irreproducibles con tal de frenar el avance del rival. E impuse, ante el peligro en el área chica, el doble cuernito, gesto que hacíamos cada vez más cerca de la pantalla de Tv. Como si nos hubiésemos trasladado al estadio mexicano estábamos unidos por el aire de la victoria y me di cuenta de que el corazón futbolero vuela y es un pájaro capaz de hacer periplos en bandada.
Al minuto veintitrés llegó el gol del Tata Brown , y recordé un dicho de mi abuela que decía: no es necesario brillar a cada rato, solo cuando es necesario. Y el Tata brilló en el momento justo, porque ese fue el único gol que hizo con la Selección Nacional. El gol del respiro, el inolvidable, el que se lleva todo el aire de los pulmones y los nervios acumulados. Luego, llegó el descanso,los quince minutos de espera, nos encontró alegres y confiados.
En el segundo tiempo vino el gol de Valdano, eso fue una cuota extra de confianza. Y circuló el mate y ya nadie comía rosquitas fritas, pero por esas cosas que solo tiene el fútbol,donde todo puede pasar , en siete minutos nos metieron dos goles los rivales, y el aire y la ciudad se quedaron estáticos ante el repentino empate.
Solo quedaba una rosca empalagosa confitada, y faltaban once minutos para que terminase el partido, y no queríamos ir al alargue ni a los penales, así que como esas simples cosas de las cábalas, revoleé la rosca al aire , ante la mirada de todos y dije: “ si cae confite arriba es suerte” y sentí que ayudaría a escribir un puntito en la historia del fútbol argentino. Porque de eso se tratan las pasiones, de creerse que uno empuja el destino victorioso con una rosca llena de almíbar. Y así fue, porque al minuto ochenta nuestro Diego le hizo un pase extraordinario a Burruchaga y convirtió. Y todo fue un solo grito, largo como la esperanza y permanente como las convicciones.
Y festejamos hasta el día de hoy , en cada recuerdo, hasta la próxima cábala que funcione como pieza de ajedrez de un jaque mate colectivo.

martes, 18 de abril de 2017

Promesas de soñadores



Prometeremos
inmensidades
que nos abarquen
desde el fondo
del latido
hasta la esencialidad
más humilde.
Y seremos noche
Y seremos día
con astros jamás vistos
y silencios
sin las bocas
entre vientos
compartidos.
Prometeremos
mundos justos
que nacen
de la bruma
Y se tornan
lluvia
en días
que nos halagan
con sus labios
recién nacidos.


viernes, 14 de abril de 2017

Más allá


Más allá
de todos los saberes
las albas
la ceguera
Y las cavernas
está el latido
haciendo luz
en la esperanza
de un día
como todos
en donde el sol
es un espejo
que se nutre
de aquello
que hacemos
en la brevedad
de un sentimiento.

domingo, 9 de abril de 2017

Licuando el tiempo











Es un diálogo interesante entre el pasado y el presente, pensé, al momento de  mirar el relieve realizado en mármol del  “
Museo Nacional de Arqueología de Atenasque muestra a un atleta griego haciendo juegos con una pelota, alzando el muslo. Al lado  hay un niño como asistente, aprendiz o no sé qué cosa, observando. Esa imagen me habla de la Grecia antigua, allá por los tiempos en que  los griegos seguramente jugaban una forma de fútbol, ya que el juego era popular en las calles de Roma. Y dicen que la pelota de ese atleta era inflada. Como si fuese hoy mismo, mostrando  la imagen de un jugador de fútbol y su hijo, o el más grande de todos los tiempos haciendo que lo imposible fuese posible ante la mirada absorta de cualquier niño que con él se cruzase. Y reparé nuevamente en el grabado de hace milenios en donde el atleta aparece desnudo y concentrado. Y pensé en alguno de los nuestros, más precisamente en el que más emociones me generó. Y claro que recordé el cabello enrulado de Diego, y su baja altura, y sus piernas robustas, y la zurda y el tobillo inflamado, y la quebradura  y el corazón chorreando lucha por la camiseta y los goles inexplicables. Y me dije: es posible en cualquier tiempo asistir a los dioses cuando se es un fenómeno en cualquier área. Y en ese maremágnum de recuerdos, deduje que el mejor de todos los tiempos, también jugaba desnudo, así, sin máscaras ni atuendo que lo limitase.
Luego me puse a indagar acerca de la antigüedad y sus pasiones y hallé a Nike la diosa alada que porta laureles en su testa, cuyo nombre significa Victoria y  que presidía las competiciones atléticas apareciendo  su imagen muchas veces  en manos de algún dios superior como Zeus. Y claro que tuve el impulso de asociar ideas para comprender pasiones. Y nada es casualidad, ni siquiera los sponsors  o la ropa deportiva.
Y volví a observar  el generoso relieve que aún permanece vivo y el pensamiento me llevó hacia  los dioses olímpicos y recordé “la mano de Dios” que le hizo el gol a los ingleses y sonreí por los apodos que supimos concebir:  El 10 ,,Barrilete Cósmico, Pibe de Oro,  El D10S  y como por arte de magia supe que el tiempo se licuó.  Y tanto en la antigüedad, como en este tiempo o cualquier remoto tiempo, fue, es y será posible, de tanto en vez, bajar algún dios menor a Tierra para jugar al juego de las pasiones y sufrir, amar y enojarnos hasta lanzar lágrimas compartidas cuando  los laureles cantan victoria o cuando nos dan la espalda.






sábado, 8 de abril de 2017

Un hombre de tierra eterna


La memoria de las cosas tiene música, me dijo él aquel día jueves mientras mirábamos los signos del atardecer. Recuerdo ese día por la catarata de silencios que disfrutamos a la vera del río Sena, clima conjugado por nuestras almas sólo interrumpidas por el canto variado del estornino pinto. Denis me habló del talento de esas singulares aves, capaces de imitar los sonidos del entorno; también me relató que William Shakespeare los mencionaba a menudo en poemas y obras de teatro. Yo había oído que esos bicharracos habían causado accidentes aéreos, que parecían malos y eran magros, que sus plumas no eran vistosas: pero nada de esto dije. Estábamos en un inolvidable instante romántico a orillas del Sena, alejados de la realidad y cercanos a las aguas de nuestros sueños. No hubiese sido justo quebrar la belleza con comentarios de tamaña crudeza. Estaba a miles de kilómetros de los amores dejados en Buenos Aires y aún disimulando el dolor del exilio con cara de As de copas, simulando (con dudoso disimulo) que era una turista más, una mujer entre tantas otras; sin embargo, al retornar a la mugrosa pensión donde vivía, no me esperaría mi madre con un tazón de sopa caliente ni estarían mis hermanos con el periódico en la mano para aprender a leer entre líneas. Nada de eso sucedería, pero él lo ignoraba.
En ese tiempo de oscura soledad, yo pensaba que nadie en este mundo se serviría del silencio para jugar con las volutas de humo del cigarrillo enredándose en mi cabello, o que en verdad serían excepcionales seres los que verían el embarazo de las luciérnagas en las noches en que las miradas entre dos almas se encienden. Denis era de esa clase de hombre, por esa razón fue mi par: en definitiva, mi salvación.
Nos habíamos conocido al cruzarnos en el tren que une Marsella con París, Marseille como solía decir él, a media voz. Fue mi manía de contar los asientos como si fuesen casilleros de vida o muerte lo que causó que fuese a parar a su lado. Pares es vida, impares muerte; él estaba sentado en el asiento número 13, despatarrado, con la mirada ausente y apoyando su cara angulosa contra la ventanilla. La muerte le rondaba, y yo, apegada a mis prejuicios, no quise que muriese; no sería ése el día de su muerte.
Me detuve en el pasillo, a un metro de su asiento, con la torpeza pegada a mi pequeña valija. No sé bien cuál fue el giro que realicé, o si mi pie izquierdo no quiso responderle a mi mente, pero terminé sentada sobre sus rodillas. Me miró y nació un gesto en sus labios un tanto divertido. Yo no podía decirle que iba a salvarle la vida. Le sonreí perturbada, me senté en el asiento contiguo y coloqué sobre mi falda la maleta. Colgaba de la manija de ella una tarjeta con mi nombre. La tapé con las manos, cruzándolas sobre el cartón rectangular escrito, para que él adivinase mi nombre o me preguntase cómo me llamaba. Fue en vano. El hombre sacó de su valija un libro, y con el impulso se deslizó un cuaderno que en su tapa decía Rayuela, lo hojeó y alcancé a ver el dibujo del juego de rayuela y la palabra maga escrita en letra mayúscula. Lo guardó y abrió el libro donde indicaba un bonito señalador, se concentró en la lectura. Las manos huesudas pasaban las páginas, y yo, aferrada a su vida, conté hasta veintidós. Veintidós páginas eran suficientes para hacer una pausa. ¿O es que los hombres no sueñan? No se puede soñar y a la vez concentrarse en la lectura. Cada actividad es descanso de otras, decía José Ingenieros —me dirá él un tiempo después—. Ese día, yo oficiaría de descanso de lectura al romper el hielo con una pregunta cuasi macabra. ¿A quién se le podría ocurrir hablar de la muerte en un viaje tan vivo? Le pregunté si alguna vez había sido pasajero de un tren que hubiese sufrido un descarrilamiento. Recuerdo su cara de sorpresa y la respuesta: “La muerte se paga, viviendo” como dijo el maestro Ungaretti.
Yo estaba ávida de vida, pero la muerte me cortejaba. Estaba ahí, en París: a kilómetros oscuridad de mi propia luz. Así se siente cuando el alma se quiebra a diario. Cuando la soledad es el único resguardo en donde masticar el desamparo. Nada de eso le dije. En esa oportunidad no hablé de mi muerte. En esa oportunidad yo lo estaba salvando y él no lo sabía. Lo salvé por eso de que a pares se vive y a impares se muere. Sólo por eso.
El viaje se tornó interesante. Hablamos de música, coincidimos en que nada era más sublime que escuchar los preludios de Bach, le relaté con emoción que el preludio número uno me transportaba hacia mundos puros donde el cielo es celeste, allí donde los bichos malos o los cuervos no existen. Me miró sorprendido, me preguntó si había leído a Poe, negué varias veces con mi cabeza para luego recitarle unos versos impresos sobre un cartel en la puerta de entrada de la pensión. Si mal no recuerdo decían:
“Y mi alma, de la sombra que yace flotando
en el suelo no se levantará...
¡Nunca más!”
Después de recitar esos simples versos, creí haber visto una lágrima caer, no pude precisar si una lágrima mía o una de él, no reviste mayor importancia: las lágrimas tienen la característica de ser personales y universales. Es un derecho el llanto, dijo Denis, aunque a veces el corazón decide no llorar y se empobrece de silencio. Los que están lejos del terruño y no lloran son pobres, los que pierden los sueños y no lloran, también.
La lágrima sin dueño cayó en mi mejilla izquierda; y a ésa, otras más le sucedieron. Denis, con la vista nublada, sacó un pañuelo de seda del bolsillo del pantalón para secar mi llanto. Fue un instante mágico: no hay pañuelos que sequen los recuerdos, pero hay pañuelos que alivian.
Creo que esto de ser sensible, torpe y acaso intuitiva, le ocasionó cierto interés.
A punto de llegar a destino me regaló su pañuelo de seda, dejando sus lágrimas de tinta como huellas en la tela.
Me sentí reconfortada, yo sólo era una mujer en el exilio y él, mi querido Denis, un hombre de tierra eterna.
Julio Denis: seudónimo que utilizó Julio Cortázar.
Del libro "El infinito en una lágrima" - Edic. Tahiel 2015

domingo, 2 de abril de 2017

Viaje


Iba caminando por la vereda del otoño, a sabiendas de que hay un paso perenne y otro que muere. Y pensé en esto de viajar hacia lo más profundo de uno mismo, y pasar por los lugares comunes y los sentimientos y las creencias y los sueños y las rutas sin atajos y el hambre de preguntas que jamás se mitiga aún en tiempos de ocasionales respuestas. Entonces uno camina de ida y vuelta por el callejón de los recuerdos, y se cruza con anchas avenidas de instantes llenos, de vida y más vida en los pensamientos. Y como cualquier viaje que llenamos de expectativas, se parece a la existencia: todos tenemos un boleto, un pasaje de ida y estaciones repletas. Y he allí el misterio de los días soleados, los sombríos, los de lluvia y hasta los gélidos. Luego, sueño como sueñan los vivos: caminando sin tiempo.

viernes, 31 de marzo de 2017

El viejecito azulgrana



Si me preguntaran  algo sobre el equipo de fútbol de Boedo, San Lorenzo de Almagro, en la década del sesenta, asociaría los recuerdos de  mi niñez, con la pasión de mi viejo por su club  y la presencia de un antiguo cuadro de no más de veinte centímetros por veinticinco, que mostraba a un anciano de cabellera blanca con una bata rayada de colores rojo y azul, hasta  los tobillos. Estaba colgado sobre la pared donde mi padre tenía un antiguo aparato transmisor ya que su pasatiempo favorito, era ser radioaficionado. Y las pasiones siempre tienen un lugar en la casa.
Y juro que creí que ese cuadro era mágico; por un lado porque la fisonomía del hombrecito era similar a la de Papá Noel ,pero sin el gorro rojo, y por otra parte  porque cuando San Lorenzo goleaba a su adversario, mi papá nos compraba merengues de crema chantilly para festejar. Claro que la magia y los regalos se acababan cuando “ El ciclón” perdía y entonces mi viejo daba vuelta el cuadro, como dándole la espalda hasta el próximo partido. Él decía que era una cábala.  Yo no sabía muy bien de qué cosa se trataba hacer esos sortilegios, pero al domingo siguiente el equipo vencía o empataba. Hasta que volvíamos a perder y entonces era seña de que se había acabado el hechizo. Muchas veces me subí a una silla a escondidas para darle un beso al viejecito del cuadro, no me gustaba que estuviese en penitencia y era mi forma de acompañarlo. Alguna vez percibí que tenía intenciones de hablarme, no entiendo mucho de ensoñaciones, pero creo que fue él quien me enseñó algunas cosas interesantes. Así fue como aprendí a pronunciar Scotta en vez de bizcochos, Albrecht y Telch antes que los nombres de las calles que circundaban mi casa y supe discutirle a quien se me cruzase que el lobo de Caperucita se apellidaba Fischer. También aprendí  que había un jugador de apellido Sanfilippo al que le decían “el Nene”  y que llegó a ser el máximo goleador del equipo que mi papá amaba. Siempre fue mi duda cómo un nene jugaba con los grandes y mi viejo se reía a carcajadas en vez de explicarme.
Con el tiempo me enteré  acerca de las distintas formas en que habían apodado a San Lorenzo: “El Ciclón”  “Los cuervos” “Los Gauchos de Boedo”,  “ Los Santos”, “Azulgranas”,  “Carasucias” y otros. Pero el que más me gustó fue el de “Los cuervos” porque  aunque el apodo era por el cura salesiano Lorenzo Massa, yo imaginaba que los pájaros negros que sobrevolaban mi casa, los domingos,  tenían sus nidos en la cancha y que el aletear en bandada era el saludo al viejito del cuadro.

Aún conservo esa caricatura en forma de retrato, y aunque ya no soy niña, creo que la pasión por san Lorenzo está ahí, intacta. Como esas cosas que no hacen falta explicar porque vibran con solo contarlas.

martes, 21 de marzo de 2017

Noventa y nueve años


No me gusta hablar en primera persona, después de todo, esta es una historia de muchos y yo solo fui testigo, pero bueno por esas cosas de que alguien tiene que relatar un trozo de historia, es que ando por aquí luchándole a la memoria.
Sucedió un día domingo, de esos domingos de pueblo chico, donde todo está por hacerse , pero hay pereza y es poco lo que se hace. Y entre esas cosas que sí se hacen, figura la visita a la estación de trenes , la vuelta al perro alrededor de la plaza principal y el fútbol.
“El fobal” como decía mi tío, “pasión de multitudes”.
Mi padre , riéndose, le respondía que de eso no hablara, porque él era un” pecho frío”. Y yo como era una niña no entendía demasiado de pasiones, ni de “fobal” y menos que menos de la jerga fubolera, pero parece que mi tío era famoso por eso de achicarse en las finales. En cambio mi viejo dejaba las piernas en la cancha y casi siempre nos volvíamos a casa con algún gol en la memoria, más que nada los de cabeza. Él era alto, altísimo. Y experto goleador en altura. Todos los chicos del barrio querían parecerse a mi viejo. A mí me gustaba hacer otras cosas: hamacarme hasta llegar a la Luna y también ir a la estación a esperar el tren. Era emocionante el pitido de llegada y el chucu chucu que empezaba a ser cada vez más lento y la gente que se alzaba de los bancos de madera esperando que el tren se detuviese.
Ese día de julio que recuerdo, hacía mucho frío y mi madre me puso los guantes de lana, el gorrito de piel, y el tapado de abrigo porque íbamos a ir a la estación a buscar al equipo de fútbol del pueblo vecino. Llegarían a las doce y mi padre siendo el capitán del equipo los iria a recibir para trasladarlos en la caja de la camioneta junto con dos o tres colaboradores que pondrían sus autos ,De la estación directo al club a prepararse para el clásico. Nosotros, los del pueblo chico, amábamos al Juventud Unida, y los del otro pueblito pertenecían al Atlético de no sé qué cosa. Los chicos del barrio me habían enseñado dos cantitos a escondidas para cantar en la cancha, pero como tenían malas palabras mi mamá me prohibió recordarlos, pero yo los recordaba igual. Uno decía ¡ Atleti compadre la c… de tu madre! Y el otro “ tenemos un arquero que es una maravilla ataja los penales sentado en una silla”.
Esa tarde de invierno, canté con fuerza el primero, sin que se notase demasiado la parte de las malas palabras. Si mal no recuerdo era partido revancha y en la próxima fecha seríamos visitantes, y de esos encuentros saldría el campeón regional. Había que ganar sí o sí. “ La camiseta se suda” decía mi viejo, “y el que se achica mejor que juegue a las bolitas”. Nadie quería jugar a las bolitas, ni yo . A mi me gustaba jugar a las muñecas y mientras le hacía peinados y vestiditos , oía todo lo que decían en casa:. “ Che patrona hacéte los buñuelos temprano” o “ Marta no dejés a la nena atrás del arco porque la pelota de cuero pesa, a ver si le dan un pelotazo y hay que rajar al hospital”. O “ Se juega por el honor: a todo o nada”.
Los primeros cuarenta y cinco minutos fueron parejos. En el entretiempo el técnico nuestro parece que les lavó la cabeza, así dijo mi tío, y salieron a comerse la cancha. Mi viejo gambeteó como los mejores, y todos repetían : “ qué jugador el tano” . Hizo "paredes" con el loco Matute, varios tiros libres de alto pero la pelota no entró. Al minuto cuarenta y cuatro del segundo tiempo se escapó el delantero Gómez del equipo contrario y antes de llegar al área chica se tira ,espectacularmente. El árbitro, desde mitad de cancha, hace sonar el silbato: penal. Y juro que hasta el viento se detuvo. Y se hizo un gran silencio cuando mi viejo en dos zancadas estuvo frente al pelado Iriarte, y le discutió en la cara y no solo eso, todo el equipo lo rodeó, protestando. No había sido penal. Pero el árbitro, haciendo gala de su autoridad, hizo un vals de tarjetas rojas y echó a medio equipo.
El pelado Iriarte medía un metro cincuenta como mucho y mi papá casi dos metros, y vi cuando mi papa lo alzó en el aire y se lo puso en la falda y frente a todos los presentes, le dio tres palmadas en el trasero. Y el público invadió la cancha y todo terminó mal.
A mi padre lo suspendieron por noventa y nueve años, claro que le dieron por ganado el partido al Atletico. Pero pasiones son pasiones y no sé cómo, ni sé quién habló con quién, pero en el término de quince días o un mes, le perdonaron los noventa y nueve años de suspensión a mi viejo y locos de contentos viajamos al pueblo vecino para la revancha.
Después de estos sucesos, el pelado Iriarte hizo carrera como árbitro de básquet.
A pesar del bochorno de haber perdido por penales, todo el pueblo se sonríe pero hace “mutis” con el tema de los noventa y nueve años, complicidades de aquella època, porque si hay algo que nos une es el silencio de lo que pasó aquella tarde.

domingo, 19 de marzo de 2017

Ideas y latidos



En esta hora
de nostalgia
sobre el dorso
de las ideas
afilo
la palabra
y afilo
el pensamiento
y dejo mi latido
suspendido
en el aire
con el eco
de otros ecos.
¿Será que se fractura
el otoño
y los pétalos perdidos
recuerdan
viejos cuervos
o será que mi alma
transita
errante
para no matar
los sueños?


martes, 28 de febrero de 2017

Inocencia

Y recuerdo de la marea, su salobre, y de la cadencia, el zigzag del viento, y de la profundidad el mayor de los abismos, y del misterio la forma del asombro. Remembranzas de la mar y el alma. Las imágenes perfumadas de preguntas que a la orilla no traen respuestas. Y de pronto como si fuese esa gaviota lejana aspiro al vuelo y nada me intimida, ni siquiera esa inmensidad cargada de melodías que no comprendo, tal vez porque me gusta escribir versos de agua en el aire con inocencia.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Risueño ángel


Sobre el tapiz del alma , revolotea una hermosa voz que porta un par de alas blancas. Colibrí de los cielos antiguos, transparencia que hila las maravillas que muy dentro viven desde antaño. Será que la palabra se hizo de aire o tal vez ha sido el aliento del despertar de un ángel. Tan mío y tan descarnado, tan fresco y risueño como un manantial que juega a sonar entre piedras y pequeños soles reflejados. Se suspende alado y cosecha incontables lágrimas, las fervorosas, las ancianas, las nuevas, las primigenias y las humanas.  Dejará el tiempo de las claridades que, entrañados, reposemos otros lares, o tal vez, será la palabra anfitriona de la fusión inconmensurable entre la carne, el alma y mi ángel.


domingo, 29 de enero de 2017

Grito


Desborda
la figura,
sobresale
de la carne
y se instala
áfono
en la memoria
de la noche
que reaviva
el duelo
entre el grito
y los silencios.
El erizado
recuerdo
corre veloz
y se hace eco
para detenerse
a la vera
de otros gritos
ya muertos.

martes, 3 de enero de 2017

Doce sillas



Eran doce asientos, bien dispuestos uno al lado del otro. Las cabeceras serían ocupadas por los anfitriones y el resto sentado a piacere. No me gusta el bullicio, traté de buscar una silla especial para mi fobia, de esas que no están ni cerca ni lejos de los demás. A punto de hallarla vi como una chica de pelo largo y lacio se ubicaba en mi silla elegida. Opté por otro asiento, y compartí la velada lo mejor que pude. El brindis por el nuevo año no se hizo esperar y en la campanada doce todos alzamos la copa y nos sorprendimos del corte de luz. El jolgorio inicial se tornó en otra cosa,: misterio y sorpresa, pero en un santiamén aparecieron varias linternas de los teléfonos y volvimos a vernos los rostros. Brindamos y salimos al patio para alzar la vista al cielo: los fuegos artificiales ocuparon nuestros sentidos. Sacamos fotos y a la media hora retornamos al comedor,  todo hubiese sido anecdótico, un simple hecho. Pero no fue así. No encontramos a la chica morocha de pelo lacio, en realidad me dí cuenta porque ella había elegido la silla que a mi me gustaba. Pregunté por ella y vi la cara de asombro de todos
         —¿Qué chica? ¿ De quién hablas?
         —De la morocha de pelo lacio…
         —No hubo ninguna con esas características entre los invitados.
Confieso que me dio un ligero temblor y recordé la fotografía sacada con el teléfono celular al momento del brindis. Fui a la galería de fotos con cierto aire de : ya van a ver… Miré una por una y la mujer en cuestión no estaba en ninguna foto y es más, la silla estaba vacía. Me quedé como suspendida en el aire, un fuerte dolor de pecho se apoderó de mí y sólo sé que después de un par de horas también mi silla quedó vacía, hasta que en la madrugada la volví a ocupar.. Tampoco sé muy bien si estuve donde creí . Es que en las noches de amor y encuentro familiar lucho por volver a estar, como la chica morocha de pelo lacio que me recuerda a mi abuela cuando era jovencita. Solo la intuición me hizo saber que las dimensiones suelen cruzarse cuando brillan las casas con amor.